Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La mochila invisible: cuando los deseos de los padres se vuelven deuda en los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares, aun las expresadas con cariño, se graban como reproches y condicionan las decisiones de la vida adulta. La especialista propone revisar qué se siente como propio y qué llegó desde afuera.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 10 d
La mochila invisible: cuando los deseos de los padres se vuelven deuda en los hijos

Hay una escena que se repite en la mesa familiar de los domingos, esa tarde en que los platos todavía humean y alguien pregunta qué va a ser uno de su vida. Lo escuché en casa de mi tía, en Floresta, donde la vecina Mirta, mientras revolvía el guiso, me dijo bajito: 'Yo todavía le debo a mi viejo haber sido médica'. Tenía sesenta y tres años. Esa frase, que parece un recuerdo, funciona como un reproche que sigue latiendo, y es exactamente el tipo de mandato que la psicóloga Cynthia Wila (MN 47.812) desarma en su ensayo La culpa, publicado por Paidós.

Porque la culpa cotidiana, esa que aparece cada vez que alguien se siente mal por algo que hizo o dejó de hacer, tiene mucho de herencia familiar. Wila, a quien consulté para esta nota, sostiene que las expectativas de madres y padres pueden incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar. Cuando esas metas se trasladan a los hijos, aparece una demanda que resulta imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona.

Con o sin palabras hirientes, la carga se instala

La especialista advierte que no hacen falta gritos ni reproches explícitos para generar una mochila pesada. Un pedido expresado con cariño, con esa voz dulce que parece proteger, deja igualmente abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Para Wila, esa búsqueda constante de la mirada del otro puede provocar angustia y un sentimiento de culpa que no se apaga nunca.

Mirta, la vecina de mi tía, lo describe con la crudeza de quien carga con eso desde los ocho años. 'Mi viejo me llevaba a la biblioteca los sábados -me cuenta mientras seca una lágrima con el repasador- y yo leía los manuales de medicina que él me dejaba en la mesa. Cuando le dije que quería ser profesora de plástica, no me gritó. Se quedó callado, miró el plato y siguió comiendo. Esa tristeza silenciosa fue peor que cualquier grito.'

El planteo de Wila distingue, además, entre las normas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad, y los mandatos que restringen las elecciones personales. Según explica, algunas exigencias quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten. Así, decisiones tan simples como elegir una carrera, una pareja o un lugar para vivir pueden quedar condicionadas por ese temor a decepcionar.

Las voces que se graban y la propuesta de revisar

Estas presiones no desaparecen necesariamente al crecer. Wila sostiene que las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, como si el censor interno fuera siempre el padre o la madre que ya no está, o que sigue ahí pero callado. En la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera.

Frente a ese mecanismo, la especialista propone detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. Se trata, dice, de separar lo que genuinamente nos corresponde de lo que asumimos como deuda ajena.

  • Las normas que ayudan a convivir: límites a la agresividad, respeto por el otro, cuidado mutuo.
  • Los mandatos que restringen elecciones: repetir el proyecto inconcluso de un padre o una madre, elegir carrera, pareja o lugar de residencia según el deseo del otro.
  • La culpa útil: reconocer un error, hacerse cargo y reparar si es posible.
  • La culpa tóxica: el reproche permanente que sobrevive aunque ya no haya quien lo formule desde afuera.
  • El paso clave: distinguir responsabilidad por los propios actos del cuestionamiento sin fin sobre uno mismo.

Wila también aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona. Por eso describe recorridos individuales, atravesados por las palabras, los gestos y las situaciones vividas. No hay una receta universal, pero sí una invitación: revisar de dónde vienen los reproches que nos hacemos.

Vuelvo a la mesa de los domingos en Floresta, donde Mirta revuelve el guiso y se ríe, por primera vez en mucho tiempo, mientras le cuenta a mi tía que la semana pasada arrancó el taller de pintura que postergó durante cuatro décadas. 'Mi viejo ya no está -me dice con la cuchara de madera en la mano- y yo sigo acá, viva. Quiero empezar a hacer las cosas que me gustan antes de que sea tarde.' La culpa, como enseña Wila, no se borra con un click: se reconoce, se nombra y, recién entonces, se puede empezar a soltar.

SG

Te puede interesar