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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que se consolida como destino gastronómico a una hora y media de Buenos Aires

Con diez restaurantes, alojamientos en casonas centenarias y una panadería con horno a leña, el paraje del noroeste bonaerense renueva su oferta para escapadas de fin de semana, aunque el caudal del río y la memoria de la inundación de 2003 siguen marcando la vida local.

Por Milagros CorreaAmbiente y ríos · · hace 26 d
Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que se consolida como destino gastronómico a una hora y media de Buenos Aires

A unos cien kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, en un tramo del río Luján donde la cota de defensa todavía se mide con atención después de la inundación de 2003 que modificó para siempre la relación de los pueblos de la cuenca con el agua, Azcuénaga se ofrece como una parada breve pero densa: 350 habitantes, diez restaurantes y un puñado de construcciones centenarias que bastan para justificar una jornada entera, o un fin de semana completo, de caminata, mesa y descanso.

Diez mesas para elegir, todas con reserva

La primera decisión que enfrenta el visitante es dónde sentarse a comer, porque la mayoría de los locales del pueblo funcionan sobre todo los fines de semana, y los domingos la demanda concentra las reservas como una marea que sube de golpe. Durante la semana, en cambio, la alternativa más accesible es el buffet del Club Recreativo Apolo, donde Marcelo Santander y Marcela Ronco sirven ravioles caseros y milanesas en un ambiente conocido por los vecinos de toda la zona.

La oferta gastronómica se completa con una variedad que va de la parrilla a las pastas y de la cocina italiana a la francesa. En la antigua Casa Terren, abierta en 1912 y recuperada por la familia Coarasa, funciona Almacén C y T, con carnes y picadas; La Porteña prepara pastas y osobuco con risotto de calabaza, mientras que Lo de Grace ofrece parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo. También están Cucina de Santo, con pastas y mariscos, y Le Four, donde la cocinera Vanesa Plaza sostiene una propuesta francesa que incluye cordero con perilla. La Posta y Silvestre completan parte del circuito.

  • Almacén C y T: carnes y picadas en la Casa Terren de 1912.
  • La Porteña: pastas y osobuco con risotto de calabaza.
  • Lo de Grace: parrilla y pasta libre en edificio rodeado de campo.
  • Cucina de Santo: pastas y mariscos.
  • Le Four: cocina francesa a cargo de Vanesa Plaza.
  • La Posta y Silvestre: otras dos opciones del circuito.
  • Buffet del Club Recreativo Apolo: ravioles caseros y milanesas durante la semana.

Dónde dormir en casas que ya tienen más de un siglo

Para quienes decidan quedarse, el pueblo ofrece alternativas que combinan historia y paisaje. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini de 1903, frente a la antigua estación ferroviaria, un punto que los vecinos de la costa todavía asocian con las crecidas del río y con los operativos de asistencia posteriores a la inundación de 2003. La Magnolia funciona en una casona rural; Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta y El Nido suma otra posibilidad de alojamiento dentro del ejido. Algo más alejados se encuentran Los Vagones de Areco, una opción que combina el turismo rural con la estética del ferrocarril.

“Acá la gente viene a comer y a caminar, y se termina quedando una noche porque el pueblo te frena”, resume un vecino de la costa que atiende una verdulería sobre la calle principal y que conoce de memoria los picos y valles del caudal del río a lo largo del año. Su testimonio, como el de otros comerciantes, deja entrever que la infraestructura de alojamiento todavía es chica en relación con la capacidad de convocatoria de los fines de semana.

Pan con leña, una capilla centenaria y caminos de tierra

El recorrido a pie permite conocer las construcciones antiguas y llegar al campo después de unas pocas manzanas. Por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque las condiciones cambian con el clima: puede haber barro después de las lluvias o terreno seco en los meses de menor caudal. En los alrededores se observan liebres, vizcachas y lechuzas, un detalle que los guías locales suelen repetir a los visitantes que se internan por las sendas menos transitadas.

Entre las paradas obligadas está La Moderna, una panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en un horno a leña. Otra visita posible es la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, que Ramona Lescano abre los fines de semana y que conserva elementos originales de principios del siglo veinte.

Lo que falta para terminar de consolidar a Azcuénaga como destino es, sin embargo, un punto sobre el que los propios prestadores insisten: mejorar la señalización de los caminos rurales, ampliar los días de apertura de varios restaurantes durante la semana y garantizar el mantenimiento de las calles internas después de cada crecida, una tarea pendiente desde la inundación de 2003 y que reaparece cada vez que el río Luján supera la cota de defensa y deja el barro sobre las veredas del pueblo.

MC
Milagros CorreaAmbiente y ríos

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