Una cadena francesa de campings se instala en las 55 hectáreas de pinos de Mar Azul y promete pernoctar en el bosque sin señal de celular
Huttopia abrirá el 4 de diciembre su primer camping en América Latina sobre un predio forestado del partido de Villa Gesell. Ofrece parcelas, carpas equipadas, gastronomía acotada y wifi restringido a propósito. Las tarifas empiezan en 36.000 pesos por noche y la empresa ya proyecta desembarcar en cuatro parques nacionales antes de 2030.
La cota del río no es lo que amenaza a Mar Azul estas horas, pero la noticia económica del verano en la costa atlántica bonaerense empieza a escribirse sobre las 55 hectáreas de pinos que separan al pueblo del mar. Ahí, en ese cordón forestal del partido de Villa Gesell que se llena de aroma a resina cuando sube la temperatura, la francesa Huttopia terminó de montar el primer camping de lujo de su historia latinoamericana y confirmó que la apertura será el próximo 4 de diciembre, con una primera temporada que se estirará, sin interrupciones, hasta el 2 de mayo de 2027. Funcionará de manera estacional, entre octubre y abril, replicando el modelo europeo que la compañía viene ensayando desde 1999 en Lyon y que hoy la lleva a operar cerca de doscientos campings distribuidos en nueve países de Europa y de América del Norte.
El emprendimiento se apoya sobre un dato que la empresa no oculta y que la prensa especializada suele repetir con fruición: de las 55 hectáreas totales del predio, apenas 20 quedarán efectivamente habilitadas para el alojamiento turístico, de manera que el resto se conservará como bosque y como amortiguador ambiental, una decisión que el grupo presenta como una manera de entender el turismo de naturaleza y que en Mar Azul se traduce en árboles que seguirán creciendo por encima de las carpas, senderos de hojarasca que se pisan descalzos y un dosel de pinos que, otra vez, se llenará de resina en enero.
Parcelas, motorhomes y carpas con sommelier de bosque
- 240 parcelas, divididas en categorías que van desde una opción básica hasta variantes con electricidad, parrilla individual y mesa de picnic, con un tarifario que arranca en 36.000 pesos por noche en la modalidad más económica y que llega hasta los 165.000 pesos en el caso de una carpa equipada con capacidad para cinco personas.
- 20 carpas equipadas con camas, pensadas para quienes quieren vivir la experiencia del camping sin cargar el bolso con carpas, bolsas de dormir ni infladores, y que tendrán como escenario el mismo bosque que rodea al resto del complejo.
- Servicios específicos para motorhomes y casas rodantes, con carga de agua potable y descarga de aguas grises y negras, una infraestructura todavía poco frecuente en el país, donde estos vehículos suelen estacionar en lotes improvisados o en estaciones de servicio sin los servicios mínimos.
- Una pileta y un área común con bar y restaurante de oferta básica, concebida para complementar los comercios y restaurantes de Mar Azul y de localidades vecinas más que para competir con ellos.
- Conectividad digital deliberadamente limitada: la señal de wifi se restringirá a algunos espacios comunes, en línea con la idea de promover una experiencia de desconexión que la empresa considera parte del producto.
Las cabalgatas, las caminatas y los juegos al aire libre para chicos correrán por cuenta de prestadores locales, a los que la compañía buscó sumar como socios antes que como empleados, en un gesto que la propia empresa describe como una manera de evitar que el dinero del turismo se vaya todo en el mismo bolsillo. La gastronomía dentro del predio, en tanto, se pensó acotada precisamente para empujar al visitante a recorrer el centro del pueblo, donde conviven casas bajas, calles de arena y los comercios de siempre, una combinación que para los responsables del proyecto fue determinante a la hora de elegir Mar Azul por encima de otras opciones sobre el litoral atlántico.
“Elegimos Mar Azul porque encontramos un lugar que representa muy bien la manera en que entendemos el turismo de naturaleza.”Julien Brun, director de Huttopia para América Latina
En las conversaciones que los vecinos de la costa mantienen en las veredas de arena, el tema aparece con el mismo ritmo con que se habla del clima o de la suba de los alquileres: con expectativas, con prudencia y con la memoria todavía fresca de cómo cambia el paisaje cuando irrumpe algo nuevo. Un residente del pueblo, que pidió reserva de su nombre para no quedar pegado a una opinión, resumió la sensación en pocas palabras mientras acomodaba la reposera en el frente de su casa: aquí siempre vino gente a veranear y a veces se fueron todos juntos y al otro día no quedó nada, así que uno mira estas cosas con la misma expectativa con que mira el parte del tiempo, esperando que llueva pero sin estar seguro de cuánta agua va a caer. La referencia inevitable, en cualquier conversación que se precie sobre el agua y la costa en la provincia de Buenos Aires, vuelve a la inundación de 2003, cuando el Salado se desbordó y la advertencia quedó grabada a fuego en el calendario de los geselinos, aunque esta vez la amenaza no sea hídrica sino comercial.
La apuesta económica tiene números concretos: la inversión inicial se ubica en una franja de entre 3 y 5 millones de dólares, el establecimiento prevé generar entre 15 y 25 empleos directos y más de 70 puestos indirectos, y la estimación oficial de la empresa es alcanzar unas 60.000 pernoctaciones anuales una vez que el camping alcance su régimen de funcionamiento pleno, lo que en la práctica equivale a llenar el predio durante buena parte de los fines de semana largos del calendario estival argentino. A escala nacional, el plan que la compañía delineó para los próximos años contempla desembarcar en cuatro parques nacionales antes de 2030, una promesa ambiciosa que la coloca como uno de los jugadores privados con mayor exposición directa al turismo de naturaleza y que, si se cumple, reconfigurará buena parte de la oferta de camping en áreas protegidas del país.
Falta, todavía, lo que suele faltar cuando un proyecto de esta magnitud aterriza en un pueblo chico: respuestas concretas sobre cómo se mitigará el impacto ambiental sobre un bosque de pinos que es, al mismo tiempo, el principal atractivo y la principal fragilidad del emprendimiento, definiciones sobre el tratamiento de los residuos en un partido que ya tiene su historia con los vuelcos costeros, y reglas claras para que el boom turístico de los primeros veranos no termine generando las mismas externalidades que el turismo de masas dejó otras veces sobre la costa atlántica. También falta una discusión pública sobre quién regulá las tarifas en un mercado que hasta ahora no tenía competidores en este segmento, y sobre cómo se distribuye la plusvalía entre un grupo francés y los proveedores locales, que son, en definitiva, los que conversan con el visitante cuando la carpa ya está montada y el bosque empieza a sonar como bosque.
