Esteban, el abogado que construyó palabra por palabra su lugar en el mundo
Recibido con calificación sobresaliente en la Universidad Siglo 21, se convirtió en el primer profesional con hipoacusia en obtener ese título en la región. La Legislatura neuquina declaró su logro de interés legislativo y su historia vuelve a poner la lupa sobre las barreras que todavía enfrenta la discapacidad en la vida cotidiana.
Soy Susana Grassi y esta historia la encontré en Neuquén, adonde llegué para contar la vida de un hombre que aprendió a hablar letra por letra, sonido por sonido, hasta convertirse en abogado. Esteban Fontana tiene 41 años, nació con sordera profunda y esta semana recibió un reconocimiento de la Legislatura provincial que lo señala como el primer profesional con hipoacusia en recibirse de abogado en toda la Patagonia. La distinción, además del orgullo personal, dejó planteado un debate incómodo: el de hasta qué punto las instituciones están obligadas a adaptarse y hasta dónde se le sigue exigiendo a la persona con discapacidad que compense, sola, lo que el Estado no le garantiza.
Cuando lo busqué para esta nota, lo encontré en su casa del barrio Copol, en la capital neuquina, con la calma de quien ya atravesó lo peor y ahora mira para adelante. Ahí me recibió Noelia, su hermana, que ofició de intérprete de señas durante los primeros minutos de la charla, porque Esteban lee los labios y necesita que su interlocutor le hable de frente, despacio y sin taparse la boca. En ese living todavía se escucha el murmullo de la calle y, cada tanto, el ladrido de un perro del vecindario. La escena, chica y cotidiana, resume lo que esta historia tiene de enorme: una pelea diaria por hacerse entender en un mundo que no siempre se detiene a escuchar.
Una infancia marcada por la violencia y una hermana que cambió todo
Esteban llegó al mundo sin audición y el diagnóstico cayó como un baldazo de agua fría sobre una familia sin antecedentes de discapacidad auditiva. Sus padres empezaron entonces una búsqueda que se extendió durante años hasta dar con un fonoaudiólogo que se convirtió en su compañero de ruta durante casi dos décadas. Con él, letra por letra, fue armando un vocabulario, aprendiendo a modular y a leer los labios, esa herramienta que después le abrió puertas en aulas donde nadie había previsto un alumno como él.
El barrio, mientras tanto, no fue benévolo. Desde los cinco años, Esteban cargó sobre la espalda escenas de burlas, empujones, golpes y un aislamiento que muchas veces lo dejaba afuera de juegos y de cumpleaños. Él mismo lo sintetiza con una frase que repite cada vez que puede: "Gracias a ese esfuerzo, aprendí a leer, a modular, a hablar, a construir palabra por palabra un puente hacia el mundo".
El punto de quiebre llegó a los ocho años, en medio de una de esas crisis en las que la infancia se vuelve insoportable. Ahí se cruzó Noelia, su hermana mayor, con una frase que él guarda como un amuleto: "Esperá, porque en el futuro te esperan cosas muy lindas". Esa noche, me cuenta Esteban mientras mira por la ventana, se hizo una promesa que lo sostuvo los años siguientes: "Me prometí que no importara cuánto sufriera, iba a superar las barreras y demostrar que podía ser alguien valioso".
La escuela, la universidad y una tesis defendida palabra por palabra
La primaria la hizo en una escuela del barrio Copol, la secundaria la completó repartiendo bancos entre dos instituciones distintas y cada cambio de aula fue también un cambio de reglas, de acentos, de modos de dar clase. Cuando llegó a la Universidad Siglo 21 y eligió Derecho, el patrón se repitió: en varias materias el ritmo de los docentes lo dejaba afuera y tuvo que apoyarse en el estudio autodidacta, en apuntes compartidos y en compañeros que, al pasar, se convertían en su traducción al lenguaje oral.
La carrera le llevó seis años. Para el examen final, la defensa de su tesis sobre maternidad en el servicio penitenciario, les pidió a los profesores que hablaran despacio, que no le dieran la espalda, que le permitieran leer sus labios. La calificación fue sobresaliente, la más alta que otorga la casa de estudios, y el tribunal le dedicó, según cuenta Esteban, un aplauso que todavía le tiembla en el pecho cada vez que lo recuerda.
El reconocimiento legislativo y el debate que dejó abierto
La Legislatura de Neuquén declaró su logro de interés legislativo y, en los fundamentos, dejó escrita una idea que a mí, como cronista, me parece la más importante de todo el expediente: el mérito académico de una persona con discapacidad no debería depender de su capacidad para compensar por sí misma las barreras institucionales. El texto plantea la necesidad de eliminar obstáculos, garantizar accesibilidad y acompañar a quienes, como Esteban, transitan la educación superior con esfuerzos que a veces el Estado ni siquiera registra.
Antes de irme del barrio Copol, mientras la tarde empezaba a refrescar y Noelia nos alcanzaba un mate en la cocina, le pregunté a Esteban qué les diría a otros chicos hipoacúsicos que hoy sienten que el mundo se les cierra. El volvió a apoyarse en su hermana para asegurarse de que la pregunta le llegaba clara, miró hacia la ventana y respondió, con esa voz que le costó décadas construir: "Que no bajen los brazos, que el esfuerzo vale, que del otro lado hay una vida esperando". Y así, otra vez, volvió a escena la hermana, la cocina, el barrio, el mismo lugar donde todo empezó. La historia, ahora, sigue en otro capítulo.
