Vecinos del río y del cañadón: cuando la tormenta llega antes que el pronóstico
Los suelos de Neuquén están al límite después de años de sequía y, de un día para el otro, pueden desbordar arroyos que parecían dormidos. Recomendaciones concretas de la Secretaría de Emergencia para familias que viven en zonas bajas o rurales.
La verdad es que lo que más me llamó la atención al hablar con la gente del barrio Covintocon, en las afueras de Neuquén capital, es la sensación de que el agua ya no avisa. Desde hace un par de semanas, Osvaldo Báez, vecino del lugar desde hace veintidós años, mira el cielo antes de bajar a comprar el pan. Me cuenta, mientras acomoda unas bolsas en el portero del frente, que lo que más teme no es la lluvia en sí, sino ese ruido particular que hace el arroyo cuando empieza a arrastrar lo que encuentra a su paso, un rumor que él describe como un zumbido seco, como si el suelo gargolera y que a veces se escucha unos minutos antes de que el agua llegue al patio de su casa.
Esa percepción que tiene Osvaldo no es casual, ni exagerada, ni propia de un vecino asustado por una tormenta pasajera: es la lectura que hace una provincia que pasó de la sequía más larga de los últimos años a suelos saturados en cuestión de semanas, con arroyos que recuperan cauces secos y tormentas convectivas capaces de formarse en minutos y descargar volúmenes enormes de agua en superficies muy chicas. En la Secretaría de Emergencia y Gestión de Riesgo de la provincia lo resumen en pocas palabras y, a la vez, con una crudeza que deja pensando: un lugar puede estar todo el día tranquilo y, de un momento a otro, terminar anegado o con una crecida repentina que arrastra todo lo que encuentra a su paso, porque el agua que cae lejos también termina bajando y, a veces, lo hace con una fuerza que nadie esperaba.
Qué recomiendan las autoridades antes de que llegue la emergencia
Luciana Ortiz Luna, secretaria de Emergencia y Gestión de Riesgo de la provincia, me explicó durante una charla larga que lo más urgente para las familias que viven cerca de ríos, arroyos, cañadones o zonas bajas no es comprar nada ni esperar a ver qué pasa: es sentarse un rato, con un lápiz y un papel, y empezar a pensar como si la emergencia ya hubiera llegado, porque cuando el agua entra a la casa no hay tiempo para improvisar ni para discutir qué se llevan y qué se dejan.
El fenómeno de El Niño como factor que cambia el escenario
Desde la Secretaría provincial también se trabaja en identificar antiguos cauces fluviales que estuvieron inactivos durante el período seco y que hoy pueden volver a recibir caudales importantes, un dato que vuelve a poner en el mapa a barrios que parecían seguros hace apenas unos meses. Ortiz Luna insistió en que las tormentas convectivas que se forman en pocos minutos pueden descargar grandes cantidades de agua en áreas reducidas, algo que vuelve insuficiente la lógica de mirar solo el pronóstico del día: hay que mirar el suelo, mirar el cielo y, sobre todo, mirar los arroyos que tenemos a pocas cuadras.
Antes de irme del barrio, Osvaldo volvió a parar en el patio y me señaló hacia el cañadón que queda a unos cincuenta metros de su casa, ese que durante años fue casi un paseo y que desde hace un par de semanas tiene agua casi todo el día. Me dijo, con una mezcla de preocupación y de pragmatismo que me pareció muy de esta tierra, que él ya tiene la mochila lista con la documentación, la linterna, la radio a pila y dos botellas de agua, y que en la puerta tiene colgado un papel con los teléfonos de Defensa Civil y del municipio. Lo dijo de memoria, sin tener que buscarlo, y me pareció la mejor síntesis de lo que las autoridades provinciales vienen pidiendo desde hace días: que cada familia haga su propio mapa, su propio kit y su propio plan, porque cuando la tormenta se forma en minutos y el agua empieza a escurrir por donde antes no corría, lo que salva no es el aviso oficial, sino el tiempo que cada vecino haya ganado preparándose antes.
