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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A cuesta por cuatro continentes: la vuelta al mundo de Fletcher y Lachie, que se rieron de la silla de ruedas

Un joven quedó parapléjico a los 17 y junto a su amigo, terapeuta en un centro de rehabilitación, armó un itinerario de tres meses que pasó por Asia, Europa, África y América del Sur. Cargaron mochilas, subieron 268 escalones a upa y durmieron en una capilla del siglo X.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 43 d
A cuesta por cuatro continentes: la vuelta al mundo de Fletcher y Lachie, que se rieron de la silla de ruedas

Son las cinco de la tarde y en algún punto entre Hong Kong y Niza, Fletcher Crowley, que tiene 28 años, se acomoda otra vez en la silla de ruedas mientras Lachie Bennett, su amigo de toda la vida, le pasa una botella de agua y se ríe de un contratiempo que recién les va a contar a sus familias por videollamada. Hace exactamente diez años, Fletcher se cayó de una bicicleta de montaña y se fracturó dos vértebras. Tenía 17. Hoy puede pararse y dar unos pasos cortos, pero el esfuerzo lo deja fuera de combate en minutos. Esa limitación no sólo no frenó su inquietud: se transformó en el motor de una de las aventuras más insólitas que se recuerden en el circuito de viajes accesibles, una vuelta al mundo de tres meses por cuatro continentes que incluyó un safari, un buceo con tiburones y un vuelo en parapente.

Una amistad que nació entre terapias y turnos nocturnos

Fletcher y Lachie se conocieron en el colegio, pero la amistad se selló de verdad en un centro de recuperación para lesionados medulares donde los dos trabajaban: Fletcher como paciente, Lachie como terapeuta. El reencuentro fue en una cena del turno noche, entre bandejas y risas bajas. Ahí empezaron a hablar de música, de moda, de gente nueva, y a confesarse, casi en susurros, que los dos habían lidiado con ansiedad. «Descubrimos que teníamos una historia parecida con la cabeza, y eso nos juntó más que cualquier hobby», dijo Lachie desde Melbourne, la ciudad australiana donde viven. Esa complicidad fue el cemento de todo lo que vino después.

La oferta que cambió el plan

La idea original era modesta: un par de semanas en cualquier destino. Pero apareció una promoción de vuelta al mundo con múltiples escalas y, según cuentan, la compraron sin pensarlo. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en tres meses. Sin oficina de planificación oficial, sin sponsor, con dos mochilas y una silla plegable.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. «Fue un momento surrealista», dijeron.
  • En Suiza, una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente.

La logística del «casi todo se puede»

Viajar en silla de ruedas por cuatro continentes no es un trámite. Algunos museos, hoteles y senderos directamente no están adaptados, y ahí entra la ingeniería artesanal de la pareja: buscar rutas alternativas, usar rampas de servicio o, cuando no queda otra, que Lachie cargue a Fletcher a upa, literal. «Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione», explicó Fletcher, con esa calma que sólo da haber subido 268 escalones a cuesta de otro. La clave, dicen, fue no esconder las limitaciones y pedir ayuda: en cada ciudad apareció alguien dispuesto a sumarse.

Cómo se financia una locura así

Al principio fueron ahorros propios y un estricto plan de gastos diarios. Después empezaron a subir videos a las redes con el día a día del viaje y la respuesta los desbordó: la audiencia creció tan rápido que una campaña de micromecenazgo les dio aire para extender las estadías, regalarse algún vuelo interno o cambiar de país cuando el clima no acompañaba. Buena parte del alojamiento se resolvió, además, por contactos que aparecieron al verlos en la pantalla. «La gente es más generosa de lo que uno cree cuando le mostrás que el proyecto es genuino», dijo Lachie.

El cierre de la conversación vuelve a Hong Kong, a esos 268 escalones donde Lachie cargó a su amigo en la espalda y los dos llegaron al Gran Buda con las piernas temblando y la risa floja. El lema que eligieron para la aventura resume todo lo que aprendieron en el camino: «El mundo no es accesible, nosotros lo somos.» Una frase que, en boca de dos australianos que duermen en granjas francesas, hacen buceo con tiburones en Sudáfrica y se cuelgan de un parapente sobre el Atlántico, suena menos a consigna y más a la forma en que eligieron pararse frente a la vida.

SG

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