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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una isla incomunicada, un crimen y la sombra de Sherlock Holmes

La miniserie de Netflix protagonizada por José Coronado adapta una novela de Arturo Pérez-Reverte y propone un misterio de cuatro capítulos ambientado en 1959, con guiños al cine clásico de detectives.

Por Antonella FerrerCultura y espectáculos · · hace 21 d
Una isla incomunicada, un crimen y la sombra de Sherlock Holmes

Imaginate la sala del cine de pueblo encendida apenas con el reflejo de la pantalla, ese silencio espeso que se corta cuando alguien abre la puerta y deja entrar un soplo de aire de la calle. Algo de esa atmósfera sobrevuela esta miniserie desde el primer cuadro: una isla que se corta del mundo, un asesinato todavía fresco y un protagonista que carga, a fuerza de puro oficio, con la herencia del detective más famoso de la literatura.

Un actor que fue Holmes y un crimen que no cierra

José Coronado se pone en la piel de un actor que alcanzó fama mundial interpretando a Sherlock Holmes. Ese pasado del personaje no es un dato de color ni un capricho retro: ocupa un lugar central en el relato. De hecho, las aperturas de los cuatro capítulos lo muestran dando vida al detective de Conan Doyle en plena filmación, y ese eco del personaje vuelve una y otra vez, como un reflejo que se cruza en cada decisión del protagonista.

No es la primera vez que Coronado se anima con un registro tan británico y de época: en cine y televisión ya transitó papeles de mando y de hombre agotado por sus propias sombras, y acá aprovecha esa veta para componer a alguien que mira el mundo como si todavía estuviera rodando una escena. La ficción, además, no esconde su juego: el apellido del personaje alude nada menos que a Basil Rathbone, uno de los actores más asociados al detective en la pantalla grande. O sea, el homenaje cruza tanto al personaje literario como a su recorrido por el cine.

Una isla, un aislamiento y la vieja regla del género

La acción arranca en 1959, cuando un crimen extraño ocurre en una isla que queda temporalmente aislada y obliga a abrir una investigación. Es el arranque clásico del género: lugar cerrado, sospechoso que no puede escapar, tiempo que corre. Pero la propuesta, según adelanta el material de la producción, no se agota en el whodunit: dedica espacio a los personajes y a sus intercambios, y deja que la trama respire. La elección de los cuatro episodios apunta a ese costado de relato contenido, casi de película larga partida en tandas, en lugar de la saga estirada que hoy suele ser moneda corriente en streaming.

Lo que más me gusta, mirándolo desde este lado del mostrador, es que la serie no necesita explicar cada guiño: si te cruzaste con las películas de detectives de los años cuarenta, las reconocés al toque en la forma de hablar de los personajes y en la coreografía de los planos. Y aun sin ese bagaje, la historia funciona como un misterio de cámara cerrada con un protagonista interesante. A mí, personalmente, me dejó con ganas de volver a esas películas viejas en blanco y negro que uno veía de chico los domingos a la tarde: hay algo de aquel cine metido entre las costuras de esta Isla incomunicada, y eso, para un lector de entre cuarenta y sesenta años con memoria cinéfila, es casi un regalo.

AF
Antonella FerrerCultura y espectáculos

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