Pipa, el balneario brasileño que los surfistas descubrieron y hoy suma once playas con delfines y acantilados rojos
En el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil, el pueblo creció sin perder escala humana y se convirtió en una alternativa distinta a los destinos de playa más masivos del país vecino. Desde Buenos Aires se accede por vuelo directo a Natal y luego por una hora y media de camino.
La costa nordestina de Brasil guarda un pueblo cuyo nombre se lo dieron los portugueses que llegaron en el siglo XVII y vieron, desde sus embarcaciones, un acantilado con forma curva que les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus barcos. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. Con los siglos, la palabra quedó como denominación del lugar, y el lugar creció despacio hasta convertirse en uno de los balnearios más singulares del estado de Río Grande del Norte.
Durante décadas, Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores. En los años ochenta, un puñado de surfistas la descubrió, el rumor se extendió por el litoral y el pueblo empezó a transformarse sin perder del todo la escala humana que hoy lo distingue de otros destinos playeros del Brasil. Hoy, sobre el litoral, se concentran once playas distintas, cada una con un perfil propio: desde olas fuertes y paredes rocosas hasta pozas naturales que aparecen con la bajante y tramos de arena donde los delfines se acercan a comer cerca de la orilla.
Las once playas de Pipa, en detalle
- Praia do Amor, la más fotografiada, debe su nombre a la silueta de corazón que dibuja vista desde lo alto del acantilado. El oleaje ahí es más intenso que en el resto y es la preferida por quienes practican surf. Se llega por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.
- Praia do Centro es la versión más calma: aguas calmas, pozas naturales que afloran con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen trabajando junto a los turistas.
- Baía dos Golfinhos, donde los delfines se acercan a la costa a alimentarse y se los puede ver sin necesidad de contratar excursión ni guía.
- Al cruzar en balsa hacia Tibau do Sul se accede a otro paisaje: dunas extensas, cajueiros entre médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim.
El acceso desde Buenos Aires es directo hasta Natal y el viaje por tierra hasta el pueblo insume alrededor de una hora y media en auto. En materia de alojamiento, los precios arrancan en los 50 dólares la noche en opciones más sencillas y trepan hasta los 400 en temporada alta. Para recorrer el otro tramo de costa, el paseo en buggy por el litoral hacia Tibau do Sul parte desde los 85 dólares por vehículo (hasta cuatro personas) y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de 110 dólares; el ferry, en tanto, suma unos 2 dólares por persona.
La gastronomía local tiene su propio ritmo y eso conviene saberlo antes de sentarse a esperar menú: la mayoría de los locales abre recién a media tarde, reservando la mañana para el mar. La avenida Baía dos Golfinhos se transforma entonces en mesas al aire libre y música en vivo. El plato de referencia de la cocina potiguar, como se denomina a la del Río Grande del Norte, es la moqueca: un guiso de pescado de preparación pausada que se sirve en olla de barro, con leche de coco, dendê y un punto de pimentón, y que condensa bien el carácter del nordeste brasileño.
“Lo que distingue a Pipa no es solo el número de playas sino que se pueda pasar de un paredón con oleaje fuerte a una bahía de agua calma donde los delfines se acercan a la costa, todo en el mismo pueblo.”Milagros Correa, Ambiente y ríos
