A medio siglo del primer molde en un garaje de Belgrano, Nucha rescata tres recetas de su fundadora para el Día de la Madre
A seis meses de la muerte de Regina Vaena, la pastelería relanzó la Torta Ángel, la mousse de caramelo y la torta de frambuesa con chocolate blanco, tres preparaciones que llevaban años fuera de la carta y que sus hijos ayudaron a reconstruir porque en la planta ya no quedaban registros.
La escena sigue siendo la misma que a fines de los setenta, cuando una joven pastelera instalaba una mesita en la vereda de un garaje de Belgrano para vender una única torta, ya horneada, ya cortada en porciones individuales, ya envuelta en papel glasé: la gente haciendo fila en la calle, dos mesitas plegables que alguien sacó para hacer más llevadera la espera, el aroma a dulce de leche cruzando la cuadra y la convicción, firme y algo ingenua, de que un oficio casero podía convertirse en una marca de la ciudad. Nucha cumple medio siglo de aquel comienzo y, a seis meses de la muerte de su fundadora Regina Vaena, eligió la fecha del Día de la Madre para volver a poner en vitrina tres preparaciones que ella había creado, que durante años sostuvieron la identidad de la casa y que finalmente habían quedado fuera de la carta, sin registros escritos en la planta.
La operación de rescate fue, en buena medida, una pesquisa familiar. Según Lorena Monsón, pastelera a cargo del desarrollo en Nucha, el equipo tuvo que reconstruir paso a paso las tres recetas junto a los hijos de Vaena, porque en la fábrica ya no existían los pliegos donde alguna vez estuvieron anotadas. “Ni siquiera teníamos las recetas; las tuvimos que buscar con sus hijos. No estaban en la planta porque hacía muchos años que no se hacían”, explicó la cocinera. La Torta Ángel, la mousse de caramelo y la torta de frambuesa con chocolate blanco están disponibles en los locales desde el 8 de octubre y se presentan como una declaración de intenciones: sostener el lazo con el origen en un momento en que la marca aprendió a funcionar sin su fundadora.
Una cocina que nació con un solo molde
Regina Vaena arrancó en 1979 con un único molde, una cocina hogareña y diez paquetes de muestras que ella misma repartió, golpe a golpe, en comercios de la zona de Belgrano. Aquel primer día vendió todo antes del cierre de la tarde y esa misma noche tuvo que hornear sin parar para responder a los primeros pedidos, en una escena que hoy suena a postal de la ciudad de entonces: una mujer, una mesada, una familia que cocina junto a ella y el barrio que mira con curiosidad por la ventana. Era una de las primeras pasteleras en construir una marca propia en Buenos Aires, en una época en que la pastelería de autor aún era una categoría en formación.
La base de sus preparaciones combinaba tradición sefaradí, repostería judía, influencia inglesa y técnica francesa, herencia directa de su abuela Catalina, que preparaba dulces al sol enla puerta de su casa. A eso sumó los conocimientos de Química, carrera que cursó sin llegar a terminar pero que, según Carlos Rava, gerente de la marca, terminó marcando el carácter de la casa: “Aplicaba mucho de eso a sus recetas y a sus combinaciones, y desde el principio esas combinaciones gustaban, y gustaban mucho”. Esa mirada casi experimental, pero sostenida siempre en productos conocidos por cualquier mesa argentina, fue la que terminó dándole a Nucha un tono propio en un rubro donde abundaba la torta de novia clásica y escaseaban los formatos para compartir.
Del garaje de Zabala a diecisiete locales
El primer punto de venta fue, literalmente, el garaje de la casa de la familia en la calle Zabala, en Belgrano. El primer sábado de atención al público se agotó todo en una hora, la fila se extendió por la vereda y la familia improvisó dos mesitas y servicio de café para hacer más llevadera la espera de los vecinos. Allí nació también una de las ideas más duraderas del rubro porteño: el cuadrado, la porción individual pensada para probar varios sabores sin comprar una torta entera, un formato que por entonces no era habitual en la repostería de la ciudad y que terminó volviéndose una costumbre. Con el tiempo llegaron la fábrica propia, varios locales en Capital Federal y un sistema de franquicias que en 2026 sumó seis nuevas aperturas.
Monsón es la primera en admitir que crecer sin resignar calidad fue, y sigue siendo, una asignatura pendiente. “Entiendo que no es lo mismo atender dos locales que diecisiete, y que en algún momento uno toma un atajo”, reconoció la pastelera, que integra el equipo desde hace varios años y conoce de primera mano el equilibrio difícil entre volumen y oficio. La confesión es casi una autocrítica del propio modelo y, al mismo tiempo, una descripción bastante honesta de lo que implica pasar de una cocina hogareña a una red con presencia en distintos barrios y en otras ciudades. La operación de relanzamiento de las tres recetas, en ese sentido, también funciona como una manera de volver a empezar desde el manual de origen.
Lo que falta
El regreso de la Torta Ángel, la mousse de caramelo y la torta de frambuesa con chocolate blanco es, sobre todo, un gesto simbólico: la primera gran decisión de la marca después de la muerte de su fundadora, resuelta con la ayuda de sus propios hijos, que actuaron como archivo viviente de una cocina que durante décadas existió más en la memoria y en la práctica que en papeles. Falta, todavía, transformar esa búsqueda en una política estable de recuperación del repertorio histórico: la mousse, la Ángel y la torta de frambuesa son apenas tres piezas de un catálogo mucho más amplio que la fundadora supo construir y que, si la marca no se ocupa de documentar a tiempo, corre el riesgo de volver a perderse en una fábrica que ya demostró no tener dónde guardarlo. La pregunta que sobrevuela este Día de la Madre es si Nucha logrará revertir ese patrón o si, en pocos años, volverá a tocar reconstruir, otra vez, las recetas que su fundadora dejó.
