El espadachín de la Thousand Sunny que nació del cruce improbable entre un pirata caníbal y un héroe enmascarado
Roronoa Zoro, el segundo de a bordo de los Sombrero de Paja, debe su nombre a un corsario francés del siglo XVII célebre por su crueldad y a un justiciero californiano que lleva más de un siglo reinventándose en pantalla.
El escenario del Thousand Sunny ya está instalado desde hace décadas en la imaginación de millones de lectores, y en esa cubierta, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte, siempre aparece él: el espadachín de pelo verde que duerme en cualquier rincón pero que, cuando desenfunda los tres sables, transforma la pelea en una cuestión de principios. Hablo de Roronoa Zoro, el segundo de la tripulación de Luffy, y de uno de los personajes más queridos de One Piece. Pero lo que muy pocos saben —o lo que muchos olvidan— es que ese nombre tan musical, tan pegadizo, tan fácil de gritar en una convención, no salió de la nada. Es el resultado de un cruce improbable entre la historia real más oscura y la ficción más romántica, y entender ese cruce es entender también por qué Oda construye personajes que parecen tener varias vidas a la vez.
Yo siempre sospeché que detrás de los nombres de One Piece había algo más que un capricho fonético. En el caso de Zoro, la sospecha se confirma: el autor tomó el apellido del pirata y le superpuso el eco de un héroe que, antes que él, ya marcaba con la letra Z todo lo que tocaba. Vamos por partes.
La huella del enmascarado
La primera referencia es la más evidente y la más simpática. El Zorro —don Diego de la Vega para los puristas— nació en 1919, en el relato The Curse of Capistrano publicado en la revista estadounidense All-Story Weekly. Al año siguiente llegó la película El signo del Zorro, y a partir de ahí el personaje no paró de multiplicarse: más de cincuenta films, series de televisión, cómics y adaptaciones en los más variados idiomas, incluyendo varias producciones turcas. España, de hecho, produjo unas catorce películas propias sobre el héroe enmascarado, casi siempre en coproducción con Italia, en esa etapa gloriosa del cine de capa y espada que todavía hoy se recuerda con cariño. En el doblaje original al español de One Piece, el guiño fue tan directo que directamente se lo llamó Zorro Ronoa, sin más vueltas.
La otra fuente, la que incomoda
Porque la segunda referencia es real y bastante más oscura. François l'Olonnais fue un corsario francés del siglo XVII. En japonés, su apellido se pronuncia Roronoa, y de ahí Oda sacó la base sonora del personaje. L'Olonnais llegó a comandar una flota de ocho barcos y 440 hombres, con la que atacó embarcaciones españolas en el Caribe. Cuando desembarcó en Maracaibo, torturó a los habitantes para que confesaran dónde habían escondido sus pertenencias, y se ganó el apodo de «la plaga de España». Hay un episodio, registrado por los cronistas de la época, que es difícil de leer: acorralado por fuerzas españolas, tomó a un soldado como rehén, le abrió el pecho con la espada y, según esos mismos registros, comenzó a comerle el corazón. El escuadrón retrocedió y el corsario escapó. Murió después en Panamá, también de forma violenta.
Qué tiene que ver uno con el otro
Honestamente, más allá de la destreza con la espada y de la coincidencia del sonido, no existe ningún vínculo temático entre el pirata histórico y el personaje de la serie. Oda tomó el apellido porque le gustó cómo sonaba y construyó desde ahí a uno de los espadachines más reconocibles de la animación japonesa. Esa libertad, esa manera de mezclar archivo y ficción sin pedir permiso, es una de las firmas del autor.
Y quizá ahí está, mirándolo con perspectiva, el encanto verdadero del asunto. Zoro es, al mismo tiempo, el eco izado de un justiciero que firma con una Z y el apellido sonoro de un hombre que habitó los peores márgenes de la historia. Esa tensión —entre el héroe que queremos ser y la sombra de los que realmente fueron— es exactamente la clase de capa invisible que Oda le pone a sus personajes sin que nadie se lo pida. A mí, cada vez que lo veo parado en la proa del Sunny con la banda atada al brazo, me gusta recordar que ese nombre, el que pronunciamos con cariño, tiene dos orígenes y los dos pesan.
