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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Dos preguntas que separan lo propio de lo heredado cuando hay que decidir

Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio simple para distinguir los deseos genuinos de las presiones del entorno. La idea respalda lo que muestra un metanálisis: vivir según los valores propios se asocia con mayor bienestar y más esfuerzo sostenido.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 6 d
Dos preguntas que separan lo propio de lo heredado cuando hay que decidir

En la consulta del médico, antes de que el profesional abra la historia clínica, ya está operando una pregunta silenciosa: ¿lo que va a decirme lo voy a aceptar porque confío en él, o porque todavía no me animé a discutirlo con mi propia cabeza? Esa escena, que parece menor, condensa lo que Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Universidad de Emory, lleva años intentando traducir a un lenguaje cotidiano: no alcanza con tener voluntad para elegir un camino, porque buena parte de las decisiones que parecen propias en realidad llegaron ya masticadas desde la familia, el barrio o el círculo de amigos.

Bedzow, que también es profesor de la Escuela de Medicina de esa universidad, propone un ejercicio a la vez simple e incómodo. La primera pregunta es casi una obviedad: ¿de quién es la vida que estás viviendo? La mayoría de la gente responde rápido, casi sin pensarlo. La segunda, en cambio, golpea más fuerte: ¿quién debería determinar cómo vivís? Ahí, dice el filósofo, aparece la pausa, porque obliga a aceptar que el rumbo no estaba escrito por nadie en particular, y que sostenerlo como si fuera propio exige hacerse cargo.

La comodidad del guión ajeno

Desde el mostrador de un café de Palermo, Marcelo, de 52 años, lo cuenta sin rodeos: yo laburé veinte años en la empresa de mi viejo porque era lo que se esperaba, y cuando se vendió dije que no sabía qué hacer con mi vida. Me había pasado la vida haciendo lo que correspondía y no lo que quería. A su lado, Dora, de 48, asiente y agrega una variante: a mí me pasaba al revés, no quería estudiar Abogacía como mis hermanos, y cuando me animé a cambiar me enteré de que la presión no era de ellos, era mía, la había internalizado tanto que ya ni la distinguía.

Bedzow advierte que la pregunta que incomoda no es casual: Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo. Esa comodidad, señala, es la puerta de entrada a un fenómeno que describe como vivir según un guión ajeno sin haberlo elegido de manera consciente. El filósofo no pide cortar los lazos con el entorno, sino distinguir dos operaciones que suelen mezclarse: recibir perspectivas de otros y entregarles el control.

“No significa mirarse el ombligo, sino examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project

Lo que muestra la evidencia

El planteo filosófico de Bedzow dialoga con un metanálisis de Sezer y colaboradores, que revisó decenas de estudios sobre la relación entre los motivos que guían las metas personales y los resultados que obtienen quienes las persiguen. La conclusión, resumida en pocas líneas, es bastante elocuente: las personas que orientan sus objetivos según valores e intereses genuinamente propios tienden a esforzarse más, a registrar mayor avance y a reportar niveles más altos de bienestar. La contracara también está medida: quienes organizan su vida en función de expectativas parentales, del deseo de estatus o del miedo a la culpa suelen mostrar menos satisfacción, menos constancia y más desgaste.

La filósofa Susan Wolf sumó otro ángulo al debate al sostener que el sentido no aparece sólo del deseo individual, sino del compromiso con aquello que es genuinamente valioso. Para Bedzow, esa advertencia funciona como un segundo filtro: una vez que uno identifica que una decisión es propia y no heredada, todavía queda por preguntarse si aquello que se busca merece ser buscado. Ahí la conversación deja de ser individual y vuelve a abrirse al diálogo con otros, pero sobre bases más honestas.

Volviendo a la escena del café, Marcelo y Dora siguen hablando, ahora con una precisión nueva. Ellos admiten que empezar por las dos preguntas que propone Bedzow, la de a quién le pertenece la vida que se vive y la de quién debería tener la última palabra sobre cómo se la vive, no resuelve todo, pero al menos obliga a sacar del automático la próxima decisión. Y eso, dicen, ya es bastante: en la Argentina de los mandatos familiares cruzados, de los consejos del almacenero y del grupo de WhatsApp del edificio, distinguir lo que uno elige de lo que le queda pegado puede ser el primer paso para dejar de vivir la vida prestada.

SG

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