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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aftas en la boca: cuándo una llaga deja de ser un tema menor y conviene llamar al odontólogo

Una guía para entender por qué aparecen, qué hacer cuando se vuelven recurrentes y en qué momentos la consulta profesional deja de ser optativa. El recorrido por los principales indicadores que la Mayo Clinic y el Instituto Nacional de Investigación Dental de Estados Unidos recomiendan atender con seriedad.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 35 d
Aftas en la boca: cuándo una llaga deja de ser un tema menor y conviene llamar al odontólogo

Me siento frente a la computadora con el teclado todavía tibio del café de la mañana y un dato dando vueltas en la cabeza: cerca de una cuarta parte de las personas va a tener, en algún momento de su vida, una de esas llagas dolorosas que aparecen de la nada en la cara interna del labio, en la mejilla o en la lengua. Yo, Susana Grassi, firmo esta nota porque detrás de un tema que parece menor se esconde un indicador que muchas veces pasamos por alto, y vale la pena detenerse a contarlo como corresponde. Porque sí, las aftas son molestas, pero también son una señal que conviene leer con atención cuando se repite o se extiende más de lo razonable.

Vamos por partes. Lo primero que hay que saber es que una afta, esa úlcera pequeña, redonda, blanquecina o amarillenta con un halo rojo que suele aparecer adentro de la boca, no es infecciosa. No se contagia por un beso, por compartir un vaso o por hablar cerca de otra persona. Aparece, duele bastante —sobre todo cuando uno come, bebe o se cepilla los dientes— y en la mayoría de los casos se resuelve sola en una o dos semanas, sin tratamiento específico, como explica el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos. Los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos pueden aliviar el malestar, pero no garantizan que la lesión no vuelva.

Por qué salen y qué puede estar detrás

  • Mordeduras accidentales de la propia lengua o mejilla mientras se come o se habla rápido.
  • Cepillado demasiado enérgico o el uso de hilo dental con demasiada presión, que irrita la mucosa.
  • Roce constante de aparatos de ortodoncia o de prótesis dentales mal ajustadas, que raspan la encía o el carrillo.
  • Bordes filosos en alguna pieza dental, que lastiman una y otra vez la zona afectada.
  • Alimentos ácidos, picantes o salados que irritan la herida existente y prolongan la molestia durante más días.

La buena noticia, si se la puede llamar así, es que identificar cuál de esos factores está detrás de la lesión y corregirlo —suavizar la técnica de cepillado, ajustar la prótesis o cambiar la alimentación— reduce las chances de que vuelva a aparecer. La mala noticia es que, cuando las aftas se repiten con frecuencia, puede haber algo más en juego. La Mayo Clinic advierte que los episodios recurrentes se asocian, en algunos casos, con niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12. Eso no quiere decir que toda persona con llagas frecuentes tenga un déficit ni que deba salir a comprar suplementos por su cuenta. El profesional de la salud evaluará, según la historia clínica y los síntomas, si corresponde pedir un análisis de sangre para confirmar o descartar esa posibilidad.

Y acá viene el punto que más me interesa compartir como periodista y como lectora: hay situaciones concretas en las que la consulta con el odontólogo o el médico deja de ser una opción y se vuelve una necesidad. La lista, según la misma Mayo Clinic, es clara y vale la pena tenerla a mano. Acudo a María Laura, odontóloga del barrio de Belgrano con quien conversé mientras preparaba esta nota, para que me ayude a ordenar los criterios: "Una llaga ocasional no es para asustarse —me dice mientras acomoda un instrumental—, pero si se extiende más de dos semanas, si reaparece con frecuencia, si es inusualmente grande o si aparece una nueva antes de que termine de cicatrizar la anterior, hay que venir a consultarlo". La enumeración sigue con otros indicadores que suelen pasar desapercibidos pero que importan y mucho: dolor que no se controla con medidas caseras, dificultad para comer o para beber o fiebre que acompaña la lesión.

Una revisión publicada en el repositorio científico PMC agrega un dato que, como lectora, me parece clave: antes de atribuir las aftas a causas benignas, hay que descartar otras posibles lesiones que pueden parecerse pero que requieren otro tipo de abordaje. Por eso, cuando los episodios son frecuentes, la evaluación profesional suele incluir no solo lo que se ve adentro de la boca sino también otros síntomas asociados, ya sea digestivos, dermatológicos o de otro orden, que pueden orientar el diagnóstico. Es un enfoque amplio y prudente, y a mí me deja tranquila saber que existe esa mirada integral.

Me quedo pensando en lo que me dijo Roberto, un vecino de Boedo al que le pregunté mientras compraba el pan de la tarde y que arrastraba una afta desde hacía más de tres semanas esperando que se fuera sola. "Pensé que era una pavada, que se me iba a pasar como siempre", me dijo mientras revolvía la bolsa del pan, y al final terminó pidiendo turno con su odontólogo porque la molestia ya no lo dejaba ni almorzar tranquilo. Su caso es el ejemplo perfecto de por qué esta nota existe: una llaga ocasional no requiere alarma, pero cuando se extiende, se repite, crece o duele más de lo esperable, la consulta con un profesional deja de ser opcional. La conversación con el especialista, los estudios si los hay y el eventual ajuste de hábitos pueden ser la diferencia entre meses de molestias y una solución que, en muchos casos, está al alcance de la mano.

SG

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