Zoey y la banda sonora de los sentimientos que se callan
La serie que tradujo las emociones en canciones pop ya tiene dos temporadas disponibles: un viaje por la comedia, el romance y los vínculos familiares donde The Beatles, Queen y Taylor Swift hacen de intérpretes involuntarios de lo que nadie se anima a decir.
Me acuerdo perfectamente de la primera vez que me crucé con La extraordinaria playlist de Zoey: era una noche cualquiera, bajé del subte con los auriculares puestos y, mientras la pantalla se llenaba de números musicales coreografiados con una precisión casi de Broadway, sentí que alguien había entendido eso que muchas veces nos cuesta poner en palabras, que a veces las canciones dicen por nosotros lo que la garganta no se anima a pronunciar. La serie, que se mueve con soltura entre la comedia romántica, la fantasía más entrañable y los conflictos familiares de toda la vida, aprovecha ese lugar común del universo pop para construir algo que termina siendo mucho más profundo de lo que su tono ligero promete desde el arranque.
De qué va la historia
La protagonista es Zoey Clarke, una chica cuya vida cotidiana se ve alterada por un acontecimiento extraño del que parte toda la propuesta: de un día para el otro, empieza a percibir los sentimientos más profundos de las personas que la rodean como si fueran canciones. La habilidad no distingue entre el jefe, el mejor amigo, la hermana o el padre: cae sobre todos por igual y la obliga a lidiar con emociones ajenas que, muchas veces, ni siquiera los propios involucrados se habían animado a reconocer en voz alta. EsaCONDICIÓN tan particular, que en cualquier otro formato podría haber quedado en un capricho narrativo, acá se vuelve el motor de una historia que habla de vínculos con una honestidad muy poco habitual.
- Comedia romántica con ADN musical: los números aparecen integrados a la trama y funcionan como confesiones involuntarias de cada personaje.
- Fantasía con pies en la tierra: el recurso fantástico está al servicio de los conflictos emocionales, no al revés.
- Vínculos familiares en primer plano: romances, amistades y relaciones de sangre conviven sin que ninguno opaque al otro.
- Dos temporadas: la historia encuentra un cierre sin estirar artificialmente su propuesta.
El repertorio es, sin exagerar, una de las grandes joyitas del producto. La serie apela a un catálogo que va de The Beatles y Queen hasta Cyndi Lauper, Taylor Swift, Billy Joel y David Bowie, y lo hace con una inteligencia muy disfrutable: no se trata de canciones pegadas con cinta a una escena porque quedan lindas, sino de temas elegidos para destapar lo que el personaje en cuestión no se anima a decir. Una discusión de pareja puede terminar con un número a todo trapo de los británicos de Liverpool; un secreto de oficina puede estallar al ritmo de un clásico de los ochenta; una pelea entre hermanos puede dejar paso, sin aviso, a una balada que desnuda el miedo a perder al otro.
Un recurso con riesgos y hallazgos
Porque la serie no esquiva el costado más filoso de su propia idea: enterarse de lo que siente el otro no resuelve nada automáticamente. Zoey recibe información que muchas veces no buscaba y se topa con emociones para las que no estaba preparada, y ahí aparece la pregunta de fondo que recorre los capítulos. Una charla rutinaria con un compañero de trabajo puede terminar en una revelación que desnuda una vulnerabilidad inesperada; un almuerzo familiar puede abrirse paso, de repente, hacia el duelo, el miedo a perder a alguien o la dificultad de acompañar a quien está transitando algo que uno no sabe cómo aliviar. La propuesta deja en claro que conocer los sentimientos ajenos no equivale a saber qué hacer con ellos, y en ese limbo se mueve buena parte de su mejor dramaturgia.
Para los que peinamos canas o estamos cerca de hacerlo, la serie tiene un plus afectivo que no siempre se nombra: las canciones elegidas son, en su mayoría, clásicos que formaron parte de nuestras propias bandejas sonoras en distintas etapas de la vida, y verlas reconvertidas en confesiones de personajes adultos que se quieren, se pelean y se cuidan pese a todo, tiene algo de espejo. No es casualidad que el peso de la trama familiar crezca con el correr de los capítulos: el temor a perder a un ser querido, la sensación de no saber acompañar a quien sufre o las discusiones que arrastran años sin decirse del todo lo que hay que decirse aparecen en el centro de la escena, y los números musicales funcionan como una especie de radiografía de todo eso que va quedando debajo de la alfombra del living de casa.
Reconozco, ya cerrando, que me dejé ganar por la serie mucho más de lo que esperaba. Llegué pensando que me iba a encontrar con una comedia liviana con ocurrencias musicales simpáticas y me quedé pegada a una historia que entiende, con una lucidez que pocas veces se ve en la pantalla chica, que muchas veces queremos tanto a las personas que nos cuesta horrores decirles lo que sentimos, y que a veces lo único que nos salva es que una canción lo diga por nosotros. Si todavía no la vieron y son de los que eligen una serie por la música que les ofrece, dénle una oportunidad: la playlist de Zoey les va a quedar sonando bastante más allá del último capítulo.
