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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La palabra que se escapa: por qué a veces el término justo no aparece y qué hacer cuando la frecuencia preocupa

La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica los recursos cotidianos para retomar una idea y las señales que indican cuándo conviene hacer una consulta profesional. También describe el fenómeno conocido como punta de la lengua y por qué se vuelve más habitual con el paso de los años.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 19 d
La palabra que se escapa: por qué a veces el término justo no aparece y qué hacer cuando la frecuencia preocupa

Son las nueve de la mañana y en la cocina de un departamento de Villa Urquiza, María, de 52 años, sirve el café mientras le cuenta a su hija por teléfono la receta del día. De pronto se detiene: sabe qué ingrediente tiene que agregar, tiene la imagen clarísima en la cabeza, hasta puede dibujar mentalmente el tubérculo alargado y de piel marrón, pero el nombre se le resiste. Estira la mano, mira la verdura sobre la mesada y, después de unos segundos que se hacen eternos, lo encuentra: batata. Del otro lado de la línea, su hija se ríe y le dice que a ella le pasa lo mismo. María cuelga, pero la escena le deja una pregunta que muchos lectores de esta sección se hacen en silencio: ¿es normal que cada vez me cueste más dar con la palabra exacta, o algo está empezando a cambiar en mi cabeza?

Para responderla con seriedad, vale la pena detenerse en lo que cuenta Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, porque la especialista aclara de entrada que ese pequeño tropiezo tiene nombre técnico, es mucho más común de lo que parece y, en la mayoría de los casos, no reviste mayor gravedad.

Recursos simples para destrabar la conversación

Lo primero que recomienda Sánchez Salinas, cuando una palabra se niega a aparecer en medio de una charla, es no quedarse bloqueado ni forzar la búsqueda hasta generar un silencio incómodo. Hay, en cambio, varios caminos laterales para acercarse al término y seguir hablando:

  • Buscar un sinónimo que cumpla la misma función en la oración y permita retomar el hilo.
  • Describir aquello que se quiere nombrar: el objeto, su utilidad, su color, su forma.
  • Pensar en la letra con la que empieza la palabra, una pista que muchas veces dispara el resto.
  • Apelar a recuerdos asociados, como el contexto en el que se la suele usar.
  • Si el esfuerzo por encontrarla se vuelve obsesivo, soltarlo: a veces la palabra vuelve sola, minutos después, cuando uno deja de buscarla.

La especialista subraya que estas estrategias no son un truco de, sino que aprovechan la forma en que el cerebro guarda el vocabulario: conectado por significados, por sonidos y por contextos de uso. Activar una de esas vías, aunque la otra esté momentáneamente bloqueada, suele alcanzar para reanudar la conversación sin que el interlocutor perciba una pausa demasiado larga.

Ejercitarse todos los días, sin hacer de la lengua un examen

Para estimular la fluidez verbal de manera sostenida, Sánchez Salinas propone una rutina tan simple como exigente: conversar sobre temas que nos interesan, contar información con nuestras propias palabras y, sobre todo, escuchar de verdad lo que nos responden. Son actividades que obligan a recuperar conocimientos guardados, a ordenar ideas en tiempo real y a sostener la atención en el intercambio. Reducir las distracciones alrededor, especialmente el celular en la mesa o la televisión de fondo, ayuda a concentrarse y a no perder el hilo a mitad de una frase.

Cuándo la pausa deja de ser una pausa

La distinción importante, insiste la neuropsicóloga, es entre un episodio aislado y una dificultad que se repite y empieza a complicar la comunicación cotidiana. Sánchez Salinas recomienda consultar cuando se presenta alguna de estas situaciones:

  • Encontrar la palabra justa se vuelve un problema frecuente, casi una constante.
  • Aparecen confusiones al nombrar objetos habituales del día a día, como llamar tenésctur a algo que uno conoce perfectamente.
  • Cuesta cada vez más seguir una conversación, sobre todo cuando hay varias personas hablando a la vez.
  • Se producen cambios notorios en el habla que advierte la propia persona o que señalan familiares, amigos o compañeros de trabajo.

Frente a ese cuadro, una evaluación clínica y neuropsicológica puede contribuir a comprender qué está pasando y orientar tanto el diagnóstico como el tratamiento. El criterio profesional, aclara Sánchez Salinas, no es comparar con personas más jóvenes, sino observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba esa persona antes y si esa transformación interfiere de manera concreta en su vida cotidiana, en el trabajo, en la familia o en la vida social.

El fenómeno de tener la palabra en la punta de la lengua

¿Por qué ocurre esa pausa en la que el concepto parece claro pero su nombre no llega? La explicación que ofrece la especialista es bastante didáctica: acceder a una palabra requiere activar primero su significado, es decir, la idea de aquello que queremos nombrar, y después recuperar los sonidos que permiten pronunciarla. En el fenómeno conocido como punta de la lengua, ese segundo paso puede demorarse o interrumpirse por un momento, mientras el primero ya está plenamente disponible. Por eso la persona suele poder describir el objeto, señalar sus características o incluso decir con cuántos sonidos cuenta, pero no terminar de articularlo.

El fenómeno puede aparecer a cualquier edad, sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión social por responder rápido, por ejemplo, en una reunión de trabajo o en una entrevista. Con los años tiende a hacerse más frecuente, aunque, según aclara Sánchez Salinas, eso no implica necesariamente haber perdido la palabra: muchas veces surge minutos después, cuando cesa el esfuerzo obsesivo por encontrarla y uno vuelve a la escena inicial con la cabeza despejada. El envejecimiento tampoco modifica todas las capacidades del lenguaje por igual: puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, en especial los nombres propios o los sustantivos menos usados, mientras que la comprensión cotidiana, entender lo que nos cuentan y seguir el argumento de una película, suele conservarse en buen estado durante mucho tiempo.

María, en su cocina de Villa Urquiza, ya vertió el puré de batata sobre la salsa, probó, ajustó la sal y cortó un trozo para probar. Del otro lado de la línea, su hija le pregunta qué iba a cocinar mañana y María vuelve a sentir esa pequeña duda en la punta de la lengua. Esta vez, en lugar de forzarla, se ríe, describe el fruto amarillo y redondo, dice que empieza con la letra que su nieto aprendió esta semana en el jardín, y enseguida lo encuentra: mango. Cuelga, se sirve otro café y se queda pensando que, después de todo, la cabeza no le está fallando: simplemente está funcionando al ritmo de una vida que, a sus 52 años, todavía tiene muchas palabras por pronunciar.

SG

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