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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Tomás Gutiérrez Alea y el escritor que se quedó: viaje a "Memorias del subdesarrollo"

La película del director Tomás Gutiérrez Alea cruza la historia de Sergio, un escritor que permanece en Cuba cuando su familia parte hacia Miami, con imágenes de archivo y noticiarios que retratan la Revolución. Un retrato íntimo que se inscribe en el Tercer Cine latinoamericano.

Por Antonella FerrerCultura y espectáculos · · hace 12 d
Tomás Gutiérrez Alea y el escritor que se quedó: viaje a "Memorias del subdesarrollo"

Hay algo que me sigue golpeando cada vez que pienso en esta película, y es esa imagen de un departamento habanero enorme, medio vacío, con las persianas a medio bajar y un tipo sentado en un sillón mirando cómo su familia se va. No es una escena heroica ni un gesto épico: es la decisión chiquita, casi por agotamiento, de un hombre que se queda. Esa imagen, esa quietud cargada de hastío, es la puerta de entrada que nos abre Tomás Gutiérrez Alea en "Memorias del subdesarrollo", y a mí me parece que es una de las aperturas más lúcidas que dio el cine latinoamericano de los años sesenta.

La película, escrita y dirigida por el propio Alea, cuenta la historia de Sergio, un escritor acostumbrado a una vida cómoda, un intelectual de clase alta que atraviesa las transformaciones de la Revolución Cubana sin una convicción política demasiado clara que explique su decisión de quedarse en la isla. Su familia se marcha a Miami, y él elige permanecer. Pero ojo: no lo hace por militancia ni por fervor revolucionario. Lo hace, sobre todo, por cansancio, por esa mezcla de pereza y soberbia que muchas veces tenemos los que preferimos quedarnos antes que adaptar nuestra vida a lo nuevo.

Un personaje que se mira mientras el mundo cambia

Lo que me fascina del planteo de Alea es cómo usa a Sergio para mirar un proceso histórico enorme desde una óptica íntima, casi doméstica. Mientras afuera se vive la Revolución, la Crisis de los Misiles y un sinfín de cambios sociales, Sergio arma su pequeña épica privada: establece relaciones sentimentales con mujeres más jóvenes y, en esos vínculos, se obsesiona con moldearlas a su imagen y semejanza, quiere adaptar su formación intelectual, su forma de hablar, incluso su apariencia. Es un retrato descarnado de un tipo que, paradojamente, cree estar muy por encima de lo que lo rodea y al mismo tiempo se siente profundamente solo.

Alea ya había demostrado su pulso para el retrato costumbrista cubano en películas como "Las doce sillas" (1969), donde mezclaba sátira y crítica social con un timing cómico envidiable. Acá, en cambio, se pone más introspectivo, más incómodo. Y eso, lejos de debilitar la película, la vuelve más interesante: porque el director no juzga a Sergio desde afuera, sino que lo expone, lo pone bajo la lupa y deja que el espectador saque sus propias conclusiones.

Archivo, memoria y un país que se transforma en off

Acá viene uno de los grandes hallazgos formales de la película: Alea rompe la linealidad del relato y lo va armando con saltos al pasado, flashbacks, recuerdos subjetivos, y le suma material de noticiarios y archivos reales que muestran la Crisis de los Misiles, desfiles, discursos, la vida cotidiana de La Habana en plena convulsión. Esa combinación funciona como un contrapunto potentísimo: lo que le pasa a Sergio, por más pequeño que sea, queda siempre enmarcado por un país que se está transformando a velocidad completa.

El propio material de base lo señala con una precisión que comparto del todo: la mezcla le da al relato una dimensión colectiva y mantiene presente el contexto de la acción. No es un recurso decorativo ni una moda de la época: es una decisión política y estética. Y esa decisión es la que termina de inscribir a "Memorias del subdesarrollo" dentro del Tercer Cine, esa corriente con fuerte presencia en América Latina que buscó otras formas de producción y de narración frente al modelo comercial de Hollywood y también frente al cine de autor europeo.

  • El Tercer Cine reunió experimentación estética con interés por los conflictos sociales y políticos de la región.
  • El acceso a cámaras y a celuloide más baratos permitió mayor libertad económica y creativa para los realizadores.
  • El cine cubano tuvo una participación destacada dentro de ese movimiento, y Alea es uno de sus nombres centrales.
  • En la película, las diferencias de clase atraviesan tanto la relación de Sergio con los cambios del país como sus vínculos íntimos.

Mirando la película en frío, lo que más me sigue conmoviendo es esa condición de testigo que tiene Sergio. Es un tipo que observa, registra, escribe, pero no termina de participar. Y en esa distancia, en esa imposibilidad de comprometerse del todo con nada, Alea nos está hablando también de muchos de nosotros: espectadores privilegiados que miramos los cambios del mundo desde un sillón, a veces con la persiana a medio bajar. Por eso me parece una película que sigue vigente, que sigue doliendo, y que merece ser revisitada cada vez que alguien quiera entender de qué se trató ese cruce tan particular entre memoria personal, archivo histórico y revolución que el cine cubano supo hacer como nadie.

AF
Antonella FerrerCultura y espectáculos

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