Cuando la felicidad se muda de época: lo que Gabriel Rolón propone revisar para no vivir en pausa
El psicólogo y escritor reparó en una trampa habitual: convertir los recuerdos en refugio o el futuro en excusa. Para los lectores que suelen sentir que lo bueno ya pasó o que todavía no llega, dejó una fórmula simple: intentar algo aquí, ahora.
Soy Susana Grassi y me toca abrir la sección Sociedad de hoy con una pregunta que, si uno se sienta un rato a pensarla, pesa: ¿cuántas veces, en los últimos meses, alguien dijo eso de "qué bien que la pasábamos antes" o "ya va a venir una época mejor"? Lo traigo a colación porque el psicólogo y escritor Gabriel Rolón pasó por una entrevista y se quedó exactamente ahí, en esa zona donde la memoria y la expectativa suelen funcionar como coartadas para no habitar del todo el presente. Y la conversación, lejos de sonar a manual de autoayuda, terminó dejando una idea incómoda: que muchas personas, sin darse cuenta, prefieren haber sido felices a ser felices.
Rolón partió de una base que suena razonable y que, por eso mismo, engancha. Tener sueños, explicó, sigue siendo importante. Nadie va a recetarle a nadie abandonar la expectativa de encontrar bienestar más adelante. Lo que puso bajo la lupa es otra cosa: la postergación permanente de la posibilidad de sentirse bien. La diferencia es sutil pero enorme, y se nota en la vida cotidiana. Porque una cosa es proyectar, planificar, imaginar; y otra muy distinta es instalar la felicidad siempre del otro lado de la línea, en un mañana que nunca termina de llegar. "Intentemos algo aquí, ahora", dijo, como si fuera un recordatorio que conviene repetir en voz alta cada tanto.
Recuerdos que se editan solos
Esa misma lógica la aplicó a los recuerdos, y ahí la charla se puso más jugosa. Para el psicólogo, reconocer que hubo momentos felices no es un problema: al contrario, permite entender el recorrido personal, dimensionar los esfuerzos que se hicieron y darle lugar a los vínculos que se construyeron. Esos recuerdos conservan su valor aunque ya no se puedan recuperar tal como fueron. Lo que llamó la atención es cómo funciona, en la práctica, esa revisitación. "Hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos", describió, y la imagen es precisa: vamos retocando lo vivido hasta que queda una versión más prolija, más noble, más linda de lo que efectivamente ocurrió.
Puso ejemplos concretos, de esos que cualquiera puede chequear contra su propia historia. Mencionó que es frecuente recordar a los padres ya fallecidos con una sensibilidad o una grandeza que, quizás, no eran tan notorias en el día a día cuando estaban vivos. También señaló que la infancia suele reconstruirse como una etapa más bella de la que efectivamente fue, sobre todo cuando se la mira desde la adultez y con el filtro de lo que se extraña. No es un reproche, ni mucho menos: es una descripción de cómo trabaja la cabeza. La memoria, como una especie de archivo vivo, va acomodando las fotos según lo que uno necesita hoy, no según lo que pasó tal cual.
“Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices.”Gabriel Rolón
El espacio que les dejamos al presente
Hasta acá, todo puede sonar a una observación más o menos amable. El punto que Rolón propuso mirar es otro, y es el que más incomoda: cuánto lugar ocupa esa reconstrucción editada en la vida de hoy. Cuando alguien se aferra demasiado a una versión idealizada de lo que vivió, explicó, puede dejar de trabajar en la posibilidad de construir bienestar acá, en este momento, con la gente que tiene alrededor y en las circunstancias que le tocaron. La frase que dejó sirve de diagnóstico y de advertencia al mismo tiempo: "No nos bajemos de la vida antes de tiempo", dijo, y la imagen es fuerte porque pinta a alguien que, sin haber dejado de respirar, ya se retiró.
Me quedo con la sensación de que Rolón no vino a decir nada nuevo, sino a poner en palabras algo que muchos intuimos y pocas veces confesamos. Que a veces el pasado y el futuro funcionan como dos cobertores mullidos debajo de los cuales uno se esconde del presente, que es más rugoso, más ruidoso, menos épico. Y que la salida que propuso no es abandonar los recuerdos ni renunciar a los sueños, sino dejar de tratarlos como mudanza permanente: quedarse un rato en esta época, con esta gente, con esta vida que, con sus bemoles, es la única que efectivamente está pasando. La pregunta que dejó flotando la entrevista vale guardarla: qué lugar encuentran los recuerdos y los proyectos en la manera de disfrutar el presente. Y, sobre todo, si ese lugar es razonable o si, sin advertirlo, se convirtió en el único lugar donde uno se permite estar bien.
