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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Por qué algunos despiertan recordando hasta el color del techo que soñaron y otros no retienen nada

Un estudio internacional siguió a 217 adultos durante quince días y encontró que no es cuestión de suerte: la edad, la mente distraída, la calidad del sueño y hasta el modo en que se abre la luz del baño tienen mucho que ver con que a la mañana siguiente uno pueda contar lo que soñó o apenas balbucear que soñó algo.

Por Susana GrassiSociedad · · hace 37 d
Por qué algunos despiertan recordando hasta el color del techo que soñaron y otros no retienen nada

Son las siete y cuarto de la mañana en un edificio de once pisos en el barrio de Caballito y, mientras la pava empieza a silbar en una cocina donde todavía huele a tostada, María Laura, vecina del quinto B, se sirve un café y le cuenta a este cronista que ella sueña todas las noches y que se acuerda de casi todo, hasta del color del techo de la habitación donde soñó que estaba, mientras que su marido, Daniel, dice que él duerme como una piedra y que amanece en blanco, como si la noche hubiera sido un capítulo borrado de una serie que vio hace años; la escena, que parece menor y doméstica, es exactamente la puerta de entrada a una investigación publicada en la revista Communications Psychology que durante quince días siguió a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años para responder una pregunta que parece simple y que en realidad es bastante tramposa: por qué hay gente que se despierta con el sueño todavía latiendo en la memoria y gente que se levanta con la cabeza limpia como una pizarra recién borrada.

Lo primero que el estudio deja en claro es que no es una cuestión de suerte ni de magia ni de tener una vida interior más intensa, y lo segundo es que soñar y recordar lo soñado no son la misma cosa, una distinción que a mí, como periodista que ha cubierto temas de ciencia durante años, me parece de esas obviedades que una vez que alguien las nombra parecen tan evidentes que uno se pregunta cómo no las pensó antes: hay personas que despiertan con la certeza absoluta de que soñaron, con esa sensación densa de que algo ocurrió, pero no pueden recuperar ni una escena, ni una palabra, ni una emoción, y esa experiencia, que los autores llaman sueño blanco, fue más frecuente en ciertos grupos y permitió separar dos cosas que la cultura popular suele mezclar, como si fueran sinónimos, cuando en realidad son dos procesos distintos, uno fisiológico y otro mnémico, uno que ocurre mientras el cuerpo duerme y otro que depende de cómo la mente logra fijarlo al despertar.

Los cuatro factores que pesan al momento de abrir los ojos

  • La edad: a medida que pasan los años, cambia la facilidad con la que el cerebro retiene el contenido onírico al despertar, lo cual coincide con lo que muchos lectores mayores de cincuenta reconocen en su propia rutina, cuando notan que de jóvenes se acordaban de sueños enteros y hoy apenas conservan una huella difusa.
  • La tendencia a la divagación mental: las personas cuya mente tiende a saltar de un pensamiento a otro sin un foco claro, los que uno en el barrio de Floresta llamaría mentalmente dispersos o con la cabeza en las nubes, son justamente los que más recuerdan, como si esa costumbre de la mente de vagar durante el día se extendiera también a la noche y les dejara los recuerdos más a mano.
  • La vulnerabilidad a la interferencia: cualquier estímulo que aparezca apenas se abre el ojo, la luz del baño, el ruido del colectivo de la línea que pasa a las seis y media, la pregunta de un hijo, el teléfono vibrando en la mesa de luz, puede tapar el recuerdo del sueño antes de que se consolide, como una ola que borra una pisada en la arena.
  • La estructura del sueño: quienes pasaron más tiempo en etapas superficiales y menos en sueño profundo, la llamada etapa N3, amanecieron con más material onírico disponible, lo que sugiere que la profundidad del descanso no siempre es aliada de la memoria de los sueños, aunque sí lo sea de la recuperación física.

Ahora bien, vale la pena detenerse en esto con el mismo tono con el que uno se detiene a conversar con un vecino en el umbral de la puerta, porque la investigación no se quedó en la superficie y encontró que el fenómeno tiene capas: los participantes que mostraron una actitud más atenta hacia sus propios sueños, es decir, los que en la vida cotidiana les conceden importancia, los que se preguntan qué quisieron decir, los que alguna vez llevaron un cuaderno de sueños como el que recomendaba cierta psicología de los años noventa, también eran los que más retenían, lo cual abre la puerta a una discusión interesante sobre si se recuerda más porque se presta atención o si se presta atención porque uno ya viene recordando, una especie de círculo virtuoso o vicioso que los autores del trabajo no terminaron de cerrar pero que dejaron planteado como una pregunta abierta para futuras investigaciones.

“A mí me pasa que si me despierto de golpe, con el teléfono sonando, no me acuerdo de nada, pero si me despierto sola, despacio, me quedo un rato con los ojos cerrados tratando de volver, ahí lo tengo todo, como una película que podés rebobinar.”María Laura, vecina de Caballito

Vuelvo ahora a la cocina del quinto B de Caballito, donde la pava ya dejó de silbar y María Laura le pasa a Daniel su taza con la mano todavía tibia, y le dice, mirándolo con esa mezcla de ternura y de paciencia que solo se ve entre parejas de muchos años, que no es que él no sueñe, sino que se le escapa el sueño apenas abre los ojos, y que por eso a veces siente que la noche fue una página en blanco, y la escena, que empezó como una pequeña conversación de mañana, termina sirviendo como una imagen exacta de lo que la ciencia acaba de comprobar: que entre el mundo onírico y la memoria del despertar hay un pasillo angosto, poblado de estímulos, de edades, de hábitos mentales y de profundidades del sueño, por el cual algunos logran pasar con la película entera en la cabeza y otros llegan con las manos vacías, y no porque soñaran distinto, sino porque el pasillo los trató distinto, y eso, lejos de ser un misterio, es un fenómeno que empieza a entenderse, estudio por estudio, mañana por mañana, taza de café mediante.

SG

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