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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A 35 años de su partida, el hombre que les enseñó a los adultos a seguir jugando

Jim Henson transformó la televisión infantil con una idea tan simple como disruptiva: nunca dejar de ser niño por dentro. Un recorrido por la filosofía, el humor y la ternura que dejó como herencia un titiritero que murió a los 53 años pero cuyas creaciones siguen conquistando generaciones.

Por Antonella FerrerCultura y espectáculos · · hace 3 d
A 35 años de su partida, el hombre que les enseñó a los adultos a seguir jugando

Imaginate la puerta trasera de un estudio cualquiera a fines de los años cincuenta. Un pibe de diecisiete años, alto, desgarbado, con cara de bueno, se acomoda detrás de un mostrador de madera y hace aparecer una rana de trapo que empieza a conversar con un oso malhumorado como si fuera lo más normal del mundo. Nadie en la sala se imagina todavía que ese chico flaco, nacido en Greenville, Misisipi, en 1936, está a punto de cambiar para siempre la historia de la televisión infantil. Ese chico se llamaba Jim Henson, y lo que hizo a partir de aquel primer programa que duró apenas tres semanas en pantalla fue construir, ladrillo por ladrillo, un imperio de la imaginación que todavía hoy, más de tres décadas después de su muerte, sigue dándole forma a la infancia de millones de chicos en casi todos los rincones del planeta.

Un titiritero que se tomó el mundo en serio

Lo primero que hay que entender de Henson es que nunca se propuso hacer televisión pensanda exclusivamente en chicos. Su verdadera obsesión, esa que repitió en cuanto reportaje le hicieron durante cuatro décadas, era otra bastante más ambiciosa: “La gente más sofisticada que conozco son todos niños por dentro”, decía, con esa media sonrisa que lo caracterizaba, y en esa frase está todo su credo estético y vital. Para Henson, el público al que quería llegar no era el de los miércoles a las cuatro de la tarde, sino el de los adultos que alguna vez fueron chicos y todavía conservaban, debajo del traje y la corbata, la capacidad de reírse con una rana que toca el banjo.

Esa idea lo acompañó desde el principio. Después del fracaso inicial, armó con Jane Nebel —su primera esposa y socia creativa— el programa “Sam and Friends”, que se emitió en una cadena local de Washington y le dio el envión para lo que vendría después: los Muppets, “Barrio Sésamo”, “Fraggle Rock”, y un puñado de especiales que todavía hoy se siguen emitiendo en distintas señales del mundo.

“Los personajes más interesantes que he creado tienen una fijación o un rasgo que podés exagerar. En lo que exagerás, se vuelve divertido y la gente ve ese rasgo en sí mismos.”Jim Henson

La fábrica de lo absurdo

Hay algo que a mí, particularmente, me sigue deslumbrando de su método de trabajo, y es que Henson nunca trabajó con grandes libretos al estilo del teatro clásico. Prefería darle a sus personajes una obsesión, un tic, una manía, y después dejarlos correr. El oso Fozzie que cuenta chistes horribles, la rana Gustavo que se cree un galán, el Animal que se desmaya cada vez que alguien pronuncia la palabra “mujer”, el cocinero sueco que amenaza con freír a quien se le cruce: todos nacen de un truco muy simple, casi ingenuo, que es llevar al extremo un rasgo humano hasta que la risa aparece sola. “Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca”, explicaba, y esa definición, que parece sacada de un manual de filosofía, era en realidad la guía diaria de cada escena que rodaba con sus titiriteros.

Un final que todavía duele

En mayo de 1990, cuando todavía tenía una agenda llena de proyectos —entre ellos, una incursión en el cine con “Las brujas” y un ambicioso show de títeres para Disney que nunca llegó a ver la luz— Henson murió a los 53 años a causa de un choque tóxico producido por una infección bacteriana. La noticia sacudió a Hollywood de una forma que pocos recuerdan hoy. De pronto, el tipo que había hecho reír a varias generaciones cerraba los ojos, y quedaba la sensación de que algo enorme se había apagado. Sin embargo, como pasa con los artistas verdaderamente grandes, su muerte no hizo más que multiplicar su leyenda: los personajes fueron pasando de mano en mano, primero a sus hijos y colaboradores más cercanos, y décadas más tarde al catálogo de Disney, que los incorporó formalmente a su maquinaria de merchandising, parques y plataformas de streaming.

Lo que me queda, después de revolver en su historia y de volver a ver varios capítulos de “Fraggle Rock” mientras escribía esta nota, es la sensación de que Henson ganó una pelea que la mayoría de los adultos damos por perdida: la de seguir jugando a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta años. No necesito más que mirar a mi alrededor, en las redacciones, en las reuniones, en las familias, para confirmar que esa es una batalla que se sigue perdiendo todos los días. Pero mientras existan ranas que tocan el banjo y cerditas que se enamoran de cualquier famoso que pase por la puerta, queda la esperanza de que el niño interior, ese al que Henson les pedía que no dejaran morir nunca, todavía tiene donde refugiarse. Y eso, en los tiempos que corren, no es un dato menor.

AF
Antonella FerrerCultura y espectáculos

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