Érase una vez en Anatolia: la película turca que te gana por cansancio, no por sobresalto
Nuri Bilge Ceylan convierte una búsqueda policial en la estepa en una experiencia hipnótica de dos horas y media. Acá te cuento por qué vale entregarse a su ritmo lento, dónde se puede ver y qué la hace una de las obras centrales del cine contemporáneo.
Me acuerdo de la primera vez que vi una película de Nuri Bilge Ceylan, todavía en formato físico, y de esa sensación de preguntarme si el director se había quedado dormido sobre el material o si estaba haciendo algo que yo no entendía. Con los años aprendí que era lo segundo, y que esa incomodidad inicial era exactamente lo que él buscaba. Érase una vez en Anatolia, su película de 2011 disponible ahora en Filmin, es probablemente el lugar donde esa idea se llevó más lejos: un thriller policial que se niega a funcionar como thriller y termina funcionando como otra cosa, algo más parecido a una larga sobremesa en la que alguien te cuenta, con mucha paciencia, por qué la vida le pesa.
La escena con la que arranca ya marca el tono: una comitiva oficial recorre de noche las estepas turcas, faros cortando la oscuridad, polvo en el aire y dos hombres en el asiento de atrás que no se pueden poner de acuerdo. Son el asesino y su cómplice, ambos borrachos la noche del crimen, y ni siquiera recuerdan dónde enterraron el cuerpo. El fiscal, el médico forense y un puñado de policías los acompañan mientras el vehículo avanza y se detiene, avanza y se detiene, en una coreografía burocrática que parece no tener fin.
Un ritmo que incomoda y, después, atrapa
Ceylan no apura nada. Las conversaciones que llenan el trayecto son, en apariencia, insustanciales: alguien habla de su hija, otro recuerda una anécdota médica, un tercero se queja del cansancio. Pero esas voces se van apilando como capas de polvo sobre el parabrisas, y para cuando el film llega a su tramo final uno ya no sabe si está mirando una investigación o un retrato descarnado de gente acostumbrada a convivir con la muerte.
Quien espere un plot con giros y revelaciones va a salir frustrado, y es una reacción legítima. Pero si uno se entrega al tempo del film, aparece algo más interesante: la angustia de estar sentado en ese patrullero improvisado durante horas, viendo cómo se desdibuja la frontera entre el deber profesional y el hartazgo personal. Hay un momento, ya cerca del final, en el que un personaje se queda mirando una llanura vacía y la pantalla respira junto con él, y ahí se entiende por qué Ceylan se tomó dos horas y media para llegar hasta ahí.
“El cine de Ceylan no compite con tu atención: te la pide prestada, en silencio, durante mucho tiempo, y después te la devuelve transformada.”Antonella Ferrer
Te la dejo ahí, porque en lo personal me pasa que cada vez que vuelvo a esta película me acuerdo de por qué me gusta el cine que no tiene miedo de aburrirme un rato. Si te copa la idea de probar algo distinto al thriller de siempre, anímate: buscá Érase una vez en Anatolia en Filmin, poné el teléfono en silencio y dejate llevar por la estepa. Y si ya la viste, contame en los comentarios qué te sacó de quicio: la duración, el ritmo o el silencio entre los personajes.
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