La bola negra: la historia truncada de Lorca que Calvo y Ambrossi se animaron a completar en cine
Javier Calvo y Javier Ambrossi convierten en película los apenas cuatro folios que Federico García Lorca dejó sin terminar sobre un joven al que querían expulsar de un casino de Granada. Entre cartas, personajes proyectados y recuerdos de amigos, los directores españolesimaginan un final que el poeta jamás escribió.
Me imagino la sala todavía a oscuras, con ese murmullo previo que precede a cualquier proyección que se precie de solemne, y en la pantalla aparece un manuscrito amarillento, guardado como reliquia detrás de un vidrio blindado a 21 grados exactos. Ahí empieza La bola negra, la película que Javier Calvo y Javier Ambrossi acaban de estrenar y que toma como punto de partida apenas cuatro páginas que Federico García Lorca alcanzó a escribir de una obra que jamás terminó. Cuatro folios, ni uno más, y sin embargo alcanzan para sostener un relato entero, porque los directores españoles se propusieron algo que parece de entrada una locura: escribir lo que el poeta no escribió, sin traicionarlo.
Un «qué hubiese sido si» como método
Ellos mismos lo definen con una frase que funciona casi como declaración de principios: «Todo es un qué hubiese sido si». Y esa fórmula, lejos de sonar a capricho, resulta la única manera honesta de acercarse a un texto inconcluso. Porque lo que Calvo y Ambrossi hicieron fue tomar el material disponible, leerlo con cuidado y animarse a imaginar. La obra teatral que Lorca acariciaba tenía a Carlos como protagonista, un joven de Granada que pretendía ser admitido en un casino y cuya suerte se decidía con una votación a base de bolas: si predominaban las negras, quedaba afuera. La excusa del rechazo era su homosexualidad, un detalle que el manuscrito conservado no llega a decir de manera explícita pero que el propio Lorca le había comentado en confianza al escritor y dramaturgo Cipriano Rivas Cherif.
A ese núcleo los directores le sumaron todo lo que pudieron rastrear: el elenco de personajes que el poeta había imaginado para la obra —hasta 36, entre familiares y amigos del protagonista—, las cartas que envió en aquellos años y los recuerdos de quienes escucharon de su boca cómo pensaba resolver las escenas siguientes. De ahí sale la conversación entre Carlos y su hermana que aparece en la película, uno de los pocos diálogos textuales que se conservan del manuscrito original y que funciona como una pequeña ventana a la escritura de Lorca.
- Una obra teatral inconclusa de Federico García Lorca, escrita en parte hacia 1932 y nunca terminada.
- Un manuscrito de cuatro páginas que se conserva junto con otros textos del poeta en un recinto blindado a 21 grados de temperatura.
- Un protagonista, Carlos, que busca ser admitido en un casino de Granada y queda definido por una votación con bolas blancas y negras.
- Hasta 36 personajes proyectados por Lorca, entre familiares y amigos del joven.
- Una interrupción histórica: el asesinato del poeta en 1936, cuando tenía 38 años, dejó la pieza sin final.
De La llamada a La bola negra: los pasos de una dupla que se anima a todo
No es la primera vez que Javier Calvo y Javier Ambrossi se meten en un jardín de estos. Antes de esta película ya habían firmado La llamada, La venus de las pieles y, sobre todo, esa rareza hermosísima que fue Las heridas del viento, donde se animaron a darle cuerpo a los amores imaginarios entre Federico García Lorca y Rafael Alberti. Conocen el truco y también el riesgo: tomar la obra de un autor venerado y completar lo que él no terminó puede ser leído como una herejía o como un homenaje, según la mano que lo haga. En este caso, la mano se nota: la película no pretende pasar por un texto lorquiano ni presenta su continuación como un final escrito por el poeta. Es, en todo caso, una versión posible, un escenario de entre tantos que la historia se guardó para siempre.
Voy a ser honesta: salí de la sala con esa sensación agridulce que dejan las películas que eligen habitar un vacío en lugar de llenarlo a cualquier precio. La bola negra no resuelve el misterio de lo que Lorca habría escrito, ni siquiera lo intenta, y justamente ahí está lo valioso. Hay un cuidado casi reverencial por no traicionar el tono, por no forzar un desenlace que no estaba escrito y por dejar que los cuatro folios originales respiren dentro de un relato más amplio que los contiene. Se permite la libertad de imaginar, sí, pero lo hace en el idioma del propio Lorca, con sus obsesiones, sus sombras y esa poética del rechazo que él conocía tan bien porque la padeció en carne propia. A mí, particularmente, me parece el modo más respetuoso de acercarse a un borrador interrumpido por la historia: no completar al poeta, sino acompañarlo hasta donde dejó de escribir.
