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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando despedir a un muerto es también celebrar la vida que se fue

Desde Nueva Orleans hasta la costa del Pacífico, hay pueblos que transforman el duelo en música, color y comida. Son rituales que hablan del dolor pero también de la comunidad que queda.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 49 d
Cuando despedir a un muerto es también celebrar la vida que se fue

La música arranca en la puerta de la iglesia y no para hasta que el féretro entra al cementerio. Es una banda de bronces, con trompetas y saxos, que arranca con un tema lento, casi un lamento, y va subiendo el ritmo a medida que el cortejo avanza por las calles de Nueva Orleans. La gente que mira desde las veredas se prende, aplaude, baila. La familia camina detrás del cajón con los ojos húmedos pero los pies, muchas veces, también en movimiento. No es una falta de respeto: es una forma de honrar la vida que se fue y, sobre todo, de abrazar a los que quedan.

Esa manera de entender la despedida no es exclusiva de un barrio ni de un país. En México, cada primero y dos de noviembre, las familias arman altares en las casas y en los cementerios con la comida favorita del difunto, con flores de cempasúchil, con velas y con fotografías. La idea, que la UNESCO reconoció como patrimonio cultural inmaterial, es que las almas regresan por unas horas al mundo de los vivos. Los panteones se llenan de gente que pasa la noche junto a las tumbas, que come, que cuenta anécdotas, que se ríe y que llora. La muerte no se vive como ausencia definitiva sino como una presencia breve que se puede recibir con los brazos abiertos.

Cráneos bendecidos y ataúdes con forma de pescado

En Bolivia, cada 8 de noviembre, la festividad de las Ñatitas congrega a los creyentes en el Cementerio General de La Paz con una imagen poco habitual: familias enteras que llegan con cráneos humanos guardados durante generaciones, los limpian, los visten con coronas de flores, les ofrecen hojas de coca, cigarrillos y velas, y reciben la bendición de un sacerdote. La tradición sostiene que esos cráneos cuidan el hogar y pueden interceder por quienes los veneran. El vínculo con el difunto no se corta: se transforma en una relación de protección cotidiana.

En Ghana, en tanto, la creatividad aparece en el propio ataúd. Es frecuente que la familia encargue un féretro con la forma del oficio o la pasión del difunto: un pescado gigante para un pescador, un avión para un piloto, un zapato para un zapatero, hasta un biberón para un bebé. La ceremonia puedeextenderse hasta tres días e incluye coreografías durante el traslado del féretro, con familiares y vecinos bailando al ritmo de los tambores. La despedida se vuelve una fiesta en la que el dolor se procesa en movimiento.

Y entre los surfistas del Pacífico existe un ritual que prescinde de la tierra y se hace en el agua. Los deudos forman un círculo sobre sus tablas, en pleno mar, arrojan flores al centro y cada uno dice algo sobre el fallecido. Cuando hay cremación, las cenizas se dispersan en ese mismo lugar, mezcladas con la espuma de las olas. Es una despedida íntima pero compartida, con el ruido del mar de fondo y el sol cayendo sobre el horizonte.

Más allá de las diferencias, todos estos rituales cumplen una función concreta: darle un marco colectivo a una experiencia que, sin ese marco, puede resultar aplastante. Compartir el dolor con otros, tener un momento y un lugar para expresarlo, ayuda a transitar la pérdida. Por eso, aunque a primera vista algunos de estos rituales parezcan extraños o incluso alegres, en el fondo están diciendo lo mismo que cualquier velorio: que alguien que queremos se fue, y que los que seguimos acá necesitamos una manera de acompañarnos para seguir.

SG

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