Los hijos del 11-S que heredaron un trauma que nunca vieron
Una investigación de Columbia siguió durante veinticinco años a 270 hijos adultos de rescatistas y encontró que más del veinte por ciento desarrolla depresión y una cuarta parte atraviesa trastornos de ansiedad, sin haber estado jamás en la zona cero.
Huelen a café y a tostada quemada las mañanas de domingo en la casa de los Alvarado, en el barrio de Once, pero a Sofía Alvarado, de treinta y dos años, siempre le cuesta arrancar el día. No por sueño, aclara ella mientras ordena la mesa: por esa sensación de fondo, esa angustia que no sabe ubicar y que, según supo hace poco, podría tener un origen bastante preciso. Su padre, Daniel, fue bombero voluntario en el bajo Manhattan durante las primeras semanas posteriores a los atentados del once de septiembre de dos mil uno y volvió a la Argentina con un trastorno de estrés postraumático que nunca terminó de tratar. Sofía tenía menos de un año cuando ocurrieron los hechos, así que no vio caer las Torres Gemelas ni el polvo gris que cubrió las calles de Nueva York. Sin embargo, creció en un hogar atravesado por las consecuencias.
Ahora, un estudio publicado en la revista PLOS Mental Health por un equipo del Columbia University Irving Medical Center, en Estados Unidos, pone en cifras lo que Sofía describe: el trauma de los padres que respondieron a la emergencia del once de septiembre se transmitió a sus hijos aunque estos no hayan presenciado los ataques. La investigación siguió a doscientos setenta hijos adultos, provenientes de ciento setenta y seis familias de rescatistas y trabajadores de recuperación que habían sido diagnosticados con trastorno de estrés postraumático poco después de los atentados.
Los números detrás del legado
Los hallazgos principales del estudio
- Más del veinte por ciento de los hijos adultos evaluados presenta depresión en la actualidad.
- Algo más de una cuarta parte sufre algún trastorno de ansiedad.
- El patrón dominante en la descendencia no es el trastorno de estrés postraumático, sino la depresión y la ansiedad, cuadros más asociados a la exposición sostenida al estado emocional de un progenitor.
- El riesgo aumenta cuando el padre o la madre llegó temprano a la zona del desastre, permaneció más tiempo durante los primeros veinte días o estuvo expuesto a restos humanos.
- La depresión actual de los padres se asocia con mayor probabilidad de depresión en los hijos, mientras que el trastorno de estrés postraumático vigente en los progenitores se vincula con más estrés postraumático, más pánico y más depresión en la descendencia.
Todos los participantes tenían menos de dieciocho años cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas y hoy son adultos que cargan con un peso que, en muchos casos, ni siquiera sabían que tenían nombre. La profesora Yael Cycowicz, autora principal del estudio, explicó que los hijos no presenciaron directamente la destrucción pero crecieron en hogares donde el miedo, la ansiedad, la desconfianza y la preocupación se filtraban sin necesidad de palabras. "No tenían que hablar de eso, pero en su conducta comunicaban de algún modo su miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación", señaló la investigadora. Según Cycowicz, ese mecanismo de transmisión indirecta explica por qué el patrón dominante en los hijos no es el trastorno de estrés postraumático sino la depresión y la ansiedad, que son más coherentes con la exposición prolongada al estado mental de un padre o una madre.
El estudio también midió el peso de la relación cotidiana entre padres e hijos y encontró que los vínculos más negativos se asocian con más síntomas depresivos y con trastorno por consumo de alcohol en los hijos, mientras que una menor calidez en el trato se relaciona con más ansiedad. El apoyo social, en cambio, opera como un amortiguador: mejores redes de contención se corresponden con menos sufrimiento en la descendencia. La conclusión de las investigadoras es que los tratamientos de salud mental para los trabajadores del once de septiembre deberían incluir a toda la familia, porque las heridas de aquellos ataques siguen abiertas veinticinco años después, incluso en personas que jamás pisaron la zona cero.
Sofía Alvarado escucha los números por teléfono y asiente despacio, con ese gesto que ya es costumbre cuando alguien le pone nombre a lo que siente. Me cuenta que su padre nunca le habló del once de septiembre con detalle, que en casa no había fotos ni relatos, y sin embargo ella pasó la adolescencia con ataques de pánico que ningún médico lograba explicar. El café se enfría sobre la mesa de los Alvarado mientras Daniel, desde el sillón del fondo, mira por la ventana sin saber que la ciencia acaba de confirmar, en cifras, lo que esa mesa familiar viene sospechando desde hace años: que hay tragedias que se heredan sin haberlas vivido.
