Herencias que criamos: cuando la infancia de los padres vuelve a aparecer en los hijos
El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey recorre las huellas más difíciles de reconocer en la crianza y explica por qué ni la repetición ciega ni la reacción opuesta alcanzan para cortar el patrón.
La consulta empieza con una escena que cualquiera puede reconocer: la madre que sube la voz frente a una rabieta, se queda paralizada un segundo, reconoce el gesto que ella misma criticaba y se pregunta, ya en silencio, de dónde salió esa bronca que le quema la garganta. Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, repite como mantra el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey cuando recibe en su consultorio a familias que intentan entender por qué se repiten escenas que juraron no repetir. Esa historia vuelve con nombre propio en la mesa de los domingos, en la forma de poner un límite, en la manera de mirar a un hijo que se porta mal en el supermercado y hasta en las ideas que circulan por la cocina sobre el esfuerzo, el dinero y el cariño, y aparece casi sin aviso, como si estuviera esperando el primer descuido para instalarse otra vez entre los adultos y los chicos.
Según McCoubrey, el problema no está en repetir, porque repetir es inevitable y hasta humano, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo, y acá aparece la primera distinción clave que propone el especialista para no perderse en la crianza. Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida, precisa, y esa enumeración funciona como una pequeña brújula para los días en que parece que todo se confunde, porque no es lo mismo un reto firme que un grito que avergüenza, ni una norma clara que un castigo que deja al chico sin saber qué hizo mal.
Las huellas que más cuesta dejar atrás
- Pérdidas silenciadas: duelos que no se lloraron en la infancia y que reaparecen como malestar difuso cuando toca acompañar el dolor de un hijo.
- Violencias naturalizadas: gritos, descalificaciones o castigos físicos que se vivieron como algo normal y que vuelven a aparecer sin que suene ninguna alarma.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de no ser suficiente que pasó de los abuelos a los padres y de los padres a los chicos.
- Mandatos que viajan de generación en generación: estudiar tal carrera, casarse a tal edad o vincularse de determinada manera, que se cumplen casi sin preguntarse por qué.
- Rigidez como denominador común: la enorme dificultad de tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo esperado.
El denominador común de todas esas marcas suele ser la rigidez, esa dificultad enorme para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente, y ese es justamente el terreno donde la propia infancia se cuela en la crianza con más facilidad, según describe el especialista, porque cuando el mundo interno del chico no coincide con el guion aprendido aparecen reacciones desmedidas que sorprenden hasta al propio adulto que las siente en el cuerpo antes de poder pensarlas.
“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Querer hacer todo lo contrario a lo que vivieron los propios padres tampoco garantiza un resultado distinto, advierte McCoubrey, y pone el dedo en una trampa frecuente en los consultorios: la crianza reactiva, esa que se mueve por oposición al propio padre o a la propia madre y termina reemplazando un patrón por otro, porque quien se crió en un hogar rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática y dejar a los chicos sin herramientas para tolerar la vida cotidiana, algo que la psicóloga Marta, que atiende en el barrio de Belgrano, ve seguido en las consultas: padres tan ocupados en no repetir que se olvidan de acompañar, dice, y mientras ordena unos papeles insiste en que el problema no fue gritar una vez, sino no haberse permitido después reparar el vínculo.
Señales de que la historia propia se está metiendo en la crianza
- Una reacción desmedida ante una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad de tener todo bajo control.
- La sensación de estar repitiendo frases o gestos que uno se había prometido no repetir jamás.
- Dificultad para escuchar al hijo sin interrumpir o para tolerar emociones intensas como el llanto o la frustración.
- Un sentimiento de culpa que aparece después, pero no se traduce en ningún cambio concreto.
La clave, según el especialista, no está en encontrar un punto medio matemático, algo que muchos padres y madres buscan con desesperación, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente, con su edad, con su carácter y con el momento que le toca vivir, y eso cambia completamente la ecuación porque ningún manual sirve igual para un nene de cuatro años que para una adolescente de quince. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver, resume McCoubrey, y la frase funciona como una segunda brújula para los días grises en los que todo parece disputarse entre el autoritarismo y la permisividad mal entendida.
Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse, y el propio especialista lo dice con una crudeza que suena a alivio en medio del consultorio, porque la vara que muchos padres se ponen a sí mismos suele ser imposible: a veces el primer cambio no es no gritar nunca, es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto. Esa reparación, que parece pequeña y que a veces cuesta más que el silencio, es la que empieza a cortar la cadena y la que termina permitiendo que las huellas más invisibles de la propia infancia se transformen, por fin, en otra cosa. En el consultorio de McCoubrey, mientras la tarde empieza a caer afuera y alguien pregunta si todavía se está a tiempo, la respuesta vuelve siempre al mismo lugar: a tiempo se está siempre que uno esté dispuesto a mirar, a correrse un centímetro del libreto heredado y a criar, por primera vez, desde el hijo concreto que tiene adelante y no desde el fantasma del chico que uno fue.
