Le pone el celular en la cabeza, corta verduras y le pagan: el trabajo oculto que enseña a los robots a barrer tu casa
Divya, una mujer del distrito indio de Karur, filma hasta cuatro horas por jornada de tareas domésticas para entrenar sistemas de inteligencia artificial. Solo le aprueban algo más de la mitad del material y, aun así, el ingreso le cambió la economía cotidiana.
¿Te imaginabas que para que un robot aprenda a limpiar tu cocina hacía falta alguien filmando con un celular atado en la frente? Parece un chiste, pero es un trabajo real. Y, como casi siempre pasa con la inteligencia artificial, la mano de obra está lejos de las luces de Silicon Valley.
Divya vive en Karur, un distrito del sur de la India, y se gana unos pesos registrando sus tareas del hogar con un teléfono sujeto a la cabeza. Corta verduras, limpia, ordena. La cámara capta todo desde la perspectiva de sus ojos y después esos videos terminan sirviendo para entrenar robots que algún día prometen hacer lo mismo que ella, pero sin quejarse.
¿Por qué un robot necesita ver a una persona cortando una zanahoria?
Para que un sistema con inteligencia artificial se maneje en una casa no alcanza con programarlo paso a paso como si fuera una receta de cocina. Necesita ver cómo un humano manipula los objetos, cuánta fuerza aplica, qué recorrido hace la mano. Esos videos se vuelven ejemplos para que la máquina aprenda patrones y después adapte sus movimientos a cocinas y living rooms reales, donde nada está siempre en el mismo lugar.
¿Cuánto se filma y cuánto se aprueba?
Acá aparece el dato clave que la nota original deja flotando y que vale poner en números. Cuando Divya se pone a grabar, trabaja cuatro horas. De esas cuatro, le aprueban entre dos y dos horas y media de material. El resto, a la basura. O sea: más o menos la mitad del esfuerzo se pierde en el filtro de calidad.
“Si normalmente me toma 30 minutos cortar verduras, este trabajo me toma una hora cuando tengo que grabarlo en video.”Divya, trabajadora india que filma tareas domésticas para entrenar robots
Lo de Divya también mueve el amperímetro en lo doméstico. Antes dependía de su marido hasta para recargar el saldo del celular, una situación que en la Argentina de clase media baja suena archi familiar. Hoy paga ella misma la recarga y se hace alguna compra con lo que junta grabando. No es un sueldo que te cambie la vida, pero le sacó la necesidad de pedir.
La moraleja es bastante clara: cada vez que ves un robot prometiendo hacer las tareas del hogar, hay una persona como Divya del otro lado del mundo poniendo el cuerpo y la cabeza, literalmente, para que la máquina aprenda. Veremos cuánto tarda el ecosistema en regular estas condiciones laborales y cuánto tardan las grandes empresas en blanquear que, sin estas grabaciones, sus algoritmos de IA no mueven un dedo en una cocina real.
