Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Sentirse solo pesa más en los años sin enfermedad que estar aislados

Un estudio con más de 277.000 personas del Biobanco del Reino Unido encontró diferencias de hasta 5,8 años en la expectativa de vida saludable entre quienes atravesaban soledad y quienes sufrían aislamiento social. Los hábitos saludables amortiguaron parte del impacto, pero no borraron el peso de sentirse solos.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 20 d
Sentirse solo pesa más en los años sin enfermedad que estar aislados

Son las ocho de la mañana en una plaza del barrio de Belgrano y María Laura, jubilada de 63 años, termina de acomodar la bolsa con el pan que le sobra cada semana para alimentar a las palomas. Mientras espanta a una de ellas con la punta del bastón, me cuenta que hace tres años se quedó viuda y que, desde entonces, elige venir temprano porque el quiosco de la esquina le abre la persiana y el muchacho le pregunta cómo pasó la noche. "Yo no vivo encerrada, tengo hijos y amigas, pero hay un hueco que no se llena con visitas", dice María Laura mientras una brisa fría le mueve el pelo canoso y el aroma a yerba mate del termo de algún paseante se mezcla con el olor húmedo del pasto recién cortado. Esa sensación, la del hueco que no se llena aunque haya gente alrededor, es justamente lo que los investigadores acaban de poner bajo la lupa: la diferencia entre estar aislado y sentirse solo.

Dos condiciones distintas, dos pesos distintos

El aislamiento social y la soledad no son sinónimos. El primero se mide en cantidad: pocas relaciones, poco contacto, reuniones espaciadas en el calendario. La segunda se mide en calidad: es el malestar por la falta de un vínculo significativo, de alguien con quien sentirse escuchado o comprendido. Un vecino del barrio de San Telmo, Carlos, me lo resumió mientras esperaba el colectivo en la parada de la avenida San Juan: "Yo paso todo el día en el taller rodeado de clientes y igual hay noches en que me siento como un náufrago". Esa frase, tan cotidiana, describe lo que el equipo de la Universidad de Tulane quiso traducir a números.

La investigación, difundida el 22 de septiembre de 2026, siguió durante años a más de 277.000 personas de entre 40 y 69 años que participaban del Biobanco del Reino Unido. Al momento de ingresar al estudio, ninguna de ellas padecía las siete condiciones que los autores decidieron vigilar: diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. Para proyectar cuántos años podían esperar vivir sin esos diagnósticos, el equipo tomó como referencia los 50 años de edad.

  • Mujeres con soledad y aislamiento social: 2,4 años menos de vida sin problemas físicos y 3,7 años menos sin problemas de salud mental.
  • Hombres en la misma situación: 1,7 años menos de vida saludable física y 5,8 años menos de vida saludable mental.
  • Los hábitos saludables (alimentación, ejercicio, sueño reparador, no fumar) atenuaron las pérdidas asociadas al aislamiento, pero no modificaron de manera significativa las vinculadas a la soledad.

Las cifras más llamativas aparecieron del lado de la salud mental de los hombres, donde la brecha llegó a los 5,8 años. Lu Qi, investigador principal del trabajo, destacó que los hallazgos atraviesan tanto el cuerpo como la cabeza, y aclaró que el cálculo no mide años de vida perdidos en términos absolutos, sino años libres de las enfermedades específicamente estudiadas.

Por qué los hábitos no alcanzan frente a la soledad

El estudio introdujo una distinción que resulta clave para entender por qué la prevención clásica no termina de cerrar la herida. Comer bien, moverse, dormir las horas necesarias y no fumar amortiguaron buena parte del daño ligado al aislamiento social, probablemente porque el contacto —incluso mínimo— suele asociarse con más actividad, más cuidados mutuos y más motivos para sostener rutinas. En cambio, frente a la soledad esas mismas conductas no lograron una reducción significativa del riesgo. La explicación que manejan los autores es que la soledad arrastra mecanismos fisiológicos y emocionales propios, como el estrés crónico o la inflamación sostenida, que no se resuelven solamente con una dieta ordenada.

Vuelvo a la plaza de Belgrano, donde María Laura ya se despidió del muchacho del quiosco y camina lentamente hacia su casa con la bolsa de las palomas otra vez liviana. Antes de cruzar la calle me mira y agrega, con la voz de quien aprendió a ponerle nombre a lo que le pasa: "Yo sé que tengo que cuidarme, y me cuido. Pero lo que me salva las mañanas es que alguien me pregunte cómo dormí". Para esta investigación, esa pequeña diferencia entre cantidad de contactos y profundidad de los vínculos pesa, literalmente, en los años de vida saludable que cada uno puede esperar.

SG

Te puede interesar