Chacarita tiene un templo del vinilo donde el celular se queda en el bolsillo
En un galpón de 540 metros cuadrados sobre la calle Roseti, Artlab revive el rito de escuchar un álbum de punta a punta con parlantes de los años cincuenta. Este domingo, además, recibe el cierre del festival MUTEK.
La luz de la tarde cae sobre un portón de chapa en Roseti al 90, en Chacarita, y del otro lado empieza a sonar un bajo grave que se siente en el piso. Adentro, un galpón de 540 metros cuadrados reconvertido en sala de escucha parece pedir, por su propia geometrya, que el visitante se olvide del teléfono y se entregue al sonido. Así recibe Artlab, un espacio que desde 2015 se dedica a algo que muchos ya daban por perdido: escuchar música como quien va a una función de cine, sin pausas, sin notificaciones y, sobre todo, sin pantalla en la mano.
El lugar lo conduce Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que fue armando la propuesta alrededor de una rareza: ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954, restaurados y dispuestos en distintas salas. Solimano cuenta que hay indicios de que los equipos salieron de un cine porteño emblemático, aunque la procedencia no se pudo confirmar todavía. Lo que sí se confirma al escucharlos es que tienen una textura cálida, con un grave redondo y un agudo que no agrede, muy distinto al perfil frio de muchos equipos modernos.
Dos ciclos para volver a escuchar de verdad
El corazón de Artlab late al ritmo de dos propuestas bien definidas. Audiófilos está pensado para quienes quieren escuchar un álbum completo, de la primera a la última canción, sin distracciones. El programa puede ir de Miles Davis a Pink Floyd, de Invisible a Massive Attack, y el formato varía según la obra: vinilo, CD o archivos sin compresión, eligiendo siempre la versión que mejor rinda para cada disco. Círculo de Sonido, en cambio, mantiene la tradición bailable del house con Solimano y otros DJs en consola, para recordar que la pista y la escucha detenida pueden convivir bajo el mismo techo.
Vecina del barrio desde hace más de veinte años, María del Carmen, que vive a tres cuadanas sobre la calle Guevara, se acercó por primera vez atraida por el olor a madera de las cajas acústicas y hoy es habitué de los ciclos. "La primera vez que escuché un disco entero ahí adentro me pasó algo que no me pasaba desde adolescente, me acordé de por qué me gustaba la música", cuenta mientras mira la hora porque ya arranca la sesión de las siete.
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab
MUTEK cierra su octava edición en Buenos Aires
Este domingo, Artlab recibe el cierre de la octava edición porteña del festival MUTEK, una plataforma nacida en Canadá en el año 2000 que Solimano trajo al país en 2018. La propuesta apunta a la música electrónica experimental, el arte audiovisual y la exploración de nuevas tecnologías, con una escala y un perfil bien distintos a los festivales masivos del género. Para quien nunca fue, la cita es en Roseti 93, en Chacarita, con la recomendación de llegar con tiempo, dejar el celular en el bolsillo y entregarse a la escucha.
Tres razones para acercarse a Artlab
- Escuchar un álbum completo en vinilo o CD, sin pausas y sin teléfono, sobre parlantes Altec A7 de 1954.
- Bailar house en sesiones regulares con DJs en consola dentro del ciclo Círculo de Sonido.
- Cerrar MUTEK este domingo en un formato íntimo, distinto al de los festivales masivos.
Sobre el desembarco de la inteligencia artificial en la música, Solimano es prudente y a la vez firme. "Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos", sostiene. En un mundo donde las plataformas empujan a consumir de a fragmentos y al fondo de una cola automática, la apuesta de Artlab va exactamente en el sentido contrario: poner el cuerpo, los oídos y el tiempo al servicio de la obra. Por eso, mientras afuera la calle Roseti sigue su ritmo de barrio, adentro el disco sigue girando y el celular, por una vez, se queda en el bolsillo.
