Ditsch, el pintor de los glaciares que cambió el óleo por la cámara para despedir a las dos mujeres de su vida
El artista argentino más caro de la historia llega al Festival de Cine de Mar del Plata con su ópera prima, una película que le llevó ocho años rodar, cinco países recorrer y varios cuadros vender. Habla de duelo, de arte y de volver a empezar.
Me llega la invitación a la función y me imagino la sala del Festival de Mar del Plata a oscuras, ese murmullo previo que precede a un estreno, y en la pantalla la silueta de un hombre caminando sobre un glaciar con algo que parece una búsqueda y también una despedida. Eso, justamente, es lo que fueron estos ocho años para Helmut Ditsch: una caminata larguísima detrás de una imagen que no terminaba de aparecer. El pintor argentino más cotizado de la historia, el de los óleos monumentales de cordilleras y témpanos que se vendían a precios siderales en Europa, se sentó un día frente al lienzo y sintió que ya no tenía nada más para pintar. Entonces agarró una cámara y se puso a rodar una película. La ópera prima se llama "Helmut. El hielo y la eternidad transitoria" y va a tener su estreno mundial los días 6 y 7 de noviembre en la 41.ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, ese que hace décadas es la vidriera más importante del cine en la Argentina y que este año vuelve a poner a nuestra ciudad en el mapa de los certámenes de categoría A.
Un duelo doble como punto de partida
Para entender por qué este hombre cambió los pinceles por la cámara hay que remontarse a dos muertes que lo partieron al medio. Su madre, Inge, se fue cuando él era chico: tenía 33. Marion, su esposa, murió alrededor de los 35 años, en 2009, después de pelear contra un cáncer de mama. La película es, en el fondo, una carta de amor enorme para las dos, y arranca con una promesa que Ditsch le hizo a Marion antes de que pasara todo: iba a encontrar un lugar para llevar sus cenizas. Y no un lugar cualquiera: iba a ser un lugar que valiera como una obra de arte.
El tipo agarró la mochila y se fue a caminar. Atravesó los Alpes, bajó hasta los Andes, recorrió unos 11.000 kilómetros buscando esa geografía imposible. Lo cuenta él mismo con una frase que a mí, te juro, me dio vuelta la cabeza: "Ese lugar tenía que ser una obra de arte". Y cuando finalmente creyó haberlo encontrado, sintió que algo no cerraba, que el sitio existía pero le faltaba algo, y entonces entendió que la única manera de darle forma era meterlo adentro de una película. Ahí empieza todo.
Ocho años, cinco países y una inversión a la altura de su pintura
- Malta, Cerdeña, Viena, los Alpes, Tenerife y el salar de Uyuni fueron las locaciones por las que pasó la producción a lo largo de casi una década de rodaje.
- El presupuesto arrancó en tres millones de euros y terminó cerca de los seis, una cifra que Ditsch financió íntegramente con la venta de sus propios cuadros.
- La primera obra de gran formato que pintó después de 2009 fue hecha especialmente para el filme y quedó registrada desde el lienzo en blanco hasta el último trazo.
Cuando uno escucha que un pintor vendió cuadros para hacer una película, piensa automáticamente en una locura, en un capricho de artista millonario. Pero si se mira de cerca lo que hay detrás, lo que aparece es otra cosa: un tipo que convierte su patrimonio plástico en patrimonio cinematográfico, que invierte su propio capital simbólico para financiar una historia que no iba a encontrar productor en ningún lado, porque las historias que se financian son las que prometen retorno, y acá el retorno era sentimental.
Elenco y codirección, dos decisiones que hablan mucho
Algo que me parece clave y que muchas veces pasa de largo en las coberturas de los estrenos tiene que ver con las decisiones de casting. Ditsch estuvo buscando muchísimo tiempo a las actrices que iban a interpretar a su madre y a su esposa, dos mujeres que en su memoria eran casi una misma presencia femenina. La elegida terminó siendo Jeanne Goursaud, una actriz francesa que tiene los rasgos físicos que él asocia con Inge y con Marion, esa coincidencia que a veces el cine fabrica como si fuera a propósito.
El alter ego joven del protagonista lo interpreta Joaquín Berthold, y la codirección quedó en manos de la pintora Suzy Prauss, alguien de su mismo mundo pero con una mirada complementaria. Y acá hay un detalle que no quiero pasar por alto: Ditsch, antes de ponerse él mismo frente a la cámara, había pensado en convocar a otro actor para el papel principal. Un colega de la industria le dijo que nadie iba a poder hacer ese personaje como él, que si lo hacía otro iba a salir otra cosa, algo distinto. Y le recomendó que se animara a dirigir él mismo. Le creyó. Y la película existe porque le creyó.
Yo a Ditsch lo conozco desde hace rato, desde aquellas exposiciones en galerías europeas donde sus cuadros de glaciares se cotizaban a valores de infarto, y siempre me quedó la sensación de que era un tipo que estaba guardándose algo. Esta película es ese algo. Es una ópera prima que se financia con la venta de óleos, que se rueda durante ocho años, que cruza cinco países y que encima se atreve a mezclar glaciares y salares con una historia de amor y de duelo que nada tiene que ver con la pintura pero que, en el fondo, es la misma historia: la de alguien que intenta dejar algo bello en el mundo después de que el mundo le sacó lo más caro que tenía. Me parece, sinceramente, una de las noticias más emocionantes que nos dio el cine argentino en mucho tiempo, y ojalá el público del festival lo abrace como se merece.
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