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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Un palacio del rey João V se reinventa como hotel del vino en el corazón de Lisboa

El Palácio Ludovice, edificado en 1747 y refaccionado durante más de una década, abrió en 2022 frente al mirador de São Pedro de Alcântara con 61 habitaciones, bodega, tienda y spa en la encrucijada de Chiado, Bairro Alto y Príncipe Real.

Por Milagros CorreaAmbiente y ríos · · hace 14 d
Un palacio del rey João V se reinventa como hotel del vino en el corazón de Lisboa

En la cuesta que separa Chiado de Bairro Alto, donde las calles de Lisboa todavía conservan la pendiente que las inundaciones y los temblores nunca terminaron de borrar, se levanta un edificio de piedra construido en 1747 por João Frederico Ludovice, un orfebre alemán que terminó convertido en arquitecto del rey João V y que dejó su marca en una de las ciudades más asediadas por la historia de Europa. Se trata del Palácio Ludovice, que desde 2022 funciona como hotel temático dedicado al vino portugués y que, según reconstruyó este portal a partir de fuentes del establecimiento y de guías locales, atravesó más de diez años de restauración antes de recibir a sus primeros huéspedes en un sector que también ofrece al visitante la posibilidad de observar la ciudad desde sus miradores, recorrer sus iglesias y detenerse en sus jardines sin tomar más que un tranvía o, directamente, caminando.

El palacio, conviene recordarlo, sobrevivió al terremoto de 1755, el mismo sacudón que arrasó la Baixa y que obligó a reconstruirla con calles en cuadrícula, una decisión urbanística que puede advertirse todavía desde el Miradouro de São Pedro de Alcântara, el balcón que queda justo frente al hotel y desde donde se obtiene una de las postales más completas del casco histórico, con el castillo de São Jorge recortado contra el río Tajo y la explanada del centro reconstruido extendiéndose hacia la margen opuesta.

Un recorrido a pie que empieza en una iglesia y termina en un cedro

Para armar la caminata, los guías consultados sugieren arrancar cuesta abajo por la Igreja de São Roque, cuya fachada austera esconde una de las sorpresas mejor guardadas de Lisboa: una capilla encargada por el rey João V en Roma y enviada por piezas a la capital portuguesa, un trabajo de orfebrería arquitectónica que atraviesa el Atlántico en cajones numerados y que, una vez ensamblado, dejó boquiabiertos a los contemporáneos del monarca portugués. Más adelante, al asomarse a Chiado, aparece el Convento do Carmo, cuyas ruinas sin techo conservan las huellas indelebles del terremoto de 1755 y funcionan como una advertencia a cielo abierto sobre la fuerza con que la naturaleza puede torcerle el rumbo a una capital entera.

La caminata puede continuar por la Rua Dom Pedro V hacia el jardín de Príncipe Real, un parque de bolsillo donde crecen un cedro monumental y varios cafés de barrio que resisten el embate de la gentrificación, mientras que para el cierre nocturno los bares y las pequeñas tabernas con fado de Bairro Alto ofrecen un escenario donde la nostalgia todavía se cobra en copas de vinho verde y en guitarras portuguesas afinadas a la antigua.

Vino, restauración y un spa bajo los techos del rey

El edificio, cuya fachada mira al mirador como quien espía el paisaje que alguna vez le perteneció a la corona portuguesa, fue residencia aristocrática, consulado y sede del Solar do Vinho do Porto antes de transformarse en hotel, un recorrido institucional que refleja la larga vida útil que suelen tener las construcciones de la Lisboa monárquica. La refacción, que demandó más de diez años de obras, estuvo a cargo del diseñador Miguel Câncio Martins, conocido por otros encargos hoteleros en la capital, y se completó en 2022 con 61 habitaciones decoradas con referencias a la historia del vino en Portugal.

Según pudo saber este medio, cada tarde los huéspedes reciben en su habitación una copa y algo para picar, una rutina que apunta a instalar la cultura del vinho do Porto y del Douro en el centro de la experiencia turística, en tanto que el restaurante Federico combina cocina portuguesa contemporánea con influencia francesa y se apoya en la bodega del propio hotel, donde funcionan también la tienda del Instituto dos Vinhos do Douro e do Porto y un spa que, según el material promocional, aprovecha los muros centenarios para ofrecer tratamientos asociados a la vid y al terruño.

  • Miradouro de São Pedro de Alcântara, frente al hotel, para una vista completa de la Baixa y del castillo de São Jorge.
  • Igreja de São Roque y su capilla encargada por João V en Roma y ensamblada en Lisboa.
  • Convento do Carmo, con sus ruinas sin techo que recuerdan el terremoto de 1755.
  • Jardín de Príncipe Real, con su cedro histórico y cafés tradicionales.
  • Bairro Alto al caer la tarde, con sus tabernas de fado y vinho verde.
  • Excursión al palacio-convento de Mafra, otra obra de Ludovice, a unos 40 minutos de la ciudad.

Desde Buenos Aires, las alternativas de llegada a Lisboa descriptas por el sector turístico incluyen una escala en Brasil o en ciudades europeas como Madrid, París, Frankfurt y Ámsterdam, un dato que vuelve a poner sobre la mesa la dependencia argentina de las conexiones intercontinentales y la necesidad, todavía incumplida, de discutir rutas directas que acorten los tiempos de viaje y abaraten los pasajes para que un palacio como el Ludovice deje de ser una excepción reservada a unos pocos y se convierta en una parada accesible para el turismo regional, que es, al fin de cuentas, lo que falta hacer para que la memoria de João Frederico Ludovice y del vinho português deje de ser patrimonio exclusivo de quienes pueden pagarlo en euros.

MC
Milagros CorreaAmbiente y ríos

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