Cuando un locutor no puede con tu nombre: la historia detrás del apellido Suar, según Toto Kirzner
El actor contó cómo un problema de fonética en la radio de los años sesenta terminó bautizando artísticamente a su padre, y por qué él decidió no sumarse a esa tradición familiar.
Hay historias familiares que uno imagina destined a grandes relatos épicos, con viajes en barco, guerras europeas o documentos firmados en papel de carta. Y después están las otras, las que empiezan con un locutor que se traba la lengua y termina inventando, sin querer, el apellido con el que una de las familias más conocidas del espectáculo argentino iba a firmar buena parte de su historia. A esa historia pertenece el origen del nombre Suar, y la contó Toto Kirzner, que prefirió quedarse con el suyo propio antes que sumarse a la herencia.
Un cantante lírico al que la radio no le podía decir el nombre
El punto de partida hay que buscarlo varias décadas atrás, en la carrera de Leibele Schwartz, cantante lírico de origen judío que construyó su trayectoria entre Estados Unidos y Argentina. Cada vez que pisaba un estudio de radio, los locutores se encontraban con el mismo obstáculo: su nombre verdadero no les salía en la fonética cotidiana del castellano. La solución fue tan práctica como involuntaria: empezaron a llamarlo Leo Suárez, una versión sonoramente posible que, con el paso del tiempo y el desgaste natural del uso, se fue acortando hasta quedar en Leo Suar.
“Cuando él iba a la radio le decían Leo Suárez, no les salía Leibele Schwartz ni en pedo. Entonces, era todo Leo Suárez y terminó siendo Leo Suar.”Toto Kirzner
Lo que empezó como un atajo para sortear una dificultad terminó convirtiéndose, casi sin que nadie lo planeara, en la identidad pública del cantante. Su padre tomó ese apodo nacido de la necesidad, le encontró la vuelta y lo adoptó como nombre artístico. Como él mismo lo planteó en su momento, era más sencillo, y así quedó: Schwartz en los papeles, Suar en el escenario, en las marquesinas y en la memoria colectiva de varias generaciones de argentinos.
Toto Suar nos queda mal
Años después, cuando Toto Kirzner empezó a dar sus propios pasos en televisión y teatro, se repitió la conversación que cualquier familia del espectáculo conoce: la del apellido que se hereda o se inventa. Su padre, fiel a la marca que llevaba puesta desde hacía décadas, le propuso la posibilidad de usar Suar, aunque fuera tanteando el terreno, midiendo cómo sonaría. La propuesta llegó con una duda sincera, casi hogareña: el nombre completo no terminaba de convencerle del todo, y la prueba la dejó registrada el propio Toto en una de esas frases que se transmiten de generación en generación en las reuniones familiares.
“Mi viejo en un momento me decía: 'Toto Suar nos queda mal'.”Toto Kirzner
Kirzner se queda en Kirzner
Lejos de cualquier cálculo de marketing o de proyección a largo plazo, la respuesta de Toto fue de las que se dicen sin levantar la voz. Para él, la opción de cambiarse el apellido no tenía ningún sentido práctico ni sentimental, y lo planteó con una lógica tan directa como la frase que eligió para contarlo. Si uno tiene un apellido, lo razonable es usarlo, sin más vueltas. Así, mientras su padre construyó carrera bajo la marca que le regaló un locutor anónimo, él decidió que su identidad artística se llamaría igual que su documento.
“No me siento cómodo. Usemos nuestro apellido. ¿Para qué carajo lo tengo, si no?”Toto Kirzner
La decisión lo deja a él con Kirzner en los créditos y a su padre con Suar en el imaginario popular, y de paso deja a la vista algo que a veces se olvida cuando se habla de los apellidos del espectáculo: que detrás de cada nombre artístico hay una historia familiar concreta, con sus vericuetos, sus acuerdos tácitos y, en este caso, con un cantante lírico al que nadie en la radio podía pronunciarle bien el nombre. Yo, que vengo siguiendo estas historias de la farándula desde hace años, confieso que hay algo que me conmueve particularmente de esta: la idea de que un nombre tan instalado en la cultura argentina como Suar haya nacido de un tropezón fonético en una cabina de radio, y que el hijo haya preferido aferrarse al apellido verdadero antes que subirse a esa historia. Quizás, en el fondo, lo más lindo de este relato sea eso: que no todos los apellidos que sobreviven son los que suenan mejor, sino los que cada uno siente que le pertenecen de verdad.
