De Neuquén a Alaska sobre una Honda Navi: la última aventura de Nicolás Poblet antes de cumplir 40
Liquida su taller mecánico, se despide de la ciudad y en noviembre arranca una travesía de más de dos años que lo llevará desde la Patagonia hasta el círculo polar. El dinero de la venta queda para su hijo de 17 años.
El motor de la Honda Navi suena diferente al de cualquier otra moto del taller. No es un ruido potente ni deportivo, es más bien un ronroneo chico, casi doméstico, como el de una cortadora de césped bien aceitada, y ese sonido es justamente el que eligió Nicolás Poblet para meterse de lleno en la aventura más larga de su vida: recorrer América de punta a punta sobre ese ciclomotor de 110 centímetros cúbicos que en la concesionaria le habían presentado como una moto urbana, para hacer trámites y mandados dentro de la ciudad, pero que él decidió transformar en su compañera de ruta hasta Alaska. La idea, me la cuenta él mismo mientras termina de embalar las últimas herramientas en el galón de Cutral Có, es arrancar en noviembre, pocas semanas después de soplar las velas por sus 40 años, y no tener fecha de regreso.
Una Navi con destino de expedición
La moto no está pensada para autopistas ni para correr a más de sesenta kilómetros por hora, y esa es, paradójicamente, la razón por la que Poblet la eligió. En el taller mecánico que dirige en Neuquén hace años que ve pasar todo tipo de rodados, desde motos de alta cilindrada que vuelven con el motor quemado hasta cuatriciclos usados hasta el chasis, y aprendió que la velocidad, en los viajes largos, termina siendo un enemigo. Por eso planea moverse tranquilo, detenerse donde algo le llame la atención, dormir al costado del camino en la carpa que ya guarda desarmada dentro de un bolso estanco, y cargar un bidón extra de combustible para los tramos donde las estaciones de servicio son un recuerdo lejano. Lo que se lleva, además, es lo justo: la moto, las herramientas, la carpa, algo de ropa y un dispositivo Starlink para hablar con su hijo.
La ruta que tiene en la cabeza es tan ambiciosa como difusa, y él mismo lo admite con una sonrisa que le cruza toda la cara, esa sonrisa de mecánico que sabe que los mejores planes son los que se hacen sobre la marcha. La primera etapa es cruzar a Chile por alguno de los pasos cordilleranos y bajar por la Carretera Austral hasta Ushuaia, el clásico del sur del continente, pero con una salvedad: él lo va a hacer al revés que la mayoría, porque desde Ushuaia piensa volver a subir por la Argentina siguiendo la Ruta 40, atravesar Bolivia, entrar a Centroamérica por algún paso andino y recién ahí tomar hacia Norteamérica, enfilando hacia México, Estados Unidos y, finalmente, Alaska. Calcula que el recorrido completo le va a demandar entre un año y medio y dos años, aunque aclara, mientras acomoda una caja de piezas en el estante, que esa cifra es tan solo una estimativa de partida.
Para financiar la locura, Poblet tomó una de las decisiones más difíciles de su vida adulta, que es justamente la de deshacerse del taller que dirige desde hace años, ese mismo galón donde ahora estamos conversando entre cajas de herramientas y repuestos, y poner el negocio en venta. Lo que obtenga por la venta, me dice mirándome fijo, va a quedar íntegramente para su hijo Benjamín, de 17 años, que es la única persona del universo a la que el mecánico de 39 años menciona cada vez que la conversación roza el tema del futuro. El viaje propiamente dicho lo piensa sostener con algunos ahorros que viene haciendo desde hace rato y con ingresos que espera generar durante el recorrido, ya sea haciendo arreglos en el camino, vendiendo fotos o contenido a través del canal de YouTube y la cuenta de Instagram que abrió bajo el nombre Astronavi, donde piensa documentar cada etapa, cada encuentro y, también, cada día que no salga como esperaba.
La conversación con Benjamín
La decisión de soltar todo y partir la viene masticando desde hace años, pero la iba postergando, según cuenta, por la edad de su hijo. Mientras Benjamín era chico, la idea de dejarlo durante meses resultaba impensable, así que la fue corriendo hacia adelante en el calendario, una y otra vez, hasta que el chico creció, ganó independencia y la conversación maduró sola. Padre e hijo lo hablaron, lo charlaron largo y tendido en la mesa de la cocina, y llegaron a un acuerdo que incluye incluso la chance de que Benjamín tome un avión hasta algún punto del recorrido,, para compartir una etapa del viaje, algo que a Poblet se le nota en la voz que lo emociona cada vez que lo menciona. Lo único que realmente le preocupa de toda la travesía, afirma mirándome con los ojos un poco húmedos por el humo de un cigarrillo que acaba de encender, es poder mantener la comunicación con él, por eso el Starlink, por eso la insistencia en llevar al menos un dispositivo que le asegure señal aún en los tramos más desolados del recorrido.
Cuando le pregunto cómo se imagina el momento de la partida, Poblet se queda un instante en silencio, mira la moto que descansa en el centro del galón, escucha el ronroneo del motor que otro cliente acaba de encender afuera, y después me dice que se lo imagina como una escena más bien tranquila, sin grandes despedidas, casi como cuando uno cierra la puerta del taller un sábado a la noche sabiendo que el lunes a la mañana va a volver, solo que esta vez el lunes a la mañana va a ser otro país, otro paisaje, otro olor a pino o a mar o a tierra mojada según le toque. El 11 de octubre cumple 40 años, y pocas semanas después, en noviembre, va a salir de Neuquén con lo puesto encima y una Honda Navi que, según él, tiene tantas ganas de llegar a Alaska como las que tiene él mismo. Esa misma moto, ese mismo galón y ese mismo sonido de motor chico son los que me llevo puestos cuando salgo a la calle, en Cutral Có, en una tarde que ya empieza a refrescar y que parece, de alguna manera, el prólogo de la historia que Nicolás Poblet todavía no terminó de escribir.
