Shinrin-yoku, la costumbre japonesa de caminar entre árboles para bajar un cambio
Una práctica nacida en Japón en 1982 invita a reducir la velocidad, dejar el celular en el bolsillo y recorrer un entorno verde sin otra meta que registrar lo que se ve, se oye y se huele. Estudios asocian la experiencia con descensos del cortisol y mejoras en el sistema nervioso.
Son las diez de la mañana en una plaza de Palermo y el ruido de la ciudad todavía se mete entre las hojas de los jacarandáes. Hay una mujer sentada en un banco, con los ojos cerrados, que respira profundo mientras un grupo de palomas se pelea una migaja a tres metros de sus zapatillas. Me cuenta que se llama Marta y que vive en Almagro, y que desde que arrancó a caminar por acá veinte minutos por día, sin auriculares ni teléfono, duerme mejor y discute menos con su marido. No es médica ni está leyendo un paper: simplemente lo probó, y le funcionó.
Algo parecido, pero a escala de toda una sociedad, fue lo que propuso Japón en 1982, en pleno auge industrial y con el estrés laboral convertido en un problema de salud pública. El gobierno de aquel país lanzó entonces una idea sencilla, casi obvia: que la gente volviera a caminar por el bosque, sin reloj ni objetivo deportivo, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. La llamaron shinrin-yoku, que se traduce como baño de bosque, y la idea fue, sobre todo, una invitación a reducir la velocidad.
Qué pasa en el cuerpo cuando uno se mete entre árboles
Con el paso de las décadas, distintos equipos de investigación se dedicaron a medir qué ocurre en el organismo durante esas caminatas lentas. Los resultados más repetidos muestran descensos en los niveles de cortisol, que es la hormona que se dispara cuando estamos estresados, y cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se encarga de la respuesta de alerta. Algunos estudios también exploraron el efecto de los fitoncidas, que son compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque todavía no hay conclusiones firmes en ese punto.
Una de las hipótesis más aceptadas vincula estos efectos con el agotamiento de la atención que produce la vida moderna: pantallas que parpadean, notificaciones que saltan, decisiones encadenadas todo el día. El bosque no exige nada de eso. Al bajar la vigilancia constante, la atención pasa de un modo reactivo y ansioso a uno más tranquilo, y eso explicaría la sensación de cabeza despejada que mucha gente describe después de una caminata de este tipo.
Lo que la práctica no es, y lo que sí
- No es una actividad física con meta: no hay distancia que cubrir ni calorías que contar.
- No requiere un bosque lejano: una plaza arbolada o un parque urbano pueden alcanzar, según los investigadores.
- No exige ningún equipamiento especial más que ropa cómoda y, sobre todo, ausencia de pantallas.
- Sí propone caminar lento, detenerse, mirar, escuchar y registrar los olores del entorno.
- Sí apunta a un beneficio concreto: bajar los indicadores fisiológicos del estrés.
Los propios autores de los estudios aclaran un detalle importante: casi siempre comparan el efecto del bosque con el de la ciudad, por lo que resulta difícil separar cuánto aporta el árbol en sí y cuánto suman el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente el hecho de alejarse unas horas de las obligaciones cotidianas. Lo que sí parece quedar en pie es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a las técnicas conscientes que uno aplica, y durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue natural, mientras que la vida urbana es relativamente reciente en comparación.
Vuelvo a la plaza de Palermo y me siento al lado de Marta. El ruido de la calle sigue ahí, del otro lado de las rejas, pero acá adentro, entre los jacarandáes, el mundo parece ir a otra velocidad. Ella abre los ojos, me mira y se encoge de hombros, como pidiéndome disculpas por no tener una explicación más científica. Le digo que no hace falta: a veces, con caminar un rato entre árboles, alcanza.
