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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El arte difícil de decir que no: cuando el cuerpo termina poniendo los límites que la palabra no puso

Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta insomnio: lo que les cuesta a los argentinos que no logran marcar sus propios límites, y el otro lado, el de quien no tolera un no ajeno. La buena noticia es que es algo que se aprende, no un destino escrito en piedra.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 5 d
El arte difícil de decir que no: cuando el cuerpo termina poniendo los límites que la palabra no puso

Son las siete de la tarde en un café de la calle Corrientes, en pleno centro porteño, y el ruido de las tazas contra las mesas se mezcla con el murmullo de la gente que termina su jornada. Marta, vecina de Almagro y contadora de oficio, me mira por encima del pocillo de café con una mezcla de alivio y de cansancio muy particular, ese que aparece cuando uno lleva demasiado tiempo cargando cosas que no le corresponden. Lo que ella me cuenta, mientras tanto, no es nuevo: tiene la agenda llena de favores, de pedidos a los que no sabe decir que no, de cenas familiares a las que va aunque no le apetezca, de compañeros de trabajo que le derivan tareas porque ella nunca cierra la puerta. Me dice, con una sinceridad que desarma, que hace meses que no duerme bien, que le duele la espalda sin razón aparente y que la invade un resentimiento que no sabe hacia dónde girar. Y lo más llamativo de su relato es que, en el fondo, intuye que algo de eso está conectado con no poder poner un límite.

De la frustración del bebé a la persona adulta

El límite, me explican los especialistas, empieza a construirse mucho antes de lo que uno imagina, casi desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga porque no hay psiquismo posible sin un afuera que lo contenga. El pecho que no siempre está, el no firme ante el peligro, la pequeña espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como frustración, es lo que permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que uno desea y lo que la realidad ofrece. El límite, dicen, no es lo opuesto del amor; al contrario, es una de sus formas más cuidadosas.

Dos patrones que se ven seguido

  • El de quien no puede decir que no: suele haber aprendido, bien temprano, que el propio deseo molesta o que marcar una negativa pone en riesgo el vínculo. De grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le toca. Los efectos son concretos: cuadros de ansiedad, resentimiento que se acumula y un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino del alma. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso, y entonces aparecen dolores sin causa médica clara, insomnio y síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
  • El de quien no tolera un no ajeno: cualquier negativa se vive como una ofensa o un desafío. Esa postura puede parecer fortaleza, pero en realidad responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, a la larga, se organizan alrededor de su voluntad y eso las va vaciando de a poco.

Entre esos dos extremos hay un punto medio que no es ni sumisión ni imposición, y que vale la pena conocer: la capacidad de decir que no sin sentir culpa y, también, de escuchar un no ajeno sin tomarlo como una amenaza personal. Llegar hasta ahí, me dicen los que saben, tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, ya sea por afecto o por dinero. Pero ese costo, en general, suele ser bastante más chico que el de seguir acumulando lo que uno no puede seguir sosteniendo.

No es un rasgo, es algo que se construye y se puede revisar

Y aquí viene la parte que, como periodista y como lectora de a pie, rescato como la más esperanzadora de esta historia: nada de esto es un rasgo de carácter inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó del todo bien, se puede revisar más tarde. Un tratamiento adecuado, me dicen, ofrece el espacio justo para aprender a decir hasta acá sin sentir que uno está traicionando al otro o abandonando el vínculo. Volviendo a Marta, a su café de Almagro y a su insomnio de los últimos meses, me queda la sensación de que hablar de los límites no es un lujo ni un tema de autoayuda: es, muchas veces, la diferencia entre vivir cargando lo ajeno y empezar a dormir de nuevo, y a dormir mejor. Y eso, en definitiva, también es una forma de quererse.

SG

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