El peso silencioso de una caricia: por qué el contacto físico puede aliviar el miedo y la angustia
Una investigadora argentina en neurociencias afectivas explica cómo el tacto ajeno modula el sistema nervioso, qué lo diferencia de tocarse uno mismo y de qué manera la cultura y la pandemia reconfiguraron la forma en que nos acercamos a los otros.
Son las nueve de la mañana en una oficina del centro porteño y el teléfono de Paula Salamone suena con la insistencia de quien espera una respuesta concreta. Del otro lado, una madre le cuenta que su hija, de seis años, se agarra con fuerza de su mano cada vez que suena la sirena de una ambulancia. La investigadora escucha, toma nota y sabe que esa escena, repetida en miles de hogares, no es un capricho: es el sistema nervioso pidiendo a gritos un ancla. "El contacto físico es uno de los reguladores emocionales más antiguos que tenemos, mucho antes de las palabras", dice Salamone, doctora en Neurociencias Aceptivas, en diálogo con este portal. Y agrega, con una calma que parece contagiarse por el auricular: "Cuando alguien te toma la mano, tu cuerpo interpreta que no está solo frente al peligro".
La especialista, que también integra el equipo Tango-i Lab en Argentina, donde se estudia la relación entre el contacto corporal y los síntomas de despersonalización, sostiene que ese intercambio tiene efectos medibles sobre la actividad cerebral, la médula espinal y las respuestas fisiológicas vinculadas al estrés. No se trata de una metáfora ni de una frase hecha: tomar la mano de un chico o recibir un abrazo modifica indicadores concretos de ansiedad y de temor.
La diferencia clave: cuando el tacto viene de afuera
Existe una diferencia que parece sutil pero que el cerebro registra con precisión: tocarse el pelo o acariciarse la barba son gestos que uno se dirige a sí mismo y que cumplen una función reguladora, pero el impacto no es el mismo que cuando interviene otra persona. Salamone lo resume con un ejemplo tan sencillo como revelador: las cosquillas.
“Cuando uno intenta hacerse cosquillas, el cerebro predice el movimiento, el lugar, el momento. Esa previsión baja la sorpresa y la intensidad. Cuando las hace otro, queda un margen de incertidumbre que cambia la experiencia. Y además, las cosquillas son juego, son vínculo social.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
Esa distinción entre lo propio y lo ajeno es central en su trabajo de investigación, donde analiza cómo los estímulos sobre la piel dialogan con el resto del organismo. Un masaje, una caricia o simplemente una mano sostenida pueden modificar reacciones vinculadas con la relajación y con la forma en que el cuerpo procesa el miedo.
La cultura entra al cuerpo: tres metros en Estocolmo, uno en Buenos Aires
Hay algo que Salamone cuenta y que a los argentinos suele incomodar: durante su trabajo de investigación en Suecia, descubrió que conversar con un colega a tres metros de distancia era una escena absolutamente normal. No se trataba de frialdad ni de desapego, aclara, sino de otra forma de habitar el espacio personal.
- Las normas culturales moldean la distancia a la que nos sentimos cómodos.
- La distancia no equivale a más o menos emoción, sino a otra manera de expresarla.
- En contextos de mayor cercanía física, el cuerpo usa el contacto como lenguaje cotidiano.
- El cerebro decodifica esos códigos según el aprendizaje cultural de cada uno.
En la Argentina, las distancias suelen ser más cortas, los abrazos más frecuentes y la pregunta cómo estás, dicha con un beso en la mejilla, casi un saludo oficial. Salamone advierte que esas diferencias no significan que los suecos sientan menos o los argentinos más: simplemente, los manuales de instrucciones emocionales se escriben en dialectos distintos.
La pregunta que dejó la pandemia
En el Tango-i Lab, Salamone y su equipo investigan, además, si la falta de interacción física durante los largos meses de aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores. Es todavía una pregunta de investigación, aclara, sin respuestas cerradas, pero la sospecha es difícil de ignorar: cuerpos que durante mucho tiempo no pudieron rozarse con otros y que, tal vez, todavía están reaprendiendo a hacerlo.
Vuelvo a la escena del comienzo, a esa madre del otro lado del teléfono que cuenta cómo su hija se aferra a su mano cada vez que pasa una ambulancia. No es un capricho, ni un detalle menor: es, probablemente, una de las formas más antiguas y más efficaces que tenemos los seres humanos para decirle al cuerpo, en un lenguaje que no necesita traducción, que no estamos solos frente al miedo. Y que una mano, a veces, puede hacer más que mil palabras.
