Cuando Sorkin se dirige a sí mismo: el regreso menos esperado al universo Zuckerberg
La secuela espiritual de "La red social" confirma lo que su carrera como director venía insinuando: los textos del guionista funcionan mejor cuando otro marca los tiempos desde la silla del realizador.
A veces pasa que uno entra a una sala y, antes de que aparezca el primer fotograma, ya percibe ese rumor de butacas inquietas, ese murmullo bajo de quienes fueron con la fe intacta y empiezan a sospechar que la promesa no se va a cumplir. Algo de eso sobrevuela a "El precio de la red", la película que Aaron Sorkin necesitaba como secuela espiritual de "La red social" y que, sin embargo, termina convertida en la confirmación de un diagnóstico que la crítica especializada viene formulando desde hace tiempo: los mejores momentos de su cine los firman otros directores detrás de cámara.
La expectativa era enorme. Volver al universo de Mark Zuckerberg quince años después del film que convirtió a un veinteañero con remera de tirantes en ícono pop y en dolor de cabeza para Harvard era, sobre el papel, una oportunidad para preguntarse qué pasó con las redes sociales, con la promesa original de conectar al mundo y con el oficio de contar historias en esa era. Sorkin recoge ese guante y lo hace con el toolbox que mejor conoce: diálogos que suenan a primera lectura como relámpagos y a la tercera como sermones, personajes que debaten como si el café de la mañana fuera un tribunal, y una pulsión idealista que en sus manos tiende a la prédica. La diferencia es que esta vez no hay nadie del otro lado que le diga cuándo callarse.
El patrón que se repite
Quien haya visto "Molly's Game", "El juicio de los 7 de Chicago" o "Sería un crimen" habrá registrado ya un fenómeno que "El precio de la red" no hace más que exagerar. Los guiones de Sorkin estallan en manos de David Fincher, Danny Boyle o Rob Reiner porque esos realizadores entienden la dirección como una forma de recorte: saben qué monólogo se sostiene solo, cuál necesita un corte, cuál sobra. Cuando Sorkin se dirige a sí mismo, los soliloquios se estiran como bandas elásticas, los interiores se vuelven opresivos por motivos que no tienen nada que ver con la historia y el montaje pierde la urgencia que el ritmo Sorkin exige para no caer en la declamación.
- "La red social" (2010), dirigida por David Fincher, sigue siendo el techo creativo del autor y funcionó como ejemplo de cómo un director externo disciplina el guion sin traicionarlo.
- "Steve Jobs" (2015), con Danny Boyle, demostró que un realizador con pulso puede sacar a Sorkin de su zona de confort sin perder la esencia de sus parlamentos.
- "Algunos hombres buenos" (1992), el clásico con Rob Reiner, permanece como el caso testigo de cómo la química entre guionista y director produce diálogos que ya forman parte del cine.
- "El juicio de los 7 de Chicago" y "Sería un crimen" muestran el patrón inverso: textos sólidos ahogados por decisiones de puesta en escena que nadie discutió.
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Personaje interpretado por Bill Burr en la película
Resulta llamativo que la propia película contenga la autocrítica que muchos le hacen fuera de la sala. Que un personaje diga, en una frase que ya viaja en los tráilers, que Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan, tiene algo de humor involuntario y mucho de diagnóstico certero. Es la clase de línea que funcionaría como guiño si la película no cayera, escena tras escena, exactamente en ese defecto que describe.
Lo que se pierde sin un director externo
El director de fotografía es el mismo que trabajó en "La red social", lo cual vuelve más llamativos los problemas de iluminación en varias escenas de interiores. Las paredes claras, las ventanas mal contraladas, los fondos que parecen salidas de un programa de entrevistas barato: son decisiones que un director externo habría señalado en la primera lectura del guion. Sin esa mirada ajena, el filme muestra lo que ocurre cuando el guionista tiene el control total: secuencias de diálogo que existen principalmente porque suenan bien leídas en voz alta, imágenes que apenas cumplen su función y una puesta en escena que no transmite urgencia ni genera una sola imagen capaz de trascender lo decorativo. La sensación que queda es la de un escritor enamorado de sus frases, rodeado de actores talentosos que no siempre pueden salvarlas del tedio.
Yo salí de la sala con la sensación de haber leído, otra vez, un borrador muy avanzado de lo que podría haber sido una gran película si Sorkin hubiera confiado el timón a alguien que lo obligara a podarse. Que el guionista siga intentando dirigir sus propios guiones es un derecho creativo incuestionable, y sería necio pedirle que renuncie a esa autonomía. Pero cuesta no preguntarse si no le haría mejor servicio a sus propios textos dejarlos en manos de quienes mejor los traducen a imagen. Mientras tanto, "El precio de la red" queda como un recordatorio amable de que la autarquía, en el cine como en la vida, suele cobrarse su precio justo cuando nadie nos corrige a tiempo.
