Una recorrida por los tachos del centro y la pregunta que vuelve cada vez que abrimos la alacena
Tras el hallazgo de remedios vencidos en contenedores de la ciudad, el municipio recordó que las farmacias adheridas al programa de Recolección Segura reciben esos productos sin cargo. Un recorrido por el circuito que empieza en la casa y termina en un horno pirolítico.
Son las diez de la mañana en San Martín y Chubut y todavía queda algo de olor a asfalto mojado después de la lluvia de ayer. Los contenedores están limpios, pero hace apenas unos días el personal de Residuos Especiales encontró acá mismo, mezclados con bolsas de consorcio, varios blisters de comprimidos y frascos de jarabe ya vencidos. La escena se repitió a pocas cuadras, en San Martín y Río Negro. Es el tipo de hallazgo que parece menor y, sin embargo, abre una conversación de fondo en cada hogar neuquino: qué hacemos con los medicamentos que ya no usamos.
El circuito que empieza en la alacena
Porque la pregunta es más común de lo que uno quisiera admitir. Yo misma, recorriendo las góndolas de una farmacia del centro, le pregunto a Laura, vecina del barrio Belgrano, si alguna vez se quedó dando vueltas con una caja de pastillas en la mano. "Siempre me pasa con los antibióticos que sobran después de una gripe fuerte, o con aquel calmante que me recetaron el año pasado y quedó a medias", me dice, mientras acomoda el changuito. "Los miro, los guardo, los vuelvo a mirar y al final los termino tirando en la bolsa de la cocina. No sabía que había otro camino".
Ese otro camino existe y es gratuito: las farmacias adheridas al programa municipal de Recolección Segura de Medicamentos Vencidos reciben esos productos en contenedores rojos especialmente identificados. Una vez allí, el material se retira y se gestiona como residuo patógeno, con destino final en un horno pirolítico. Es decir, no termina en un relleno sanitario ni en la vereda: se incinera en condiciones controladas.
Por qué importa no dejarlos al alcance de cualquiera
Desde la Subsecretaría de Ambiente, Naturaleza y Protección, que trabajó en el operativo junto con la empresa Baasa, insistieron en un punto que suele pasar desapercibido: dejar medicamentos en tachos o contenedores comunes los pone al alcance de cualquiera que pase por la calle. La preocupación principal son los chicos y los animales, que pueden manipularlos o ingerirlos de manera accidental. A eso se suma el impacto ambiental de descartar sustancias activas fuera del circuito que está preparado para tratarlas.
- Llevar los medicamentos vencidos o que ya no se usen a una farmacia adherida al programa municipal, sin cargo.
- Depositarlos en los contenedores rojos habilitados dentro de esos comercios, que son distintos de los recipientes de residuos comunes.
- No arrojarlos a la bolsa de basura domiciliaria ni abandonarlos en la vía pública, porque pueden ser manipulados por terceros.
- Aprovechar la recorrida para revisar también el botiquín familiar y separar lo que ya está fuera de fecha.
Vuelvo a la esquina de San Martín y Chubut, donde los contenedores ya están vacíos y un vecino mayor cruza con el diario bajo el brazo. Le pregunto si conocía el sistema de las farmacias. Niega con la cabeza y se ríe, con esa honestidad que sólo se permite la gente grande: "Yo los tiraba en el tacho de la esquina, como todo el mundo. Hoy aprendí algo". Es, en el fondo, la escena que resume la cuestión: un gesto doméstico, repetido durante años, que empieza a cambiar cuando alguien se toma el trabajo de explicar cómo es el camino correcto.
