Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que dicen dos expertos del CONICET
El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin explican los mecanismos que mantienen la atención pendiente del teléfono, incluso cuando nadie llamó. Ansiedad, FOMO y el costo de estar siempre disponibles.
El domingo a la tarde, en el living de una casa de Villa Urquiza, el aparato de Javier, 48 años, vibró sobre la mesa ratona mientras su hija de quince le contaba cómo le había ido en el cumpleaños del sábado. Él lo levantó, miró la pantalla —no había nada— y volvió a dejarlo. La chica se cruzó de brazos: «Papá, te avisé diez veces que no me escuchás cuando estás así». Javier se quedó en silencio un segundo largo. Tiene razón: estuvo pendiente del teléfono cuando el teléfono no le estaba diciendo nada.
Esa escena mínima —el celular que parece sonar y no suena, el mensaje que parece llegar y no llega— tiene nombre y, sobre todo, tiene explicación. La dieron dos investigadores del CONICET, el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, en el libro (Des)Conectados, donde recorren los mecanismos que vuelven al teléfono un imán aun cuando lo dejamos boca abajo sobre la mesa.
La expectativa que enciende el cerebro
Para Ballarini, la clave está en que el cerebro aprende que después del estímulo viene una recompensa —un mensaje, una mención, una respuesta— y se queda en alerta aunque no haya nada nuevo. Por eso, dijo el neurocientífico, un roce de la ropa o un ruido cercano se interpretan como una señal del aparato. «El cerebro está esperando algo y fabrica la sensación de que llegó», resumió. Bonnin, desde la lingüística, lo pensó como un cambio en los hábitos de atención: cuando el teléfono pasa a ser el lugar donde pasan las conversaciones, dejar de mirarlo deja de vivirse como una pausa y empieza a vivirse como una ausencia.
FOMO: el miedo a quedar afuera
En el libro aparece una sigla que ya circula entre padres y docentes: FOMO, por fear of missing out, el miedo a quedarse afuera de algo. Los autores lo describen como la preocupación constante por perderse una conversación, un plan o una novedad. En los adolescentes, dijeron, esa sensación puede leerse como una forma de exclusión del grupo, porque buena parte de la vida social ocurre en chats que se mueven a una velocidad que no avisa.
Lo que se gana y lo que se pierde
- Estar pendiente de las novedades digitales consume recursos cognitivos: los autores relacionan un mayor FOMO con un menor rendimiento de la memoria y la atención.
- Las llamadas notificaciones fantasma, cuando uno cree que el teléfono vibró y no vibró, muestran que la espera puede sostenerse sin que haya una alerta real.
- Dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta: para muchos, se parece más a alejarse, por un rato, de un espacio de encuentro.
- Reconocer la dependencia no pasa solo por contar desbloqueos de pantalla, sino por advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un mensaje.
Ballarini y Bonnin ubican estos hábitos en un cambio cultural más amplio: las pantallas pasaron a alojar conversaciones, vínculos y actividades que antes se repartían entre el encuentro cara a cara y la sobremesa. Por eso, plantearon, la pregunta no es cuánto tiempo se usa el teléfono, sino cuánto espacio ocupa en la atención cuando no lo estamos mirando.
En la casa de Villa Urquiza, Javier terminó la conversación con su hija, guardó el celular en un cajón y le preguntó qué canción habían puesto en el cumple. La chica levantó las cejas, como diciendo «ahora sí». Del cajón no salió ningún sonido en toda la tarde, y eso fue, para los dos, una buena señal.
