Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La vergüenza que dejan las imágenes que nunca existieron: el caso de las alumnas de Lomas de Zamora que sacudió a una escuela entera

Cuatro adolescentes son investigados por crear y difundir fotos sexuales falsas con inteligencia artificial a partir de retratos tomados de redes sociales. Las víctimas hablan de asco, miedo y humillación, y la causa reabre el debate sobre el daño psicológico de un material que, aunque inventado, lastima como si fuera real.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 5 d
La vergüenza que dejan las imágenes que nunca existieron: el caso de las alumnas de Lomas de Zamora que sacudió a una escuela entera

El timbre del colegio todavía resuena en la cuadra cuando una de las alumnas se acerca a la vereda con el paso corto y la mirada clavada en el piso. Tiene la mochila colgada de un hombro y la voz queda apenas en un hilo cuando cuenta, por lo bajo, lo que le pasó desde noviembre. Lo que le hicieron unas cuantas capturas de pantalla que cualquiera podía ver en una red social: le robaron la cara, la pusieron en un cuerpo que no era el suyo, y la imagen empezó a viajar por grupos de chat como si fuera verdadera. Aunque ella, desde el primer minuto, supo que era mentira, asegura que la sensación de vergüenza fue exactamente la misma, y que tardó semanas en contárselo a su propia madre porque no quería que la vieran de esa manera, ni siquiera dentro de su casa.

Lo que ocurrió en este establecimiento secundario del partido de Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, ya tomó estado judicial: la Justicia investiga a cuatro menores por la presunta producción y distribución de material de abuso sexual infantil, conocido como MASI, generado con herramientas de inteligencia artificial a partir de fotos reales de varias compañeros, tomadas de perfiles abiertos en distintas plataformas. La causa avanza con allanamientos incluidos, y la última palabra la tendrá un juez de garantías de menores que, por estas horas, intenta reconstruir cómo se inició la cadena.

El daño que no se borra con saber que es falso

“Aunque sé que es falso, me dio vergüenza. La gente lo ve y no se pone a pensar si es real o no. Una siente asco, miedo, todo.”Una de las alumnas afectadas, en su declaración en la causa

Especialistas consultados por este medio coinciden en que ahí está la trampa más cruel de este tipo de maniobras: la víctima sabe que la imagen no es real, pero el resto del mundo no tiene por qué saberlo, y la sola posibilidad de que alguien la haya visto desnuda, aunque esa desnudez haya sido inventada por una aplicación, abre una herida que el tiempo no cierra tan fácil. Las propias adolescentes relataron que, en un punto, dejaron de perguntarse si la foto existía y empezaron a perguntarse hasta dónde había llegado, y a cuántos compañeros, cuántos padres y cuántos desconocidos les había llegado esa postal manipulada.

Una protesta que tomó la calle y se hizo oír

  • La causa se tramita como producción y distribución de MASI, con cuatro menores investigados y operativos de allanamiento ya realizados.
  • La investigación judicial incluyó pedidos de captura de pantalla y pericias sobre teléfonos y cuentas digitales.
  • El colegio, ante la queja de las familias, organizó jornadas de diálogo, pasó a modalidad virtual a los alumnos apuntados y ordenó el cese de cualquier contacto o hostigamiento.
  • Las propias alumnas encabezaron una marcha frente al edificio con apoyo de estudiantes de otros cursos y de familias.
  • En redes sociales aparecieron testimonios de jóvenes de otros colegios que dicen haber vivido situaciones parecidas.

La marcha que las propias estudiantes organizaron frente al colegio colmó la vereda de cartulinas con frases como "no es deepfake, es abuso" y dejó un tendal de videos que, otra vez, circularon por las mismas redes que originaron el problema. Familias de otros colegios empezaron a acercar casos parecidos, lo que encendió la alarma en los gabinetes psicopedagógicos y obligó a varios directivos del distrito a revisar los protocolos de convivencia digital, esos que, hasta hace poco, parecían más un tema de padres que de autoridades escolares.

En la puerta del colegio, una mamá de otra división, que pidió reserva de su apellido, se acomoda los anteojos de sol y habla mirando de reojo el paso de los alumnos. Cuenta, con la cadencia que se usa para contar algo que todavía duele, que a su hija se le borró el sueño desde que se enteró, y que la escuela tuvo que derivarla al equipo de orientación porque le costaba concentrarse hasta en las pruebas más simples. A su alrededor, otros padres hacen fila para retirar a sus hijos, y la conversación se vuelve un murmullo colectivo en el que aparecen las mismas preguntas: cómo se controla lo que un adolescente comparte en una red, y qué hace falta cambiar para que un retrato innocuous no termine, meses después, dentro de una escena que nadie consintió.

Cuando el último chico cruza la vereda y las maestras cierran el portón, queda flotando el mismo aire tibio de la mañana en que arrancó la nota. La alumna que abrió la puerta de su casa para contar lo que le pasó ya está de vuelta en su cuarto, con la persiana a medio bajar y el teléfono en silencio. Dice que ya habló con la psicóloga y que, de a poco, está volviendo a mirarse al espejo sin que se le cruce la imagen que le armaron con la aplicación. No quiere que la nombren, no quiere que le saquen fotos, pero sí quiere que lo que le pasó sirva para que a otra compañera no le toque recorrer el mismo camino. Y eso, en el fondo, también es una manera de empezar a cerrar la herida.

SG

Te puede interesar