Cuando el no protege: por qué los límites siguen siendo una forma de cuidar a los chicos
Especialistas en crianza insisten en que ejercer autoridad no es autoritarismo. La combinación de normas claras, afecto y presencia adulta es la que ayuda a los niños a tolerar la frustración y a aprender a vivir con otros.
El reloj da las siete de la tarde en el barrio porteño de Palermo cuando, en un departamento de calle Honduras, un nene de cinco años empuja el plato de puré y cruza los brazos. La madre, Lourdes, dueña de casa, respira hondo y vuelve a apoyar el plato sobre la mesa, sin levantar la voz y sin moverse un centímetro. "No es que quiera ser dura, es que si hoy le digo que no y mañana le digo que sí, después él vive en un mundo que no entiende", cuenta, todavía sentada frente al chico, con la ventana entreabierta por donde entra el ruido de un colectivo que frena en la esquina y el olor a pan recién hecho que viene de la panchería de al lado.
La escena parece menor, pero condensa un debate que atraviesa a muchas familias argentinas: dónde termina el diálogo y empieza el límite, y por qué poner reglas claras con los hijos no es un gesto autoritario sino, justamente, un modo de cuidar. Sobre eso vienen alertando hace tiempo profesionales que trabajan con chicos y adolescentes: cuando la conversación se vuelve negociación permanente y el adulto deja de sostener lo que dice, los más chicos pierden referencias afectivas.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay una diferencia clave que muchas veces se pierde en la discusión de las familias. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala.
“Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
La especialista describe al autoritarismo como un abuso de poder y lo separa tajantemente de la autoridad. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind clasificó los estilos de crianza en tres grandes grupos: el autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, con mucho afecto pero sin sostén normativo; y el democrático, también llamado autoritativo, que articula normas claras con diálogo y contención afectiva. La literatura especializada coincide en señalar a este último como el punto de equilibrio más saludable para el desarrollo.
Lo que se aprende cuando alguien dice no
La psicóloga Deborah Bellota coincide con esa lectura y aporta una pista que aparece una y otra vez en los consultorios: muchos padres y madres que se definen como muy afectuosos no terminan de poner límites por miedo a que el chico se enoje con ellos. "El problema es que esa dinámica puede favorecer la autoestima pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad", advierte.
- La tolerancia a la frustración: aceptar que no se puede almorzar caramelos o que hay que ir a dormir ayuda a tolerar las dosis diarias de malestar que trae la vida adulta.
- La autorregulación emocional: aprender a manejar enojo, enojo, enojo, enojo y ganas sin hacer lo que se quiera en cada impulso.
- El aprendizaje social: respetar turnos, acuerdos y reglas del afuera cuando se convive con otros.
- La confianza en el adulto: un límite firme y cariñoso transmite seguridad y previsibilidad.
Raschkovan lo resume en una frase que suele repetirse en las charlas con familias: "Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración". Esa capacidad, coinciden las especialistas, no aparece de modo espontáneo: se aprende, y se aprende sobre todo en un entorno seguro.
Por eso, advierte la psicóloga, la tarea del adulto no termina en el momento en que dice no. Bellota lo explica con la misma idea: un límite que se enuncia en seco, sin explicaciones ni acompañamiento, se parece demasiado al autoritarismo y deja al chico solo con el freno. La combinación que recomiendan las especialistas, y que muchas familias van incorporando de manera paulatina, es la de mantener la palabra, explicar el porqué y, sobre todo, contener el disgusto que el límite provoca. Pedirle a un chico que espere su turno, que ordene sus juguetes o que respete un horario no es capricho ni imposición gratuita, sino una manera de adelantarle que el mundo tiene reglas razonables, y que las personas adultas que lo cuidan son las primeras en cumplirlas.
Volviendo al living de Lourdes, en Palermo, la escena termina como empieza: el chico todavía no comió todo el puré, pero la madre sigue sentada, sin gritar, sin ceder y sin irse. El olor a pan del negocio de la esquina ya se mezcló con el vapor de la comida, y el nene, después de un rato, vuelve a tomar la cuchara. "No es un triunfo ni una derrota, es la vida diaria", resume Lourdes mientras le acomoda la servilleta. Para las especialistas que trabajan a diario con familias, esos instantes chiquitos, repetidos día tras día, son los que finalmente van armando la posibilidad de que un niño crezca tolerando la frustración y confiando en un adulto que no se mueve ante el primer berrinche.
