Cuando el chat enloquece: por qué una respuesta corta puede desatar una tormenta de pareja y cómo salir del loop
Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti explican por qué tendemos a rellenar los silencios con los peores guiones posibles y qué herramientas concretas ayudan a cortar la cadena de suposiciones antes de que se transforme en una discusión.
Son las diez de la noche en un departamento de Villa Urquiza. María José, 47 años, mira el celular por tercera vez: su pareja le mandó un "ok" seco a las siete de la tarde y desde entonces la pantalla está muda. Antes era un detalle. Hoy, mientras prepara un té y escucha la pava silbar en la cocina, esa palabra de tres letras ya se transformó en evidencia de un alejamiento, en una señal de que algo anda mal, en el prólogo de una discusión que todavía no tuvo lugar. "Sé que es una locura pensarlo", me dice mientras revuelve el azúcar, "pero no lo puedo evitar". María José no está loca: está haciendo algo que casi todos hacemos cada vez más seguido. Está sobreinterpretando un mensaje.
La escena se repite en miles de hogares argentinos, con distintas edades y plataformas, pero con un denominador común: el chat se convirtió en territorio minado. Lo que hace una década se resolvía con un llamado o un cara a cara hoy pasa por una pantalla que no devuelve tono de voz, ni gestos, ni contexto. Y en ese vacío, advierte la neuropsicóloga Karina Carreño, el cerebro hace lo que mejor sabe hacer cuando le falta información: completar la historia con los peores materiales disponibles.
Qué pasó y qué le pusimos encima
La primera distinción que propone Carreño es casi una obviedad pero se olvida en el fragor del WhatsApp: por un lado está lo que efectivamente ocurrió —una respuesta corta, una demora, un silencio— y por otro, todo el significado que le adosamos. Que la pareja haya contestado con pocas palabras es un dato comprobable. Que esté enojada, distante o perdiendo interés es una interpretación. Y entre una cosa y la otra media una distancia enorme que casi nunca se recorre a tiempo.
"Cuando no tenemos información sobre lo que el otro piensa o siente, el cerebro intenta anticiparlo", explica Carreño. Para llenar ese hueco recurre a lo que tiene a mano: experiencias previas, temores, inseguridades propias. Así, una demora de cuarenta minutos se convierte en prueba de desinterés, aunque no haya un solo elemento concreto que sostenga esa lectura. La psicóloga Marina Mammoliti lo grafica desde el otro lado: si hay miedo al abandono, una necesidad genuina de estar solo se percibe como indiferencia. Si hubo una infidelidad anterior, una llamada sin contestar alimenta la sospecha. Las heridas propias funcionan como un filtro que tiñe lo que llega del afuera.
El punto ciego: lo que siento yo
Mammoliti propone un movimiento que parece pequeño pero es decisivo: en lugar de pasar horas intentando descifrar qué le pasa al otro, a preguntarse qué me pasa a mí. Qué emoción me está despertando ese intercambio. Si lo que siento es miedo, si es bronca, si es la vieja herida que se reactivó. EsaMudanza de foco —de la pantalla hacia adentro— es la que permite interrumpir la lectura automática y recuperar algo de aire antes de responder.
“La propuesta de ambas especialistas es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que las conjeturas pasen a dirigir las respuestas.”Karina Carreño y Marina Mammoliti
- Distinguir el hecho de la interpretación: registrar qué pasó concretamente y qué significado le estamos agregando.
- Reconocer la propia emoción antes de responder: identificar si hay miedo, bronca o una herida vieja que se reactivó.
- Preguntar de manera directa en lugar de adivinar: el diálogo cara a cara devuelve tono, gestos y contexto que la pantalla no ofrece.
- Aceptar que no siempre habrá respuesta inmediata: aprender a tolerar la incertidumbre sin llenar el vacío con el peor escenario.
- Evitar los pedidos reiterados de seguridad: cuando se vuelven rutina, erosionan la confianza de ambos lados.
Vuelvo a Villa Urquiza. María José apaga la pava, se sirve el té y, antes de redactar el mensaje largo que ya tenía en la cabeza, respira y prueba otra cosa: "Vi que contestaste con un ok, ¿estás bien? ¿pasa algo?". La pregunta sale simple, sin acusação. Del otro lado, la respuesta llega en cinco minutos: "Estoy reventado del trabajo, hoy fue un día heavy". Tres renglones que desactivaron una novela de cuatro capítulos que ella había empezado a escribir sola. La pantalla, finalmente, deja de ser un velorio y vuelve a ser lo que es: un canal. No el tribunal donde se juzga una relación.
