Una cena que empieza como comedia y termina en piano a cuatro manos: así reimagina Olivia Wilde un clásico moderno del cine español
La directora estadounidense toma la película de Cesc Gay como punto de partida, pero le agrega capas a sus personajes, corre el eje hacia lo íntimo y se permite un cierre abierto que deja a la platea rumbeando lo que vio. Un repaso por los cambios que hacen de La invitación una pieza con voz propia.
La primera imagen lo dice todo antes de que nadie abra la boca: las manos de una mujer sirven vino en una mesa larga, el living está en penumbras y afuera, del otro lado de la ventana, se adivina una ciudad que no termina de dormirse. Es el arranque de La invitación, la versión que Olivia Wilde firmó sobre un guion ajeno, y nada más cruzar el umbral de ese departamento neoyorquino se entiende que acá se viene a cenar, sí, pero sobre todo a discutir. Como buena espectadora de cine, reconozco que tardé unos minutos en acomodarme: esperaba un remake calcado y me encontré con otra cosa, algo más cercano a una carta de amor jazzera a una película que claramente admira. Quien haya visto Sentimental, el filme catalán que Cesc Gay estrenó en 2020, reconoce los huesos del relato: una pareja estable acepta una invitación a cenar en lo de unos vecinos recién mudados, y lo que empieza como velada amable se va transformando en una caja de resonancia de todo lo que esa pareja arrastra y no dice. Pero Wilde no se limita a reciclar el chasis: lo desarma, lo lubrica y lo vuelve a armar con otra respiración.
Los mismos golpes de efecto, otra mano en la batuta
El libreto conserva los hitos centrales del original casi uno a uno. Está el músico frustrado que se entera sobre la hora de los planes y llega renegando, está la vecina que se pasea desnuda frente a su ventana como si nada, y está, por supuesto, la sesión de terapia grupal con la psicóloga incluida, esa escena bisagra donde los invitados terminan diciéndose, sin querer, las verdades que se vienen guardando hace años. Donde aparece la firma de Wilde es en cómo se filma todo eso. La puesta en escena tiene una energía más contemporánea: la cámara se mueve con libertad por el departamento, los actores tienen espacio físico para desplazarse y los planos largos le dejan al cuerpo hablar tanto como el diálogo. Es un ritmo más fluido, menos teatral que el de la película de Gay, que jugaba más a la rigidez del living como si fuera un escenario.
El poliamor como motor del cambio de tono
Hay un giro que redefine todo el segundo acto y que, para mí, marca la verdadera diferencia entre las dos películas: se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz tiene una relación poliamorosa. En Sentimental, esa revelación funcionaba como un portazo que dejaba al protagonista pegado contra la pared. Acá, el personaje que Rogen compone no reacciona con rechazo: lo hace con curiosidad mezclada con una inseguridad muy visible, como si de pronto entendiera que el mapa de las parejas puede ser más amplio de lo que él imaginó. Esa fractura, más íntima y menos espectacular, es la que le permite a Wilde correr el eje del filme hacia un registro dramático sin que el cambio se sienta forzado. La comedia no desaparece, pero aprende a bajar el volumen para dejar entrar el silencio.
Por eso el tramo final opera de otra manera. En la versión de Gay, el cierre tenía algo casi catártico: el sexo aparecía como una reconciliación física después de tanto desencuentro verbal. En La invitación, en cambio, la imagen que se queda es otra, más serena y por eso más pesada. Rogen vuelve al piano que había dejado abandonado tiempo atrás y Wilde, su personaje, se sienta a tocar junto a él. No hay declaraciones grandilocuidas, no hay un beso que arregle todo, no hay un grito que cierre el círculo. Hay dos personas haciendo música juntas en la cocina, con todo el departamento ya vacío. Es un cierre deliberadamente abierto, que puede leerse como reconciliación o como la aceptación de que ciertas parejas sobreviven en una zona gris, sin grandes resoluciones. Esa ambigüedad, lejos de quitarle fuerza, le devuelve a la historia algo que el cine sentimental muchas veces pierde: la sensación de que la vida sigue pasando al otro lado del corte final.
Volviendo a casa después de la función, lo que me llevo es la sensación de que Wilde no vino a competir con el original ni a corregirlo: vino a habitarlo, a poner su propia sensibilidad sobre esos personajes y a dejar que respiren distinto. Es una película que entiende que un buen remake no es el que copia sino el que se anima a preguntar por qué aquella escena nos golpeó y, a partir de ahí, buscar una forma nueva de pegarnos. La pregunta del final la dejo flotando, como deja flotando el cierre de la propia película: a mí, personalmente, esa ambigüedad me sumó. La hizo más humana.
