Una serie incomodó al Senado de Estados Unidos y empujó una ley sobre la salud mental de los pilotos
La segunda temporada de "Los ensayos", la apuesta más arriesgada del creador Nathan Fielder, mostró que pilotos con ansiedad o depresión podían ser declarados aptos para volar comerciales. Lo que empezó como un experimento de televisión terminó generando proyectos de ley aprobados por unanimidad.
Hay una imagen que me quedó dando vueltas desde que empecé a investigar esta nota, y es la de un tipo sentado frente a una pantalla con los pilotos mirándolo como quien mira a un loco: Nathan Fielder, en algún estudio que parece un hangar, anotando en una carpeta lo que descubre mientras entrevista a aviadores comerciales sobre sus miedos. Es una escena que parece menor, casi de transición, pero tiene algo de confesión: todo "Los ensayos" parte de ahí, de la voluntad de incomodar hasta que la incomodidad se vuelva insoportable.
Para quien no haya caído en esta serie, vale la pena situarse: Fielder ya había dado muestras de su particularísimo sentido del humor y de su obsesión por empujar los formatos hasta el absurdo en "Nathan for you" y en "The rehearsal", donde él mismo se desdoblaba como actor para tratar de entender la conducta humana. La segunda temporada de "Los ensayos" es, en cierto sentido, la continuidad de esa búsqueda, pero con un tema mucho más pesado: cómo se entrena a quienes nos llevan por el aire a 900 kilómetros por hora.
Un experimento que terminó sobre un Boeing 737
El punto de partida fue casi periodístico: si la aviación comercial quiere seguir siendo la forma de transporte más segura del mundo, ¿qué puede hacerse para reducir los accidentes? Fielder se metió en simuladores, revisó protocolos, entrevistó a instructores y se sometió él mismo a los mismos exámenes médicos que les hacen a los pilotos. Lo que apareció del otro lado no fue un hallazgo menor.
La temporada que pilotos con cuadros de ansiedad o depresión no solo podían sortear los controles psicológicos, sino que efectivamente los sorteaban y eran declarados aptos para volar. Y Fielder llevó el experimento a un lugar que ya parece de terror cinematográfico: con un diagnóstico ambiguo en la mano y un entrenamiento exprés, logró que lo habilitaran para sentarse en la cabina de un Boeing 737 con actores como pasajeros. La escena funciona como una denuncia envuelta en incomodidad, que es exactamente la marca del creador.
De la pantalla al Capitolio
La serie se estrenó en abril de 2025 y, como suele pasar con los productos más disruptivos, su impacto desbordó el horario estelar. En los meses siguientes, colaboradores de distintos congresistas empezaron a citar el programa en reuniones con legisladores, en un contexto en el que desde 2024 distintos organismos especializados en salud mental venían pidiendo a la Administración Federal de Aviación, la FAA, que revisara sus criterios de aptitud. No es que la serie inventara el problema, pero parece haber servido para empujarlo hasta convertirlo en urgencia.
El resultado fue bastante concreto: en septiembre, el Senado de Estados Unidos aprobó por unanimidad dos proyectos de ley, uno por cada partido, destinados a mejorar el acceso a la atención psicológica de los pilotos y, sobre todo, a evitar que pedir ayuda significara poner en juego la licencia. Las iniciativas todavía tienen que pasar por la Cámara de Representantes antes de convertirse en ley, pero el hecho de que hayan salido sin un solo voto en contra dice bastante de cómo se movió el consenso.
“No sé si sirvió de algo, pero me agrada oírlo.”Nathan Fielder, consultado por Deadline
Lo que deja este cruce entre ficción y política
- Una producción audiovisual logró instalarse en una agenda legislativa concreta, en un país donde el Senado suele moverse lento.
- El caso reabre la pregunta por la responsabilidad de los protocolos de salud mental en profesiones críticas, no solo la aviación.
- La serie funcionó porque combinó información con incomodidad: muestra datos, expone fallas y deja al espectador sin zona confortable.
- Fielder volvió a demostrar que su humor es un vehículo para preguntas serias, algo que ya había hecho en "The rehearsal" pero que acá roza lo institucional.
Yo soy de los que cree que el entretenimiento, cuando se pone valiente, termina importando más afuera de la pantalla que adentro. Y este caso lo confirma: una serie con voluntad de incomodar, construida con humor incómodo y mucho trabajo de campo, terminó interpelando a un Senado que venía esquivando el tema desde hace rato. La televisión, cuando se anima a meterse donde no la llaman, todavía puede mover cosas grandes, y a mí, personalmente, esa idea me llena de esperanza.
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