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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A 30 años del hielo: Natalia López revive la Navidad más austral de su infancia en la Base Esperanza

La periodista y locutora publicó su primer libro, donde reconstruye el año que pasó con su familia en la Antártida, el accidente en el agua de deshielo del que la salvó su hermana y el descubrimiento de la radio que marcaría su vocación.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 6 d
A 30 años del hielo: Natalia López revive la Navidad más austral de su infancia en la Base Esperanza

Son las seis de la tarde en un bar de Palermo y afuera cae esa llovizna finita que te cala los huesos. Del otro lado de la mesa, Natalia López pide un té con limón y sonríe cuando le pregunto cómo fue eso de pasar la Nochebuena más austral de su vida, con doce años, rodeada de hielo y de viento. Ella se ríe, se acomoda el pelo, y arranca por el principio: por el día en que su familia llegó a la Base Esperanza, en 1996, con la valija llena para un año entero y el corazón en la garganta.

Aquella experiencia, que acaba de quedar plasmada en su primer libro, Una casa en el fin del mundo, no fue un viaje turístico ni una excursión de unos días: fue una invernada completa, con sus padres y sus hermanos, en una de las pocas bases antárticas del mundo donde viven familias con chicos. Allí, el paisaje era de un blanco tan brutal que lastimaba la vista, y la rutina se medía por los partes meteorológicos y por el ruido del viento contra las chapas.

La vida en el casino de la base y la radio como escuela

La vida social de los pibes de la dotación giraba en torno al casino de la base, un salón con metegol, mesa de pool y equipos de música donde se juntaban después de la escuela. Ahí, entre risas y partidas, empezó a nacer la vocación de Natalia: su madre era locutora en la filial de Radio Nacional que funcionaba en la propia base, y esa cercanía con el micrófono, con los papeles con el horario grabado y con la voz saliendo por los parlantes del continente blanco, le fue cosquilleando algo por dentro.

También salían a caminar, siempre con una radio handy en la mano para no perder contacto con los adultos, y desde el primer día les dieron indicaciones muy concretas sobre los riesgos del terreno: dónde pisar, dónde no, cómo leer el color del hielo. Eran advertencias que los chicos, claro, no siempre respetaban como debían.

  • Una invernada completa en la Base Esperanza durante 1996, con familias y chicos de la dotación.
  • La caída al agua de deshielo cuando el hielo cedió durante una salida, y el rescate a manos de su hermana.
  • El aviso de un adolescente a la base y la caminata de unos tres kilómetros para regresar.
  • La asistencia con una ducha caliente para recuperar temperatura y la posterior reto de los padres.
  • El trueque de cucharitas argentinas por manzanas con pasajeros de un buque turístico alemán cerca del final de la estadía.
  • El paso por Radio Nacional de la base, que despertó su interés por el periodismo y la locución.

El día que el hielo se rompió

El accidente que más recuerda fue, justamente, una de esas salidas en las que el grupo se confió. El hielo cedió bajo sus pies y Natalia cayó al agua de deshielo. Quedó aferrada con las manos y los brazos, haciendo fuerza para no hundirse, hasta que su hermana se agachó y la ayudó a salir. Mientras tanto, un adolescente del grupo corrió a dar aviso a la base, y los chicos emprendieron el regreso caminando unos tres kilómetros con la ropa mojada y el cuerpo temblando. Cuando los adultos salieron a buscarlos, ya los encontraron volviendo. La primera asistencia fue una ducha caliente para que recuperara temperatura; después, claro, vinieron los reto de sus padres, que se asustaron tanto como ella.

De aquella convivencia, dice, le quedó una mirada particular sobre las necesidades cotidianas: en la base se llevaba solo lo indispensable, y hasta el objeto más chico terminaba valiendo oro. Cerca del final de la estadía, recuerda entre risas, hicieron un trueque casi de otra época: intercambiaron cucharitas argentinas por manzanas con pasajeros de un buque turístico alemán, un pequeño comercio de supervivencia que resume el espíritu del lugar.

Tres décadas después, Natalia es periodista y locutora, realizó una tesis documental sobre la Antártida y regresó al continente en cuatro oportunidades. Pero cuando le pregunto qué aprendizaje de aquella infancia sigue vivo, me mira fijo y contesta con una frase que suena a síntesis de todo el libro: la austeridad, el cuidado del otro y la conciencia de que, en ciertos lugares del mundo, las cosas más simples son las que realmente te salvan. Afuera, la llovizna sigue cayendo sobre las veredas de Palermo, y por un segundo parece que, en lugar de un bar porteño, estamos otra vez en el casino de la Base Esperanza, con el viento pegando contra las chapas y una radio nacional sonando de fondo.

“En la base se llevaba solo lo indispensable, y hasta el objeto más chico terminaba valiendo oro.”Natalia López
SG

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