Una comadreja enana entre la leña y la decisión que tomó una familia de Cutral Co que puede servirle a cualquiera
Apareció un marsupial diminuto en un domicilio de la comarca petrolera; los Guardafaunas de Picún Leufú lo evaluaron y lo devolvieron a la estepa. La historia reabre un interrogante cotidiano: qué hacer, paso a paso, cuando la fauna silvestre se cruza en el patio o en la casa.
Estoy acá, en Cutral Co, escribiendo sobre algo pequeño que pasó adentro de una casa y que termina hablando de todos nosotros. Me lo cuenta por teléfono Adriana, vecina del barrio Parque Este, todavía con la voz un poco acelerada: "Estábamos por guardar leña para el invierno y mi marido vio un bulto que se movía. Era chiquito, gris, con unos ojos enormes rodeados de negro. Parecía un ratón, pero tenía la cara rara, como apuntada, y la cola larguísima. Nos quedamos mirando, sin tocar nada". La escena, que ella reconstruye con precisión, ocurrió hace unos días y todavía la narra como si la tuviera adelante: la cocina a media luz, el perro empujando la puerta con el hocico y la criatura, quieta entre los gajos de leña, esperando que alguien decidiera por ella.
Por qué este episodio se repite más de lo que parece
Lo que la familia de Adriana no sabía es que tenía enfrente a una comadreja enana, un marsupial autóctono de los ambientes áridos y la estepa neuquina, con nombre científico Thylamys pallidior. Pesa entre 15 y 36 gramos, mide unos 8,5 a 12 centímetros de cuerpo, tiene pelaje grisáceo, vientre claro y esas manchas oscuras alrededor de los ojos que tanto llamaron la atención en la cocina. Por tamaño y color se confunde con un ratón; biológicamente, pertenece a otra historia: la de las comadrejas americanas, parientes lejanos de los canguros en el sentido que aclara que no todo lo que parece es lo que es.
El animal es nocturno, discreto y raro de ver. Se alimenta de insectos, frutos y pequeños invertebrados. Una de sus particularidades, que me parece de esas cosas que a uno lo dejan pensando un rato, es la cola prensil, donde guarda reservas de grasa para sortear los meses de frío y escasez. Es lo que le permite sobrevivir en un paisaje que no le regala nada. Precisamente por eso, cuando aparece en una casa —detrás de una heladera, en un galpón, entre leña, debajo de un auto—, lo más probable es que esté buscando refugio, no compañía.
Qué hacer, paso a paso, si aparece fauna silvestre en la casa
- No tocar al animal ni intentar moverlo con las manos, aunque parezca pequeño o indefenso.
- No darle comida ni agua: la dieta equivocada puede dejarlo peor de lo que estaba.
- No mantenerlo como mascota, ni siquiera "un ratito hasta que se recupere": perderá habilidades para volver a su ambiente.
- Aislar, en la medida de lo posible, perros y gatos del lugar donde se lo vio, para evitar ataques o persecuciones.
- Llamar de inmediato a la autoridad de fauna más cercana —en Neuquén, la Dirección Provincial de Fauna o el equipo de Guardafaunas de la zona— y describir lo observado.
- Esperar la llegada de los profesionales sin intervenir; la evaluación de un especialista define si se libera en el lugar o se traslada a un centro de rescate.
El equipo de Guardafaunas de Picún Leufú llegó hasta el domicilio de Adriana, evaluó al ejemplar con manipulación mínima —protocolo que se usa para reducir el estrés del animal— y confirmó que estaba sano. Horas después lo liberaron en su ambiente natural, lejos de la cocina y de la leña. La Dirección Provincial de Fauna de Neuquén lo resume con una frase que vale guardar: "La fauna silvestre no es mascota" y "protegerla es tarea de todos". Son dos líneas que, en la práctica, resumen todo lo que esa familia hizo bien: mirar, no tocar y llamar.
El contacto directo, aunque sea bien intencionado, puede provocarle estrés, transmitir enfermedades o, lo más grave, acostumbrarlo a la presencia humana, lo que reduce sus chances de volver a sobrevivir en libertad. Dejar que intervengan los profesionales es, muchas veces, la mejor ayuda que un vecino puede dar, aun cuando la urgencia empuje a hacer lo contrario.
Vuelvo a la escena de la que partí, a la cocina de Adriana, porque ahí está el corazón de esta nota. Me imagino la luz tibia, el olor a leña de caldén que todavía conserva el ambiente y a esa criatura diminuta a la que le cambió la noche un llamado a tiempo. "Hicimos bien en no meter la mano", me dice Adriana antes de cortar, todavía atenta al ruido del patio. En eso quedamos: en que la próxima vez que la fauna silvestre toque la puerta —y va a tocar, porque comparte barrio con nosotros—, lo más simple, lo más humano, sigue siendo llamar.
