La "VTV del amor" y otras preguntas que Gabriel Rolón dejó flotando en el aire
El psicoanalista y escritor pasó por una entrevista con Luis Novaresio y propuso revisar los vínculos de pareja como quien lleva el auto al taller: mirar qué funciona, qué cruje y cuánto pesa el miedo a quedarse solo. También volvió sobre una idea que lo atraviesa hace años: que conseguir lo que se desea no siempre alcanza para apagar la falta.
Me acomodé en el sillón con el café a medio hacer y la pantalla encendida cuando escuché a Gabriel Rolón decir, con esa pausa que tienen los psicoanalistas cuando están por soltar una frase que saben que va a quedar dando vueltas varios días en la cabeza de quien la escucha, que a los vínculos de pareja habría que hacerles la VTV cada tanto. La Verificación Técnica Vehicular, sí, esa revisación periódica y obligatoria a la que obligan en algunos municipios y en otras provincias existe como un trámite tedioso al que muchos automovilistas llegan con la misma cara larga con la que uno suele postergar las conversaciones pendientes en la casa. La idea, claro, no fue hablar de autos ni de talleres mecánicos, sino de —perdón, quise decir: de los lazos sentimentales entre personas que se quieren o se quisieron alguna vez y que, por, hábito o resignación, siguen trabajando a la vez como si nada.
Rolón conversó con Luis Novaresio y dejó planteadas algunas preguntas incómodas que, lejos de resolverse en el aire del estudio, parece que están ahí para que cada uno se las lleve puesta al living de su casa. La primera, y tal vez la más filosa, tiene que ver con cuánto del sostenimiento cotidiano de un vínculo responde genuinamente al deseo de los que integran esa pareja y cuánto, en cambio, se sostiene en la rutina, en la comodidad de lo que ya se conoce o, directamente, en el miedo a quedarse a solas con uno mismo. Es una pregunta que parece sencilla y que sin embargo tiene la costumbre de provocarles un cortocircuito a más de uno, porque obliga a mirar de frente eso que muchas veces se prefiere barrer debajo de la alfombra del dormitorio.
La soledad que no se va ni con abrazo
En el barrio de Palermo, mientras escribo esta nota, me cruzo con Marcela, vecina de toda la vida, que me para en la vereda y me dice, con el tono de quien se lo quedó pensando el domingo a la tarde mientras lavaba los platos: "Yo al principio me enojé cuando lo escuché a Rolón, pero después caí en la cuenta de que tenía razón. Uno se queda porque tiene miedo, no porque le vaya mal del todo". Esa frase, que ella me dice sin saber que después la voy a usar,resume bastante bien lo que Rolón intentó poner en palabras: que la compañía de alguien querido ofrece una calma genuina, sí, pero que esa calma no borra toda la experiencia de soledad. Incluso un abrazo, dijo el psicoanalista, puede aliviar momentáneamente lo que una persona siente sin terminar de resolverlo del todo. Y esa es una idea que a muchos les cuesta digerir, porque uno quisiera que el abrazo ajeno tuviera el poder de cerrar todas las cuentas pendientes que uno carga desde antes.
El escritor también se detuvo en algo que ya es un clásico de sus intervenciones públicas y que cada vez que lo dice genera la misma incomodidad productiva: la distancia que existe entre alcanzar algo que se deseaba y dejar de sentir que algo falta. "El deseo te incomoda porque te señala la falta. Se desea lo que no se tiene", expresó en la entrevista. La frase,que parece escrita, puede sonar casi a trabalenguas filosófico, pero lo que está diciendo es bastante concreto: que el motor del deseo humano funciona por lo que no se tiene, no por lo que ya se conquistó. Y eso, llevado a la vida cotidiana, explica por qué conseguir ese puesto al que se postuló durante meses, o leer ese libro que tenía guardado en la mesa de luz desde hacía dos años, o tener ese hijo que costó tanto, no termina de apagar del todo esa sensación de que hay algo que sigue faltando en algún rincón.
Las preguntas que la nota deja sobre la mesa
- ¿Cuánto de la pareja que uno sostiene todos los días responde al deseo genuino de los dos y cuánto, en cambio, a la costumbre, a la comodidad o al miedo a estar solo?
- ¿Qué lugar ocupa hoy la conversación sobre el deseo, sobre la falta y sobre los límites del amor en los vínculos de pareja que se ven todos los días?
- ¿Hasta qué punto sirve revisar periódicamente un vínculo, como se revisa un auto en el taller, si uno no está dispuesto a escuchar lo que la revisión puede llegar a decir?
- ¿Por qué cuesta tanto aceptar que la compañía de alguien querido no borra del todo la experiencia de soledad, incluso cuando hay abrazo de por medio?
Vuelvo al sillón, ahora con el café ya frío y la pantalla que sigue encendida con la entrevista dando vueltas en mi cabeza, y me quedo pensando en lo que dijo Rolón sobre los afectos y su carácter no permanente. Hay algo casi de sentido común en eso de que la vida y los amores no son para siempre, pero decirlo en voz alta, en un programa de televisión, frente a un conductor que sabe preguntar, tiene otro peso. Es como cuando uno escucha a un mecánico de confianza, de esos que ya conocen el motor del auto de uno desde hace años, decirle con cara seria: "Mirá, esto anda, pero no sé hasta cuándo". Uno sale del taller manejando más despacio, mirando el tablero con otros ojos, y con la sospecha de que la próxima revisación, la próxima conversación pendiente, la próxima VTV del vínculo, en algún momento va a llegar. Y que cuando llegue, no va a ser tan fácil mirar para otro lado como uno suele hacer.
