El cielo encapotado que no se va: una semana entera de gris en el AMBA y la explicación que pocos conocen
Un centro de altas presiones varado en el Atlántico actúa como una muralla invisible y mantiene a Buenos Aires y el conurbano bajo nubes, lloviznas y temperaturas que oscilan entre los 11 y los 18 grados; el miércoles y el jueves serán los días más complicados, con probabilidad de lluvia por encima del setenta por ciento.
Son las ocho de la mañana en el barrio de Belgrano y la persiana del living todavía está levantada, porque afuera la luz no termina de llegar, es esa claridad tibia y lechosa que no termina de decidir si es de día o si está anocheciendo, y desde la ventana se ve la calle mojada con charcos que nadie pisó todavía y un vecino, Osvaldo, que sale con el piloto impermeable puesto y me dice, mientras se acomoda el cuello de la campera, que ya lleva cuatro días sin ver el sol en serio y que el perro directamente se niega a salir a la esquina, y la verdad es que la escena se repite en Saavedra, en Núñez, en Villa Urquiza, en Palermo, en Floresta, porque el Área Metropolitana de Buenos Aires amanece otra vez envuelta en esa manta gris que se apoya sobre los techos y no se mueve, y lo que pasa es que hay una razón concreta, y no es el destino ni la mala suerte, sino un fenómeno que los meteorólogos llaman bloqueo atmosférico, y que en estas semanas se instaló sobre el océano Atlántico como un que se sienta en la mesa y no hay forma de correrlo.
Un muro de altas presiones sobre el Atlántico
Lo que ocurre, explicado en términos que se puedan entender sin ser especialista, es que hay un centro de altas presiones que se quedó estacionado sobre el Atlántico y funciona como una pared: el aire frío del sur no puede pasar, el aire cálido del norte tampoco, y mientras esa muralla siga ahí, lo único que llega a Buenos Aires y al conurbano son vientos del este y del sudeste que arrastran humedad desde el río y desde el mar, y por eso el cielo se ve permanentemente cargado, las lloviznas aparecen y desaparecen sin aviso y las tardes se vuelven una repetición de gris sobre gris, con temperaturas que no suben de los dieciocho grados ni bajan de los once, una amplitud térmica tan chica que uno termina viviendo con la campera puesta todo el día y con la sensación térmica todavía más baja que la del termómetro.
El dato importante es que no se trata de un temporal ni de una tormenta, sino de un tiempo estancado, de un clima que se quedó trabado y que no deja avanzar a los sistemas que normalmente traerían cambios; por eso las lluvias, cuando aparecen, son intermitentes y de bajo acumulado, lloviznas que mojan la vereda pero no llenan el tanque, chaparrones cortos que dan la sensación de que algo va a pasar y no pasa, y esa es justamente la marca del bloqueo, la persistencia sin intensidad.
Miércoles y jueves, los días más complicados
Dentro de esta semana que ya arrancó complicada, hay dos jornadas que los pronósticos marcan en rojo: el miércoles y el jueves, con probabilidades de precipitación que superan el setenta por ciento y que podrían dejar hasta cinco milímetros el miércoles y hasta diez milímetros el jueves, este último ya perfilado como el día de mayor actividad, con chaparrones más firmes y un viento que en la zona ribereña sopla entre diez y veinte kilómetros por hora, con ráfagas que pueden alcanzar los cuarenta, suficientes como para que la campera tenga que ir bien cerrada y el paraguas, mejor dicho el piloto, cumpla su función de verdad.
El viernes tampoco va a traer alivio sostenido: el cielo seguirá mayormente cubierto, con nuevas chances de lloviznas y temperaturas que se moverán entre los trece y los diecisiete grados, de manera que el plan de fin de semana largo, si es que hay plan, conviene pensarlo con paragua en la mochila y con la idea de que la primera mejoría real va a llegar, según los modelos que manejan los especialistas, recién con el inicio de la próxima semana, cuando el bloqueo empiece a desplazarse y le deje paso a configuraciones más estables, con mayor presencia de sol y con temperaturas más cercanas a las que octubre suele ofrecer en la región.
“Es estar siempre con la campera encima, porque el sol no aparece, la humedad te cala hasta los huesos y uno termina yendo en casa con las medias puestas, como en julio, y eso en octubre es raro, muy raro.”Osvaldo, vecino de Belgrano
Mientras tanto, la recomendación práctica es simple y no requiere ser meteorólogo: llevar siempre el piloto o el paraguas en la mochila, vestirse por capas porque la amplitud térmica es chica pero la sensación de frío es constante, y aceitar la paciencia, porque hasta que esa muralla de altas presiones no se mueva del Atlántico, el AMBA va a seguir viviendo debajo de un techo de nubes que no tiene apuro en irse.
