El membrillo que cabe en el bolsillo: energía de carrera, con letra chica
Para el fondista amateur, el dulce de membrillo puede ser un buen aliado sobre el asfalto, aunque no reemplaza geles ni la hidratación. Especialistas consultados y experiencias de corredores coinciden en que la clave está en probar antes, medir la porción y no abusar de la fibra durante el esfuerzo.
Son las siete de la mañana y el Parque Centenario todavía tiene ese silencio eléctrico previo al movimiento, el aroma dulzón de los puestos de café que recién levantan persiana, el ruido lejano de un colectivo que dobla en Ángel Gallardo. Ahí aparece Mabel, vecina de Caballito, con su mochila ajustada y una bolsa ziploc con cubos amarronados que tintinean como dados de caramelo. "Llevo años corriendo la media maratón de Buenos Aires y esto, mirá, es mi truco de abuela moderna", dice mientras muestra un trozo firme, dorado, con ese brillo pegajoso del dulce de membrillo bien cocido. "Me da energía barata, no se derrite en el bolsillo como el gel y me recuerda a la cocina de mi vieja. Pero ojo: no es cualquier cosa, hay que saber cuánto comés".
Un alimento con historia que vuelve al asfalto
El dulce de membrillo dejó hace rato la mesada de la cocina de la abuela para instalarse en el cinturón de los corredores de larga distancia. Su atractivo es claro: alta concentración de azúcares simples, fácil de cortar, barato, estable al calor y con ese gusto que reconforta cuando el cuerpo empieza a protestar. Sin embargo, lo que muchos runners celebran como hallazgo tiene, leído con cuidado, varias trampas que conviene revisar antes de meterlo en el bolsillo del short.
Cuántos carbohidratos tiene y por qué importa
Para carreras de más de una hora, la referencia que manejan los especialistas en nutrición deportiva va de los 30 a los 60 gramos de carbohidratos por hora, con ajustes por tolerancia intestinal, intensidad y clima. Un gel comercial suele aportar entre 20 y 27 gramos por sobre. Un trozo de membrillo de 30 gramos, en tanto, ronda los 15 a 18 gramos de azúcar, dependiendo de la receta y de cuánta azúcar se le haya agregado al cocinarlo. La Sociedad Internacional de Nutrición Deportiva y la Asociación Dietética Británica coinciden en que los carbohidratos benefician el rendimiento cuando el ejercicio intenso supera los sesenta minutos, pero siempre dentro de un esquema individual. Por eso, meter el dulce a ojo puede dejar al corredor corto de combustible o, peor, pasado de glucosa.
“Yo antes me llevaba un paquete entero de dulce y comía cuando me acordaba. Ahora lo peso en casa, lo divido en bolsitas de a 40 gramos y sé exactamente cuánto llevo encima. Es como planificar la hidratación: lo improvisado se paga en el kilómetro 18.”Mabel, corredora amateur, barrio de Caballito
- Revisar la etiqueta o calcular la composición en el caso del dulce casero, ya que la proporción de azúcar varía según la receta.
- Probarlo en entrenamientos largos antes de usarlo en una carrera, porque la fibra puede enlentecer la digestión durante el esfuerzo.
- Combinarlo con otros carbohidratos ya testeados, especialmente geles o bebidas isotónicas que aportan electrolitos.
- Atender la reposición posterior al esfuerzo, que requiere proteínas, minerales y líquidos además de los azúcares del membrillo.
- No sustituir hidratación ni sodio: en climas cálidos y húmedos como los del verano porteño, la pérdida de electrolitos se cubre aparte.
Lo que el membrillo no resuelve
El entusiasmo con el dulce de membrillo no debe tapar lo que ese alimento no puede hacer por sí solo. La fibra presente en la preparación, sumada a eventuales frutos secos o avena, puede resultar indigesta cuando el cuerpo ya está exigido. La temperatura ambiente, la intensidad del esfuerzo y hasta el nivel de hidratación previo cambian la tolerancia. Además, el dulce no repone líquidos ni electrolitos: en una sesión prolongada, sobre todo con calor o humedad, la alimentación y la hidratación deben pensarse como un sistema único. Y al terminar la carrera, la reposición pide proteínas, minerales y agua en cantidades que el membrillo, por más entrañable que sea, no alcanza a cubrir. Por eso Mabel, antes de cada largada, se sirve su termo con agua mineralizada, un par de geles y, sí, sus cubitos de membrillo, esa mezcla improbable que combina la ciencia del rendimiento con la memoria de la cocina familiar. Al final, en el Parque Centenario, mientras el sol cae sobre los jacarrones de la entrada, ella guarda la bolsa casi vacía, se acomoda el dorsal y respira hondo: la carrera la espera, y ahora sabe exactamente con qué se encontró.
