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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Una vida entera en el Heller: el pediatra que se jubila después de haber visto crecer a tres décadas de neuquinos

Marcelo Sotomayor llegó al Hospital Heller cuando la institución todavía no tenía ni un paciente internado. Treinta y un años después, con la jubilación postergada hasta enero, repasa qué aprendió sobre los chicos, las familias y los cambios que vio en la pediatría neuquina.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 1 h
Una vida entera en el Heller: el pediatra que se jubila después de haber visto crecer a tres décadas de neuquinos

Son las nueve de la mañana y el pasillo central del Hospital Heller ya tiene ese murmullo característico de los días hábiles: voces de madres que acomodan a sus hijos en los bancos, enfermeras que cruzan con carpetas bajo el brazo y el sonido metálico de las puertas vaivén abriéndose una y otra vez. En uno de los consultorios, sentado frente a un escritorio ordenado con historias clínicas y una taza de café a medio tomar, Marcelo Sotomayor termina una consulta y empieza otra. Lo viene haciendo desde 1995, cuando este hospital neuquino todavía no tenía ni un paciente internado. Hoy, a pocos meses de cumplir la edad de jubilarse, confiesa que dejar la rutina que construyó durante más de tres décadas no le resulta para nada sencillo.

Sotomayor nació prematuro en 1966, con apenas 1,1 kilo de peso. Esa experiencia temprana, cuenta mientras acomoda los papeles sobre el escritorio, explica buena parte de lo que vino después: desde chico quiso ser médico y, sobre todo, pediatra. Estudió medicina en la Universidad de La Plata, hizo la residencia en el Hospital Castro Rendón de Neuquén y se incorporó al Heller cuando la institución recién empezaba a funcionar. Fue parte del grupo que resolvió los primeros problemas de infraestructura básica antes de recibir pacientes y atendió al primer bebé nacido allí. Aquellos primeros días los recuerda con la nitidez de quien sabe que estaba escribiendo el arranque de una historia larga.

Lo que les repite a las familias en cada consulta

  • Lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, considerada todavía una de las recomendaciones centrales para los primeros meses de vida.
  • Prevención de accidentes domésticos, sobre todo quemaduras y caídas, que siguen siendo causas frecuentes de consulta de urgencia en niños pequeños.
  • Cero pantallas antes de los cuatro años y, después de esa edad, tiempos acotados y supervisión adulta permanente.
  • Límites claros en la alimentación y en los hábitos diarios, un punto donde el pediatra insiste en que la familia funcione como equipo.
  • Actividad al aire libre y movimiento como contrapeso necesario frente al sedentario y el exceso de dispositivos electrónicos.

Sobre el tema de las pantallas, la respuesta de Sotomayor es directa y la repite cada vez que puede. Antes de los cuatro años, los dispositivos no deberían usarse. Después, la supervisión y los tiempos limitados son indispensables. Hay que establecer tiempos acotados, insiste, porque los padres suelen ser el único firewall posible entre los chicos y el estímulo permanente de las pantallas.

El perfil de los problemas que atienden los pediatras cambió de manera visible en estas tres décadas. Cuando Sotomayor empezó a trabajar, la desnutrición era una de las principales preocupaciones; hoy ese lugar lo ocupa la obesidad, acompañada por situaciones cada vez más frecuentes vinculadas al consumo de sustancias durante la infancia y la adolescencia. En el consultorio, dice, se nota: llega una mamá del barrio Valentina Sur con su hijo de ocho años, le comenta que el chico está siempre con la tablet, y la escena se repite en cada turno. Por eso, cuando le pregunto qué es lo primero que les dice a los padres, enumera las recomendaciones sin dudar: lactancia, prevención de accidentes y límites con las pantallas. Son los tres pilares que repite como un mantra y que, asegura, sostienen buena parte de la salud infantil.

De residente a docente, sin salir del mismo pasillo

Con el tiempo, Sotomayor sumó la docencia. Es instructor de residentes y docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue. Muchos de quienes fueron sus alumnos hoy son sus colegas en el mismo servicio, una continuidad que le provoca una mezcla rara de orgullo y vértigo. La jubilación, que en rigor debería haber llegado en julio, quedó postergada hasta enero por decisión propia. Necesitaba un tiempo extra para ordenar el traspaso y, también, para despedirse de a poco. Fuera de las guardias y las clases, encuentra equilibrio en dos pasiones bien distintas: el jazz y el montañismo. La actividad al aire libre compensa, dice, el peso de los turnos largos y las decisiones complejas. En el pasillo del Heller, mientras una enfermera le recuerda que lo esperan en otro consultorio, Sotomayor sonríe y vuelve a su historia clínica. Lo hace como cada mañana desde hace 31 años, con la misma concentración de siempre y, también, con la conciencia de que le quedan pocas mañanas iguales.

SG

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