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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La montaña que cambió a Brad Pitt: una road movie espiritual por el techo del mundo

Repasamos la película de Jean-Jacques Annaud que llevó al actor a las alturas del Himalaya y a un encuentro inesperado con el Dalai Lama, en una historia de aventuras, cautiverio y transformación que también le dejó consecuencias geopolíticas.

Por Antonella FerrerCultura y espectáculos · · hace 23 d
La montaña que cambió a Brad Pitt: una road movie espiritual por el techo del mundo

Si uno cierra los ojos y se imagina la sala donde se vio por primera vez Siete años en el Tíbet, casi puede sentir el aire helado bajando desde la pantalla, ese rumor de viento que parece meterse en la butaca y el silencio reverente que suelen arrancar las películas de Jean-Jacques Annaud cuando decide filmar en lugares donde la naturaleza manda. Annaud es, para mí, un director que entiende como pocos el peso de los paisajes, y acá volvió a poner la cámara frente a una mole de hielo y piedra que no necesita luces para opacar a cualquier estrella de Hollywood. Y, sin embargo, Brad Pitt sostiene la película con un físico fibroso, una mirada algo perdida y un tono contenido que le calza como anillo al dedo a este Heinrich Harrer que arranca la historia con una decisión bastante discutible: dejar a su mujer embarazada en 1939 para irse a escalar el Himalaya.

Sí, leíste bien: en el arranque, el personaje se despide de su esposa, que está esperando un hijo, y se embarca rumbo a la montaña como si el mundo fuera solo suyo. Ese egoísmo algo inocente, casi de película vieja, funciona como combustible de arranque y, a la vez, como el punto más bajo desde el cual Harrer va a empezar a transformarse. Porque el plan se complica rápido: la Segunda Guerra Mundial revuelve el mapa y la expedición termina convertida en una larga temporada de cautiverio, que el relato aprovecha para correr al personaje del modo heroico al modo humano.

De prisionero a amigo del Dalai Lama

Después de años detenido, Harrer consigue escapar y su fuga lo lleva hasta el lugar donde vive el Dalai Lama. Ahí la película cambia de registro: de aventura alpina pasa a una historia de vínculo, de maestro y discípulo, de alguien que llega roto y termina encontrando otra forma de mirar el mundo. Para mí, ese tramo, donde Pitt comparte pantalla con el joven líder espiritual, es el corazón del filme y la zona donde mejor se nota el oficio de Annaud para filmar la interioridad sin aburrir.

Dos planos que se cruzan

  • El viaje físico: la expedición al Himalaya, el entrenamiento del grupo, la escalada frustrada.
  • El cautiverio: años detenido, la espera, el desgaste psicológico del protagonista.
  • La fuga y el encuentro: el recorrido hasta el Dalai Lama y la construcción de una amistad central.
  • El contexto histórico: los preparativos de China para avanzar sobre el Tíbet, que atraviesan la segunda mitad del relato.

Ese último punto es clave, porque Siete años en el Tíbet no se queda en la aventura individual: mientras Harrer va cambiando por dentro, afuera se va armando la tormenta política que terminaría cambiando la región para siempre. Annaud corre dos planos en paralelo y, aunque a veces el equilibrio entre aventura, amistad y geopolítica le queda algo desparejo, la película cumple con creces la promesa de mostrar a Pitt en un papel distinto, más callado, más permeable, lejos de la galerna que venía siendo su imagen de los noventa.

Las consecuencias fuera de la pantalla

Como si la película hubiera pisado callos demasiado sensibles, la historia tuvo un eco enorme en la vida real. En 1997, China les prohibió a las productoras vinculadas a Sony estrenar films en su territorio, una restricción que se mantuvo durante todo ese año, y tanto Brad Pitt como Jean-Jacques Annaud recibieron prohibiciones de ingreso que en principio eran para siempre. La movida habla del peso específico que tenía un film hollywoodense metiéndose con uno de los temas más sensibles de la geopolítica contemporánea.

Lo curioso es que esas puertas terminaron abriéndose con el tiempo: Annaud pudo entrar en 2012 y hasta filmó allí El último lobo, mientras que Pitt consiguió regresar en 2014. Es decir, la prohibición que parecía definitiva se fue ablandando, como si el paso de los años hubiera convertido a Siete años en el Tíbet de herramienta de tensión política en una pieza de archivo, en una postal de los años en que un astro pop podía encabezar una película seria sobre el techo del mundo sin que las redes sociales lo destrozaran. Y, honestamente, mirándola en perspectiva, la película sigue siendo una rareza en la carrera de Pitt y un lindo recordatorio de que Annaud, cuando se manda al Himalaya, todavía nos puede hacer sentir algo de esa vieja magia del cine grande.

AF
Antonella FerrerCultura y espectáculos

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