Los robots ya ganan la pulseada en la web: cuando la inteligencia artificial se come el negocio de los medios sin pagar el alquiler
El tráfico automatizado de los agentes de inteligencia artificial superó al de los usuarios humanos y rompe el acuerdo histórico que sostenía al periodismo digital: los sitios producen información, los bots la chupan, y a nadie le queda un peso.
¿A quién le vamos a cobrar la nota, a ChatGPT? El mundo del contenido digital venía funcionando con un pacto de buena convivencia que nadie firmó en un papel pero todos respetaban. Los buscadores de internet, esos grandes indexadores como Google (sí, el que usás para ver si el colectivo de la línea 3 ya pasó), rastreaban millones de páginas y, a cambio, mandaban lectores hacia los sitios. Lectores que hacían clic en avisos, que se suscribían al diario online, que dejaban aunque sea dos pesos en publicidad.
Ese arreglo implícito se rompió como un plato en la pileta. Hoy los modelos de inteligencia artificial recorren páginas a una velocidad que haría palidecer al mismísimo Guillermo Francella leyendo el guion de una película: millones de sitios, miles de consultas por segundo, y todo resuelto sin que un solo ser humano visite la fuente original. El contenido se consume, pero el intercambio económico que lo financiaba desaparece en el aire.
¿Y cómo llegamos hasta acá?
La cosa va más allá de los bots de siempre. No estamos hablando del script que te llena los comentarios de una nota con publicidad de suplementos dietarios. Los agentes de IA son otra liga. Son más numerosos que los visitantes humanos, ejecutan múltiples tareas en paralelo y lo hacen en fracciones del tiempo que le llevaría a una persona. Generan volúmenes de datos que los analistas empiezan a llamar la internet doble: una capa para usuarios y otra capa, invisible, donde las máquinas operan de manera autónoma y permanente.
Para los que producen contenido el daño es directo. Un agente no hace clic en un aviso publicitario (CPM, o sea, costo por mil impresiones, por si te preguntás qué significa esa sigla), no completa un formulario de suscripción ni genera una impresión facturable. Nada de nada. Los diarios son un caso testigo: su valor para los modelos es enorme porque están escritos por periodistas que manejan el idioma con oficio y porque publican datos de actualidad que los modelos de entrenamiento no pueden conseguir en otro lado.
¿Y la solución, viene en camino o seguimos remando en dulce de leche?
Mientras tanto, los medios argentinos seguimos produciendo notas con poca changuita, en un escenario donde el que escribe la información es el último en la cadena de cobro. La pregunta del millón, como siempre en estos casos, es si los gobiernos van a moverse antes de que la gallina se haya comido todo el maíz del gallinero. Veremos.
