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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Manu Fanego revive la herencia de su padre: golpear las tablas antes de cada función

A dos años de la muerte de Daniel Fanego, su hijo repasó recuerdos de infancia, una experiencia teatral compartida y la costumbre que mantiene viva en cada escenario

Por Antonella FerrerCultura y espectáculos · · hace 26 d
Manu Fanego revive la herencia de su padre: golpear las tablas antes de cada función

Hay algo que se siente cuando uno se para detrás del telón y todavía no sale a escena: ese silencio raro, cargado, que parece empujarte para adelante. En ese momento, antes de que las luces bañen el escenario y el público empiece a acomodarse en la butaca, Manu Fanego golpea las tablas con los nudillos. Es un gesto pequeño, casi íntimo, que aprendió mirando a su viejo y que hoy, a dos años exactos de la muerte de Daniel Fanego, se convirtió en una manera de tenerlo cerca cada vez que le toca actuar.

El actor decidió abrir ese álbum íntimo en sus redes sociales para rendirle homenaje a su padre, fallecido el 19 de septiembre de 2024 a los 69 años, y lo hizo a su manera: con fotos de familia, con recuerdos de infancia y con esa costumbre que cruza generaciones. "Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá", escribió junto a las imágenes, y anunció que ese mismo día almorzaría con su hermana Camila para recordarlo juntos.

El cruce generacional en un mismo escenario

Padre e hijo no compartieron solamente la mesa familiar y las vacaciones en la costa: también se cruzaron alguna vez arriba de un escenario, y ese cruce sigue siendo uno de los recuerdos más fuertes que Manu atesora. Fue en 2012, dentro del ciclo Teatro por la Identidad, cuando ambos formaron parte de "El vuelo del Cóndor", una obra en la que les tocó interpretar distintas etapas de la vida del actor Pablo Podestá. Tiempo después, en una publicación por el Día del Padre, Manu describió aquella experiencia como algo único, irrepetible, de esas cosas que solo pasan una vez en la vida y que quedan guardadas para siempre.

Los recuerdos del álbum

  • Un abrazo entrañable de Daniel con Manu cuando todavía era chico, de esos que parecen protegerlo del mundo entero.
  • Una imagen del propio Manu ya grande, con sus hijos, repitiendo ese mismo gesto de dar abrazo que él recibió de chico.
  • Una foto de padre e hijo juntos frente al mar, con esa luz que tienen las vacaciones de verano en la costa argentina.
  • Un retrato tomado poco antes del fallecimiento, donde se ve a Daniel en una de sus últimas etapas, con la mirada serena de quien sabe que dejó huella.
  • Una foto escolar del Día de la Bandera, en la que se nota la complicidad: Daniel ayudándolo a preparar el personaje, practicando el texto y resolviendo juntos la caracterización. Para las canas y los bigotes postizos usaron talco, y Manu todavía recuerda el olor penetrante del mastik, ese adhesivo que se usa en el maquillaje teatral para que las pelucas y los accesorios queden firmes sobre la piel.

Esas imágenes recorren la vida entera: la infancia, la juventud, la adultez y los últimos días. Y en todas aparece una constante, que es la presencia de Daniel como guía, ya sea enseñándole a disfrazarse para un acto escolar o mostrándole, sin palabras, cómo pararse frente a un escenario.

Una trayectoria que va del marginal al ángel

Daniel Fanego construyó a lo largo de décadas una de las trayectorias más sólidas del espectáculo argentino, con papeles que quedaron grabados en la memoria colectiva. Trabajó en teatro, cine y televisión, y entre sus títulos más recordados aparecen El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel. Esa diversidad de registros, que iba del drama más crudo a la comedia más popular, es parte de lo que Manu quiere mantener viva cuando golpea las tablas antes de cada función: el oficio de un actor que nunca dejó de aprender y de reinventarse.

“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego

Yo creo que hay algo profundamente humano en todo esto, y me cuesta no emocionarme al contarlo. Manu no escribió un discurso grandilocuente ni subió un video producido: abrió la puerta de su casa, mostró las fotos que tenía en la mesa y dejó que cada imagen hablara por él. En un tiempo donde muchas veces el homenaje se vuelve ruido y marketing, él eligió el camino contrario: volver a esos recuerdos simples, de talco en la cara y de nudillos golpeando la madera del escenario, que son los que realmente terminan definiendo a un padre. Por eso me parece que este gesto vale más que cualquier tapa de revista: es la prueba de que la herencia más importante que un actor puede dejar no son los premios ni los títulos, sino esos hábitos que se transmiten sin que nadie se dé cuenta y que después viven en el cuerpo de los hijos, en cada función, en cada golpe sobre las tablas.

AF
Antonella FerrerCultura y espectáculos

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